lunes, 1 de julio de 2013

Fobias

Atardecer en el JKO Reservoir de Central Park
Nunca imaginé que en Nueva York pudiera haber tanta vida animal silvestre, animales pequeños y más grandes que viven en la multitud de parques  salpicados por la ciudad y en los árboles de las calles. Todos los días me despiertan los trinos de diversos pájaros que no soy capaz de distinguir, aunque sé que ente ellos hay un precioso cardenal que se posa en las ramas cercanas a mi ventana porque lo he logrado fotografiar.
No me asustan los animales, ni siquiera las ratas que abundan por las noches debido a los ingentes desperdicios amontonados en las calles a la espera de la recogida de basuras, ni tampoco las cucarachas ni las arañas, cuyas laboriosas telas me suelen admirar. Sí me incomodan, en cambio, los mosquitos trompeteros porque les gusta mi sangre y me dejan molestos ronchones al chuparla, así que lucho contra ellos a manotazos y con los demás medios a mi alcance.

Sin embargo, he de confesar que no soy valiente: tengo una fobia. Sí, siento un miedo irracional ante un animal que al parecer ofrece escaso peligro real. Eso dicen, pero a mí me causa angustia, ansiedad y asco. Y cuanto más grande es el bicho, mayor es mi reacción adversa. Por eso me alegro de que haya muchos pájaros a mi alrededor, porque sé que se los meriendan, con lo cual los considero mis principales aliados. No tengo otros, pues a la mayoría de la gente le gustan esos bichos o al menos les tienen sin cuidado.

En ningún país europeo de los que conozco he visto especies tan grandes como las que hay en América, y se me pone la carne de gallina solo de pensarlo. Para mi desasosiego, en Nueva York abundan de todos los tamaños y colores, e igual que en el resto de los países en los que he vivido, no se contentan con quedarse en la calle: persiguen la luz de nuestras casas. ¿De qué bicho hablo?

De los mariposos, esos seres oscuros que por la noche se acercan a la luz.  Detesto todo tipo de mariposas, grandes o pequeñas, coloridas o parduzcas, pero sobre todo me angustian las nocturnas, esos bichos gordos y peludos que aletean cerca hasta que logran enganchar sus patas en mi pelo para poner sus huevos…¡socorrooooo!

Por mis hijos he sido capaz de enfrentarme a ellos y por mis hijos escribí este relato, que pertenece a una novela todavía sin publicar que guardo en uno de mis cajones. En él una indígena guatemalteca le explica a una niña española la historia de las mariposas oscuras para que les pierda el miedo.

Dice así:  

El dueño del bosque es quien compone los pleitos entre los animales y escucha sus quejas. Un día de reunión llegaron arrastrándose las orugas. Se quejaban de que nadie las respetaba por miserables y de que no se podían defender de los pájaros que llegaban volando y las atrapaban con sus picos para tragárselas de una vez. «No se aflijan», dijo el dueño del bosque, «espérense tantito y verán que su vida cambia». Así cabalito fue. A los pocos días se convirtieron en lindas mariposas que volaban de flor en flor y de árbol en árbol a su antojo. Al principio se mostraron dichosas y no dejaban de moverse de acá para allá, bien orgullosas, pero luego volvieron a sus lamentaciones. Con esas alas de tantos colores los pájaros las veían rapidito y seguían tragándoselas, pues eran más grandes y veloces que ellas. Regresaron a la asamblea llore y llore por su triste suerte y el dueño del bosque se enojó: «Ah, criaturas desagradecidas, no se contentan con nada. ¿No saben que todos deben morir? Pero les cumpliré un último deseo». Las mariposas pidieron tener alas negras para que los pájaros no las vieran. «Concedido», dijo el dueño del bosque, «pero jamás volarán de día.» Y desde entonces salen de noche y viven más, pero no ven el sol, y por eso se acercan a las luces, buscando el brillo y el calor que perdieron y nunca más volverán a disfrutar.

La fobia a las mariposas nocturnas se conoce como motefobia; a las mariposas en general, como papiliofobia o lepidopterofobia. En el entorno en el que me crié no se sabía nada de eso, pero sí se hacía cierta distinción de categorías, llamando mariposos a las polillas y las mariposas grandes, probablemente con cierto matiz peyorativo (¿provocado por un recelo atávico que solo algunas nos atrevemos a reconocer?). Sin embargo, los diccionarios que he consultado no recogen esa acepción. ¿Será por no asustarnos más? No parece, pues sí recogen, en cambio, la palabra mariposón con dos acepciones contrapuestas: hombre afeminado y hombre inconstante en amores o que galantea con varias mujeres. Curioso, ¿verdad?  Cosas del lenguaje y de las fobias, que también tienen más de una acepción, porque llamar mariposón a un homosexual entraría dentro de la homofobia, acepción de las fobias descrita como sentimiento de odio o rechazo hacia algo o alguien que genera al que la sufre problemas emocionales, y a los demás, sociales y políticos, igual que la xenofobia y el resto de las fobias excluyentes hacia las personas.

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  


miércoles, 26 de junio de 2013

Elogio de la risa (a carcajadas)


A la memoria de Manuel Pérez Cabezas de Herrera

Me crié en el campo manchego entre mis cinco hermanas y mi hermano. Nuestra casa siempre repleta recibía las visitas de primos y amigos, y no recuerdo que durante la infancia quedara mucho tiempo para el aburrimiento. Cuando hacía malo y no podíamos salir a jugar, mi madre nos proponía a veces hacer el disco de la risa. Ella empezaba, ja, ja, ja, y al poco todos nos íbamos uniendo en un coro de risas cantarinas, ja, ja, ja, je, je, je, jo, jo, jo, hasta llegar a las carcajadas que nos desternillaban, que nos mondaban, que nos partían, sin poder parar, y se nos acababan saltando las lágrimas de tanto reír.
Hoy esto se conoce como risoterapia, y hay especialistas que organizan actividades guiadas para enseñar a la gente a reírse y aprovechar sus beneficios. Al parecer, nos reímos una media de veinte veces al día pero cada vez menos según nos vamos haciendo viejos. Dicen que la risa es un medicamento al alcance de cualquiera que sirve para todo tipo de enfermedades, ya sean físicas o psíquicas, y también que los beneficios obtenidos varían según la manera de reír.

Si nos reímos ja, ja, ja, relajamos la parte superior del tronco; con la risa je, je, je se relaja la parte del cuello; ji, ji, ji, la risa de las brujas y de los niños cuando hacen alguna travesura, estimula la circulación de la sangre del cuello hacia la cabeza, con lo que parece que se fomenta la creatividad y la intuición; los que se ríen como Papá Noel, jo, jo, jo, relajan los músculos que se concentran desde el plexo solar hacia arriba; ju, ju, ju es la risa estimulante de las hormonas y los órganos sexuales, la risa secreta de los amantes, y tal vez por ello la que menos se escucha en público. ¿Será todo esto verdad?
Lo que sí es cierto sin duda es que desde antiguo se conocen los beneficios de la risa: se sabía, por ejemplo, que un bufón era mejor remedio que muchas de las pócimas, y en los opíparos banquetes de los ricos se solía contar con sus bromas para ayudar a hacer una buena digestión. Hasta el obseso Freud admitió que la risa, sobre todo la carcajada, libera la energía negativa. La gente que ríe es más feliz.

Sin embargo, también hay risas feas, risas de conejo, risas que hacen daño, que pueden llegar hasta a matar. Todos las conocemos y las hemos sufrido alguna vez en nuestras vidas. Por suerte, de esas risas sardónicas también aprendemos a defendernos cuando vamos creciendo y acaban resbalándonos.
Las risas de la casa de mis padres es uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia y juventud. Crecimos riendo y cantando. Cantábamos a gritos para disgusto de mi padre, que se quejaba de que se nos escuchaba desde la carretera que pasaba cerca. Nos reíamos por todo, de puro aburrimiento, comentan algunas de mis hermanas, porque cuando llegó la adolescencia vivir en el campo dejó de ser divertido y mirábamos con arrobo esa carretera general que más tarde nos separaría a todos en distintos destinos.

Yo procuro reírme hasta de mi sombra a mandíbula batiente, encontrar un resquicio para la alegría hasta en los momentos más difíciles. A veces cuesta, pero siempre hay que intentarlo: esbozar una sonrisa aunque la lágrima pugne por prevalecer. Y creo firmemente que la risa me ha salvado muchas veces de caer en la desesperación y la depresión cuando no parecía haber esperanzas. Reír entre lágrimas, pero reír al fin.
Río sobre todo cuando tengo la suerte de reunirme con mis hermanas y hermano, pues vivimos en distintas ciudades y hasta continentes. En esas contadas ocasiones, nuestros hijos se preparan para lo que siempre sucede y que ellos llaman el aquelarre: risas y más risas aunque haya desgracias que llorar; risas y más risas recordando el pasado, risas y más risas evocando los chistes absurdos tipo La Codorniz que en otro tiempo nos provocaban carcajadas: «Don Ifigenio, don Ifigenio, que tiene usted un solo ojo». «Qué dices, so tonto, es que me estás mirando de perfil». Y en medio de las risas están con nosotros nuestros seres queridos que ya partieron, con las risas los abrazamos y los mantenemos vivos en nuestros corazones. Con las risas nos unimos todos de nuevo.

Sonría, por favor, se nos pide a menudo. Pero eso es muy poco: seamos realistas y pidamos lo imposible. Finalizo esta entrada sobre risas pidiendo carcajadas. Ríe, no te cortes, ja, ja, ja, je, je, je, ji, ji, ji, jo, jo, jo, ju, ju ju…riéte como quieras pero ríe, por tu bien y el de los demás, ríete de las adversidades y sobre todo de ti mismo. Bien dice un proverbio antiguo: «afortunado es el hombre que se ríe de sí mismo pues nunca le faltará motivo de diversión».
La lengua destrabada
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lunes, 17 de junio de 2013

Usos y escritura de los prefijos y los sufijos


En la lengua castellana, pertenecen a la categoría gramatical de afijos las secuencias lingüísticas que se anteponen (prefijos) o posponen (sufijos) a las palabras o raíces para modificar su significado. Los prefijos son siempre átonos mientras que los sufijos son tónicos. Ambos carecen de independencia y deben ir unidos a la base léxica a la que aportan significado, formando nuevas palabras: hacer/deshacer (prefijo des-); árbol/arboleda (sufijo –eda). 

Prefijos

En su mayoría tienen origen grecolatino, como mono-, bi-, tri-, cuadr-, pluri-, multi-, poli-, con los que se forman palabras en las que se expresa una cantidad: monóculo, bicicleta, trimestral, cuadruplicar, pluriempleo, multicines, polideportivo. Con otros prefijos se niega el significado aportado por la raíz: apolítica, irreal, antisocial, disfunción, deslocalizar, contrarrevolución. Otros expresan repetición o insistencia: contraventana, retomar, requetelisto, recalentamiento, archiconocido; tamaño: macroconcierto, hipermercado, megafiesta, minifalda; o hacen referencia a un cargo, dignidad o condición: exministro, vicerrector, archidiócesis, subsecretaria; y otros más sirven para  formar verbos partiendo de sustantivos: ennoblecer, acartonar, entristecer. No deben confundirse los prefijos ante- (anterior) y anti- (opuesto, contrario), pues las palabras formadas tendrán un significado muy diferente: antediluviano, dicho de alguien que está muy anticuado, y antidiluviano, persona que está en contra del diluvio. Quedarían muchísimos más prefijos para establecer el inventario completo, pero basten los mencionados para entender su funcionamiento.

En lo referente a la acentuación, se aplican las reglas generales a la palabra prefijada resultante y no a la raíz; por tanto, llevará tilde o no según corresponda por ser aguda, llana, esdrújula o sobresdrújula: hipermétrope, antieconómico, ultratumba, sobrepeso, subempleo.

Asimismo, la palabra prefijada resultante debe escribirse atendiendo a las reglas generales: contrarrevolución (y no contrarevolución); contrarréplica (y no contraréplica); protorromance (y no protoromance); corresponsable (y no coresponsable);  contrarreloj (y no contrareloj); subregional (y no subrregional); subredes (y no subrredes).  Recuérdese que el sonido de r fuerte que no es inicial se escribe siempre rr, salvo cuando le precede b, s, l o n.

Cuando se añade un prefijo a un nombre propio para crear otro, la mayúscula se traslada a la inicial del nombre resultante: Prepirineo, Supermario, Trasalpes.

Como norma general, los prefijos se escriben unidos a la base si se trata de una palabra, pero separados con un espacio si es pluriverbal: exdecano, pero ex teniente coronel; proeuropeo, pero pro Angela Merkel; pro derechos humanos; anti pena de muerte. Como se puede comprobar por los ejemplos, los prefijos ex, anti y pro son los más propensos por su significado a aparecer en construcciones formadas por varias palabras, por lo cual en gramática se los conoce con la denominación de prefijos separables.

Cuando la  palabra base es una sigla, un número o un nombre propio, se intercala un guion entre el prefijo y esta: anti-OTAN, sub-16, pro-Europa. Cuando se coordinan prefijos, se añaden guiones si la base es una palabra y no se añaden si es pluriverbal: anti- y progermano; anti- y pro-Europa; anti y pro Angela Merkel.

La Real Academia recomienda simplificar las vocales dobles que surgen al añadir un prefijo cuando concurran estas tres condiciones: 1) se simplifica siempre en la pronunciación cuidada de la lengua oral; 2) el término se identifica sin dificultad y no confluye con otro existente de significado distinto; 3) no aparece una h entremedias: contratacar, antimperialista, antincendios, pero semiilegal, semihilo. Recuérdese en todo caso que se trata de una recomendación y no de una norma de obligado cumplimiento. Además, hay dos prefijos, co- y bio, que no permiten la simplificación de las vocales en ningún caso: cooperar; cooficial, coorganizar, biooceánico, bioorgánico.  Por su parte, los prefijos semi-, anti- y archi- tampoco permiten la simplificación de la doble vocal cuando se unen a palabras que ya comienzan por el prefijo i (de negación), pues cambiaría el significado: semiilegal; archiiletrado; semiinútil.

No se considera un prefijo la palabra no; por tanto, se escribe siempre separada y sin guion: el no fumador; la no violencia; la no beligerancia.

Se prefiere la forma pos- a post- con una sola excepción: cuando la palabra a la que se une este prefijo comience por –s para evitar dos s seguidas. Así, escribiremos posguerra, posdata, posdiluviano, posparto, posoperatorio, pero postsocialismo, postsindical, postsecesión.

En las palabras ya fijadas con el prefijo sin y el significado de «carencia», este se escribe junto; cuando se trata de palabras nuevas, se puede escribir junto o separado, pero no con guion: sinrazón, sinsabores, sinsentido, sinvergüenza, pero los sintecho o los sin techo; los simpapeles o los sin papeles; los sin tierra o los sintierra; hacer un «simpa» o hacer un «sin pa». Adviértase que al unir el prefijo a la palabra base se ha de cumplir siempre la regla general de escribir m ante p o b.

Cuando el prefijo sub- se une a una palabra que comienza por b, se conserva la doble consonante con dos excepciones, subranquial y subrigadier. Pero escribimos: subboreal, subbase.

También se recomienda simplificar el prefijo trans- a tras-, salvo cuando se une a palabras que empiezan por s: trascendente, trasoceánico, trasalpino, pero transexual, transiberiano.

A veces los prefijos absorben el valor completo de la palabra a la que se unen y pasan a sustituirla. Decimos voy al súper o te espero en el híper: en ambos casos escribimos estas  palabras con tilde porque ya no actúan como prefijos átonos y siguen las normas generales de acentuación. Ocurre lo mismo en el caso de nos lo pasamos súper. Asimismo, el uso frecuentísimo del prefijo tele como sustituto de «televisión» ha dado lugar a palabras como teleadicto, teleprogramas, telediario, en las que el prefijo tele ha perdido su significado griego originario de «lejos, a distancia» para pasar a significar llanamente «televisión». El prefijo ex no necesita unirse a marido o novio para que todos entendamos su significado: Me llevo muy bien con mis ex. Y como se puede comprobar en el ejemplo, en estos casos en los que se convierte en palabra independiente, en plural permanece invariable.  

Sufijos

Son muchísimos y siempre se escriben detrás de la raíz, aportando un significado que por sí solos no poseen. Además, son polivalentes: -ero puede significar profesión: panadero, o lugar donde se guarda o hace algo: monedero, tendedero; -ada hace referencia a un golpe fuerte pero también a una cualidad o conducta: pedrada, patada, asonada, cacicada; -or sirve para significar profesión y también lugar donde se desempeña algo: obrador, comedor, aparador, labrador, cantaor, escritor. El sufijo –ista que se emplea para formar palabras de profesiones es invariable y, por tanto, se dice el taxista y la taxista; el chapista y la chapista; el artista y la artista; y se debería decir el modista y la modista, aunque en este caso se emplee modisto por ultracorrección. El sufijo –oide añade a la raíz un matiz despectivo: humanoide, sentimentaloide; -ble indica capacidad, que puede ser: imperdible, entendible; -ción expresa acción y efecto: prohibición, sustracción.  

Con sufijos también se forman los gentilicios: con –ano, zaragozano, talaverano, calagurritano, asturiano; con –eco, guatemalteco, yucateco, chiapaneco; con -ense, ateniense, ilerdense, y así sucesivamente.  Hay prefijos además para formar los nombres de países y lugares: -ia, Italia, Galia; -landia, Finlandia, Islandia. Este último sufijo se utiliza mucho para crear nombres comerciales: Disneylandia, Zumolandia.

Los nombres diminutivos, aumentativos y despectivos se valen de sufijos para crearse: perrito, perrillo, perrete, perrazo, perrucho. A veces, algunos términos diminutivos y aumentativos cobran un significado propio diferente de la raíz y de los restantes diminutivos o aumentativos que les serían aplicables: pajarilla no es lo mismo que pajarita; ventanita no es lo mismo que ventanilla ni bolsillo lo mismo que bolsito; cucharaza no es lo mismo que cucharón, ojito que ojete, cajaza que cajón, jarrota que jarrón ni blusaza que blusón.

En un alarde de recursos, la lengua castellana permite convertir en diminutivo la palabra que ya es aumentativo: sala, salón, saloncito. O convertir un despectivo en diminutivo para darle un toque cariñoso: perrucho, perruchín; casucha, casuchita.

Y aquí termino esta entrada porque, como se puede apreciar, los sufijos ofrecen muchas posibilidades creativas que cada cual explorará por su cuenta, pero no presentan ninguna dificultad especial de escritura: las palabras resultantes se regirán siempre por las normas generales de todos conocidas.

La lengua destrabada
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miércoles, 12 de junio de 2013

Los tres Pedros y la utópica inglesa

A la memoria de Pedro Antonio Jiménez-Landi
La Derbi subía petardeando por el estrecho camino de tierra en cuesta que llevaba a la casa dibujando suaves curvas. Su llegada se escuchó claramente desde el comedor, y Pedro alzó inquieto los ojos del plato para mirar a su padre.
—Vaya horas de visita —le escuchó rezongar entre cucharada y cucharada de guiso de lentejas.
Bene entró en la habitación con la fuente de filetes recién fritos y anunció:
—Son los Pedros, señora, el Bareño y el Landi, que dicen que vienen a buscar al nuestro.
Antes de que doña Cecilia pudiera responder, un muchacho delgado de abundante melena morena que le rozaba los hombros asomó la cabeza por la puerta:
—Buen provecho —pronunció con tono circunspecto.
Le seguía otro más alto y fornido que también saludó casi entre dientes. El padre los fulminó con la mirada mientras la madre empezaba a servir los filetes y les ofrecía:
—Pasad y sentaos. ¿Queréis comer?
Los chicos adujeron que los esperaban abajo en el pueblo y explicaron que tenían algo de prisa porque aún debían recoger la cal para enjalbegar la cueva de los Bareño, tarea para la que habían venido a buscar al tercer Pedro.
—Déjalo que se vaya, papá. Mejor para nosotros, a más comida tocaremos —comentó, blandiendo el tenedor y el cuchillo, el hermano que estaba sentado al lado del Pedro aludido.
Los demás hermanos que llenaban la mesa le rieron la gracia, pero Pedro no prestó atención y alargó el plato a su madre para que le sirviera el filete que le correspondía.
—Un vaso de agua sí que nos vendría bien porque venimos secos —pidió entonces Pedro el de los Bareño.
Y en el tiempo en que Bene trajo los vasos y sirvió el agua fresca de la enorme jarra de plástico verde, Pedro se acabó el filete en tres o cuatro bocados, dobló perfectamente la servilleta y se levantó de la mesa para coger una pera del frutero.
—Esta me la como por el camino —anunció antes de lanzar una mirada de petición de permiso a su padre—: ¿Me puedo marchar ya?
Don Federico prosiguió masticando meticulosamente e hizo un gesto con la mano sin pronunciar palabra. Había dado su consentimiento, así que los tres chicos se despidieron apresurados y salieron al sol.
Pedro el de los Landi, dueño de la Derbi, la puso en marcha y se sentó en el depósito de la gasolina para ceder el asiento a Pedro el de los Bareño y Pedro el de la Dehesa. Bajaron abrazados la cuesta, sintiendo la velocidad en la cara y gritándose barbaridades cada vez que la moto hacía un extraño y estaba a punto de arrojarlos al suelo, pero consiguieron llegar al pueblo sin percances, recibir el dinero en la casa de los Bareño y recoger la cal encargada en el almacén.
Después fueron a comer a casa de los Landi, donde la madre y las hermanas, que ya habían recogido la mesa, volvieron a tenderla y les sirvieron canelones de foie gras, ensalada y tarta de limón.
—No sé cómo puedes repetir con lo que ya has tragado en tu casa —se rió Pedro el de los Bareño al contemplar al de la Dehesa acabarse un segundo plato de canelones.
—Tendré la solitaria, como dice mi madre —respondió el aludido sin inmutarse mientras masticaba a dos carrillos—. Yo es que paso muchísima hambre, ya lo sabéis.
Después, mientras en el pueblo amarillo de sol se dormía la siesta, los tres Pedros bajaron una manguera a la cueva de los Bareño, horadada en la tierra, para llenar de agua el bidón donde harían la mezcla de cal con la que la enjalbegarían. La única bombilla que colgaba de un cordón en el centro del techo los iluminaba mientras cargaban las viejas sartenes empavonadas para arrojar con fuerza el contenido contra las paredes en diestros reveses de tenista a dos manos. Pero algunas no llegaban a su pretendido objetivo.
—¿Quieres guerra, cabrón? —farfulló Pedro el de los Landi, escupiendo la cal que le había entrado en la boca, a la vez que devolvía el golpe al de la Dehesa.
La sartenada de respuesta dio de lleno en el blanco y cubrió los rizos rubios del agresor. Todavía seguían enzarzados en la guerra desatada cuando Pedro el de los Bareño los asperjó a los dos con una escoba de paja empapada de cal, profiriendo bendiciones de obispo de Roma:
—Haya paz, haya paz…
La bombilla, alcanzada por los múltiples tiros, comenzó a titilar, y Pedro el de los Bareño alzó la mano para apretarla al casco. Una sacudida inmediata lo derribó al suelo. Los otros dos Pedros detuvieron la batalla al verlo yacer inmóvil sobre el palmo largo de blanco líquido que lo cubría todo.
—¿Tú sabes hacer el boca a boca? —preguntó el de la Dehesa al Landi, arrodillados ambos junto al tendido que estaba inconsciente.
Antes de que pudiera responderle, Pedro el de los Bareño abrió los ojos y dijo:
—He caído mortal.
Lo ayudaron a levantarse y abandonaron la cueva. Ese día acabó para los Pedros en el bar, curando el aturdimiento del Bareño a base de cañas y patatas bravas. Quedaron a la mañana siguiente para terminar lo empezado. Pero Pedro el de los Landi no apareció.
—Se ha ido a Madrid —informaron las hermanas por toda explicación.
Tardó una semana en volver, y lo había hecho tan melancólico que no le bastó con cerrar el bar la primera noche.
—Hagamos la lobá. Vamos a la curva de los Mellizos a ver amanecer —propuso.
—Yo me voy a la cama —se negó el de la Dehesa.
—Te quedas —rebatió el de los Bareño—. No vamos a dejar tirado a este. Veremos amanecer tomándonos una botella de güisqui de malta que tiene mi padre. Ahora la traigo.
Y mientras los otros dos Pedros lo esperaban, entablaron conversación con el viejo Trifón que, sentado a la fresca ante la puerta de su casa, observaba ensimismado el cielo.
—A mí no me engañan estos americanos con eso de que han pisado la luna. Sí, hombre, ahora está llena pero cuando mengua, qué, ¿adónde van a parar con su cohete?
—Pues tiene usted razón —asintió Pedro el de la Dehesa.
Trifón meneó la cabeza y añadió:
—Llegar no han llegado, pero de tanto jinchar la luna están cambiando el tiempo y la noche parece día por la mucha luz.
Esa hermosa luz de luna iluminó a los tres Pedros el camino hasta que llegaron a la curva de la carretera a la Torre de Esteban Hambrán que buscaban. Sentados en unas breñas, comenzaron a beber en silencio.
—Yo me voy a la cama, ya no aguanto más —insistió, pasado un rato, Pedro el de la Dehesa.
—Es inglesa —repuso Pedro el de los Landi—. Se llama Michelle.
—¿Qué dices? —preguntó sorprendido ante tal revelación Pedro el de la Dehesa, que ya se había levantado para marcharse.
Pedro el de los Bareño le pasó la botella y le ordenó:
—Siéntate y calla.
Pero el de la Dehesa desobedeció:
—¿Por una tía estás así? ¡Cágate en sus muertos! Ninguna merece que sufras —y se puso a lanzar improperios a voz en grito, consiguiendo que Pedro el de los Landi se riera al fin y se le uniera en los insultos al viento.
Enmudecieron de golpe al verse encañonados por una pareja de la guardia civil que surgió entre las sombras:
—A ver, la documentación —les exigió sin contemplaciones.
Ninguno llevaba encima el carnet de identidad, pero explicaron a trompicones, con la lengua pastosa por lo mucho que habían bebido, quiénes eran.
—Pasaréis la noche en el cuartelillo y mañana que vayan a buscaros vuestros padres —decidió el más déspota de la pareja.
—Échense un lingotazo —ofreció Pedro el de los Bareño, envalentonado por la borrachera—. Es güisqui del bueno. Es que queríamos animar a este, que anda triste.
—Estamos de servicio y no podemos beber —terció el otro guardia civil, a quien le había hecho gracia el atrevimiento del Bareño—. Apurad la botella sin armar alboroto y marchaos a dormir la mona a casa.
Los tres Pedros agradecieron su comprensión y los vieron desaparecer en las sombras como habían llegado. Luego, cuando ya empezaba a rayar el día, el de los Bareño dijo:
—Desengáñate, Pedro, las inglesas no existen. Aquí en Méntrida nunca las hemos visto.
—Ya ves —corroboró el de la Dehesa—. Es una utopía.
Pero el de los Landi no se dejó convencer y, moviendo la cabeza, gritó con voz de trueno Michelle, Michelle, Michelle, Micheeeeeeeeeeelle, hasta que se quedó sin aliento.


La lengua destrabada
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jueves, 30 de mayo de 2013

Las conjunciones: nexos imprescindibles

conjunciones
Espejo de conjunciones
Las conjunciones son palabras invariables y por lo general átonas que relacionan entre sí otras palabras y grupos sintácticos, unas veces en plan de igualdad y otras jerarquizándolos o estableciendo dependencias. Las que se limitan a enlazarlos se denominan conjunciones coordinantes; las que marcan distintas relaciones de dependencia, conjunciones subordinantes.

Me levanté temprano. Fui en autobús al cementerio. Si usamos una conjunción coordinante copulativa, el resultado sería: Me levanté temprano y fui en autobús al cementerio.
Me levanté temprano. Pensaba ir en autobús al cementerio. Si usamos una conjunción subordinante de causa, el resultado sería: Me levanté temprano porque pensaba ir en autobús al cementerio.

A su vez, las conjunciones coordinantes se dividen en

Copulativas: y, e, ni, que

Como su nombre indica, estas conjunciones unen e igualan elementos y oraciones: No me gustan ni el fútbol ni el boxeo. Pedro es inteligente y sabe lo que quiere. ¿Sería posible escribir Pedro es inteligente y no sabe lo que quiere? Se podría, claro, pero el significado, según el contexto, pasaría a ser: Aunque Pedro es inteligente, no sabe lo que quiere o también Pedro es inteligente, pero no sabe lo que quiere. Las conjunciones genuinamente copulativas suelen enlazan elementos u oraciones todos afirmativos o todos negativos.

Y es la conjunción copulativa por excelencia. Suele preceder al último de varios elementos coordinados: Duerme, come y se pasea. Sin embargo, puede omitirse cuando a varios nombres les sucede otro que los abarca a todos: el sol, la luna, las estrellas: todo te daré. El proceso de coordinar expresiones sin conjunción se denomina asíndeton y es frecuente en la lengua literaria, pero también en la lengua coloquial: Desayunas fuerte, picoteas toda la mañana, te vas a comer con el jefe, meriendas con tus amigas, cenas con tu novio… ¿cómo no vas a engordar?
Por el contrario, el uso reiterado de la conjunción y ante cada miembro coordinado recibe el nombre de polisíndeton. Es un recurso enfático particularmente frecuente en la literatura: ¿Cómo explicarle que le daba miedo, que él también quería cultivar una milpa y subir a sacar chicle y engancharse en los cafetales y casarse en el caserío y quedarse allí para siempre?(Carmen Martínez Gimeno, El ala robada).

La expresión conjuntiva etcétera, a menudo abreviada como etc., significa y lo demás. La RAE admite ahora su duplicación: etcétera, etcétera, pero no puede ir precedida de la conjunción copulativa y, y se usa siempre tras el último componente de una serie coordinada, separada por una coma: había sillas, sillones, sofás, canapés, butacas, etcétera. También puede ser sustantivo y hasta llevar adjetivos: escritoras como Carmen Grau, Amelia Noguera, Mónica Rouanet, Pilar Alberdi, María José Moreno, Mercedes Gallego y un largo etcétera.
E es la misma conjunción y que toma esta forma cuando precede a palabras que empiezan por i o hi: Carmen e Isabel; madre e hija. Sin embargo, no ocurre el cambio cuando la i es comienzo del diptongo hie-: matas y hierbas (no matas e hierbas); cobre y hierro (no cobre e hierro); nieve y hielo (no nieve e hielo); insulta a uno y hiere al otro (no e hiere). Tampoco se cambia ante nombres extranjeros que comiencen por h aspirada: Bill y Hilary Clinton.

Asimismo, se mantiene la forma y cuando aparece al principio de un discurso: Y Isabel es todo lo contrario, callada, sumisa, casi una santa. O también: Y Isidro le respondió: «Te estás equivocando».  
También se mantiene la y cuando la conjunción comienza una interrogación: ¿Y Inés, cuándo llega?

Ni tiene una función similar a y pero en oraciones negativas. Aparece en  forma simple si va precedida por el adverbio de negación no: No me gusta el vino ni la cerveza. Se duplica si los elementos que coordina son los sujetos de la oración: Ni tú ni yo iremos mañana. Y si colocamos el verbo delante, necesitaremos una triple negación: No iremos mañana ni tú ni yo.
También se le puede dar un uso enfático muy expresivo: No eres tú lista ni nada.

• Que es conjunción copulativa cuando cumple la misma función que y: Son galgos, que no podencos (y no podencos). También tiene valor copulativo en expresiones como erre que erre; llora que llora.
A veces, en textos literarios, la conjunción que tiene sobre todo un valor intensificador: Pero cuando sus vecinos se dieron cuenta de que iba a alcanzar el cielo, empezaron a hacerle encargos para sus difuntos, y cada uno le daba que si un quesillo para mi mamá que se fue con las ganas de probarlo, que si un sarape para mi papá para que no pase frío en esas estrellas que parecen de hielo, que si unos dulces para mi hijita, pues tanto le gustaban… Y así, como él todo lo aceptaba y a nadie le negó el favor, cuando se tiró, el peso de los encargos no le dejó subir y se estrelló contra el suelo de la plaza. (Carmen Martínez Gimeno, El ala robada).     

Disyuntivas: o, u
Indican elección, opción  o exclusión: O aceptas la propuesta o me voy de inmediato.

También puede tener valor explicativo: Dijo que se las piraba o, lo que es lo mismo, que se marchaba.
Toma la forma u ante una palabra que comience por el sonido o: ¿Es de oro u hojalata? Tendrá siete u ocho años. También cuando precede a una cifra cuya lectura comience por o: 7 u 8 millones; 10 u 11 jugadores.

Cada vez es más frecuente el empleo de y/o, calcado del inglés and/or, para expresar de manera resumida la posibilidad de elegir entre la suma o la alternativa de dos opciones: Se necesita modista de habla inglesa que sepa español y/o francés. ¿Realmente es necesaria esta redacción? No. Se necesita modista de habla inglesa que sepa español o francés expresaría lo mismo. Y si se quieren las dos lenguas, no hay más que decirlo: Se necesita modista de habla inglesa que sepa español y francés. Más claro, el agua. Otro ejemplo, sacado de un periódico: Un niño es maltratado cuando es objeto de violencia física, psíquica y/o sexual. Si se hubiera escrito violencia física, psíquica o sexual, ¿no habrían quedado igualmente claras las violencias que sufre un niño maltratado?
En el mundo anglosajón la fórmula and/or comenzó a florecer allá por los años treinta del siglo pasado y todavía encuentra rechazo en muchos gramáticos, que aconsejan restringir su uso al imprescindible. Nuestras Academias de la Lengua, en su Diccionario Panhispánico de dudas, también desaconsejan la fórmula y/o salvo en contextos muy técnicos en los que resulte imprescindible para evitar ambigüedades, advirtiendo que si la palabra siguiente comienza por o, debe escribirse y/u.         

Adversativas: pero, sino, mas, aunque
Señalan contraposición o contraste.

• Pero/sino: Con pero se pueden alternar oraciones afirmativas y negativas o reiterarse: Fui al cine, pero no me gustó la película. No fui pero no cobré. Por su parte,  sino requiere una negación en el primer término expuesto: No fui yo sino mi hermano.
• Mas: Su uso está cada vez más restringido a la escritura, sobre todo literaria. Equivale a pero y siempre es átona. Es muy útil para evitar, si se quiere, la cacofonía que se produce cuando al lado de pero se colocan las preposiciones para o por: Se lo advertí mil veces, pero para Irene mis palabras no cuentan (mas para Irene…). Era una cuesta empinada, pero por ahí llegaríamos antes (mas por ahí...).     

• Aunque tiene valor coordinante adversativo cuando es sustituible por pero: Eres buen jugador aunque miedoso. Este uso se está extendiendo en detrimento de pero, para disgusto de muchos gramáticos.
Distributivas: ora, bien, ya…

Indican alternancia y han de repetirse ante cada uno de los elementos, que suelen ser  dos pero también más: Nos tenía desconcertados su comportamiento, ora llorando desconsoladamente,  ora riendo como una loca, ora tirándose de los pelos. El uso de ora es fundamentalmente literario. Bien tocando el piano, bien cantando, es un gran artista. Ya vengas en avión, ya en tren, no llegarás a tiempo.

Las conjunciones subordinantes incluyen además locuciones conjuntivas, es decir, grupos formados por dos o más palabras. Pueden ser

Completivas: que, si
Conectan una oración principal con otra que cumple las funciones de un sustantivo (sujeto, complemento directo…): Le pregunté si me querría siempre (complemento directo). Me gustaría que se casaran (sujeto).

Causales: porque, pues, que, como, puesto que, dado que, ya que…
Las conjunciones que, como y pues solo son causales cuando equivalen a porque: Explícamelo, que quiero escucharte. Como quiero aprender, estudio. Estudio pues quiero aprender.

Finales: para que, a fin de que, con objeto de que, a que, que, por que, porque
Expresan en una oración subordinada la finalidad de la principal: Canta, hija, que vean lo bien que lo haces. Cantó por que vieran sus aptitudes. O también: Cantó porque vieran sus aptitudes. Introducen siempre oraciones formadas por un infinitivo o un verbo en modo subjuntivo.

Comparativas: como, más que, menos que,  tanto como…
Expresan una correlación o comparación: Me embaucó  como le vino en gana. Miente más que habla.

Concesivas: aunque, aun cuando, por más que, a pesar de que, si bien, aun
La oración subordinada expresa una dificultad para la realización de la principal: Aunque llegué tarde, me esperaron para comer. Por más que me lo intento, no logro ser puntual. Aun siendo ingeniero no encuentra tabajo.

Consecutivas: que, luego, conque, así que, de manera que, por consiguiente, así pues…
El efecto de la oración principal se concreta en la subordinada unida por la conjunción: Es tan inocente que se lo cree todo. Pienso, luego existo. Mañana tienes que madrugar, conque acuéstate ya.

La conjunción conque (consecutiva o ilativa), que siempre se escribe en una sola palabra, no debe confundirse con el pronombre relativo que precedido de la preposición con: Estos son los profesores con que cuento (con los que cuento). Tampoco ha de confundirse con la preposición con, seguida de la conjunción que, con que comienzan las oraciones subordinadas sustantivas: Con que decidamos un único objetivo bastará (en este caso siempre se puede sustituir la secuencia por la preposición con y el verbo en infinitivo: con decidir…). Ni tampoco, por último, con la preposición con seguida por el pronombre interrogativo o exclamativo tónico qué: ¡Mira con qué viene ahora! No sabía con qué palabras expresarle sus sentimientos.

Ilativas: así pues, así que, pues, conque, ahora bien, es decir…
Expresan una ilación, explicación o consecuencia de lo ya enunciado: Te lo advertí a tiempo, conque ahora no te enfades. Ya lo has conseguido, ¿verdad?, pues alegra esa cara. Madrid es una ciudad de terrazas al aire libre, ahora bien, hay mucho ruido por las noches.

Adviértase que así pues se escribe siempre sin coma entremedias. En el caso de así que, no se acepta así es que ni, por supuesto, la vulgar  así es de que.
Condicionales: si, siempre que, como, cuando, a condición de que, con tal (de) que, a no ser que, a menos que,  de no, mientras, en caso de que, en el supuesto de que…

Lo enunciado en la oración principal necesita que se cumpla lo enunciado en la subordinada para hacerse realidad: Te ayudaré si me pagas. Como no te esfuerces, no lograrás aprender inglés. A no ser que llueva, iremos a la playa. Mantendremos los planes mientras no nieve. Con tal que no me dejes, hago lo que sea.
Adviértase que algunas de estas locuciones causales incluyen la preposición de y otras no: a condición de que, en caso de que, en el supuesto de que, pero a no ser que, a menos que. Por su parte, con tal admite construcción con de y sin ella: con tal que me quieras; con tal de que me quieras.

Temporales: así que, cuando, tan pronto como, desde, para cuando, luego de que, mientras, antes de que, hasta que, una vez que, en cuanto…
Establecen una relación de tiempo entre las oraciones: Para cuando deje de llover ya me habré muerto. Luego de que hubieron comido, recogieron los manteles. Se enteró de lo sucedido mientras esperaba a Juan. Así que llegaron, empezaron las peleas.   

Locativas: donde, adonde
Establecen una relación de lugar entre las oraciones: Iré donde me digas.

Modales: como  
La oración subordinada indica la manera en que sucede lo expresado en la principal: Se hará como tú digas.

Como se ha podido observar, una misma conjunción o locución conjuntiva subordinante puede expresar distintas relaciones de subordinación que a veces no son fáciles de deslindar. Asimismo, en muchos casos los gramáticos no se ponen de acuerdo sobre si formas como sin embargo, cuando, mientras y otras más tienen carácter conjuntivo o adverbial, y algunos las denominan adverbios conjuntivos. Sea como fuere, a quienes escribimos esas disquisiciones eruditas nos importan menos que comprender la función que cada palabra cumple en la oración, aprender los usos que les podemos dar y conseguir sacar el mayor partido a las posibilidades que se nos ofrecen. De eso, precisamente, trata la sintaxis.     


La lengua destrabada
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