miércoles, 8 de mayo de 2019

Redactar y corregir enumeraciones y listados


Enumeraciones y listados
Enumerar es enunciar de manera sucesiva y ordenada partes o elementos que conforman un todo. La relación resultante se denomina enumeración. Listar o alistar es recoger en un inventario elementos relacionados de algún modo. El resultado de lo recogido se denomina lista o listado. Por tanto, enumeración, lista y listado son términos sinónimos, si bien los dos últimos se utilizan en especial para designar las relaciones dispuestas en columnas o filas verticales:
El desarrollo sostenible implica un posible trilema de sostenibilidad con tres elementos clave: ambiental, económico y social.
El desarrollo sostenible implica un posible trilema de sostenibilidad con tres elementos clave:
 — ambiental
— económico
 — social

Cada uno de los elementos que aparecen en las enumeraciones y listados se denomina entrada, ítem o apartado. Su característica fundamental es que deben pertenecer a categorías gramaticales idénticas o equivalentes, desempeñar una función idéntica en la sintaxis del enunciado y guardar cierta relación entre sí: La facultad de pensar es una de nuestras características más complejas, pues entraña la interacción de varios procesos mentales: atención, emoción, memoria, planificación, conciencia de uno mismo, libre albedrío y lenguaje. Las enumeraciones y listados que, como en todos los ejemplos previos, van precedidas de un elemento anticipador o introducción se marcan en su inicio con dos puntos. En el caso de que no exista dicho elemento anticipador, no se escribe ninguna puntuación, a menos que la enumeración tome la forma de lista vertical:  Las restantes especies de los grandes simios son el chimpancé, el bonobo o chimpancé pigmeo, el gorila y el orangután, que es el único arborícola. Por lo que respecta a su composición, las diferentes entradas pueden aparecer tanto dentro del texto a renglón corrido como de manera exenta:
Existen varios tipos diferentes de memoria: a) la procedural, que permite recordar conexiones entre estímulos y respuestas de diferentes clases; b) la semántica, que faculta para imaginar cosas que no están presentes de modo perceptivo; y c) la episódica, que posibilita recordar acontecimientos concretos y el orden en que han sucedido.
Existen varios tipos diferentes de memoria:
  A) La procedural, que permite recordar conexiones entre estímulos y respuestas de diferentes clases.
 B) La semántica, que faculta para imaginar cosas que no están presentes de modo perceptivo.
 C) La episódica, que posibilita recordar acontecimientos concretos y el orden en que han sucedido..


Es necesario repetir que todas las entradas deben mantener homogeneidad gramatical y semántica, lo que significa que cada uno de los elementos enumerados presentará la misma estructura gramatical y pertenecerá a la categoría declarada en la introducción. Compárense las dos redacciones siguientes:
La estrategia intencional opera como sigue: 1) Primeramente, se determina tratar como un agente racional el objeto cuya conducta se va a predecir. 2) Hay que suponer además las creencias que dicho agente debe tener en virtud de su lugar en el mundo y su objetivo. 3) La estrategia intencional necesita asimismo que nos figuremos los deseos que abrigará según esas mismas consideraciones. 4) La última predicción es que este agente racional actuará para favorecer sus metas a la luz de sus creencias.  
La estrategia intencional opera como sigue: 
1) Primero decidimos tratar como un agente racional el objeto cuya conducta vamos a predecir. 
2) Luego suponemos las creencias que dicho agente debe tener en virtud de su lugar en el mundo y su objetivo. 
3) A continuación nos figuramos los deseos que abrigará según esas mismas consideraciones. 
4) Por último, predecimos que este agente racional actuará para favorecer sus metas a la luz de sus creencias.


Los elementos de la enumeración de la izquierda no guardan la debida homogeneidad gramatical ni semántica, por lo cual la redacción es defectuosa. En cambio, los elementos de la derecha se atienen a una misma estructura (gradación temporal más verbo en plural instructivo), por lo cual la redacción es adecuada. 

Es recomendable numerar las entradas cuando existe una idea clara de orden en lo expresado o cuando se necesita hacer remisiones a entradas específicas, como ocurre a menudo en textos académicos. Para la numeración se puede recurrir a letras (mayúsculas o minúsculas) o números (arábigos o romanos), seguidos de punto o paréntesis de cierre (si bien en la actualidad, por influencia del inglés, también es frecuente recurrir al paréntesis completo). La tipografía clásica prefiere letra cursiva cuando se utilizan minúsculas, y letra redonda cuando se opta por mayúsculas. Asimismo, se acostumbra componer la primera palabra de las entradas con minúscula inicial cuando se usa minúscula para numerar, y con mayúscula inicial cuando también se usa mayúscula en la numeración. La puntuación entre las diversas entradas será punto en el caso de utilizar mayúscula inicial y punto y coma en el caso de minúscula inicial. No es habitual recurrir a la conjunción y como nexo entre la penúltima y la última entrada cuando cada una se compone en renglón aparte, pero se considera correcto. En cambio, en las enumeraciones integradas a renglón corrido en el texto, la última entrada se marca por lo general con punto y coma seguido de y, o bien con coma seguida de y, aunque también es posible optar por punto y coma y prescindir de la y:
Qué aporta la luz pulsada a nuestra piel: 1) permite unificar su tono y textura, afinando los poros y mejorando su calidad; 2) elimina manchas marrones y rojas debidas al sol y la edad; 3) reduce la profundidad de las arrugas, y 4) ayuda a sintetizar nuevo colágeno en la dermis.
Varios párrafos dependientes jerárquicamente de otro anterior que los integra en cuanto a contenido también pueden considerarse enumeraciones y tratarse como tales. Se marcan con raya larga o con viñeta al inicio de cada uno  y, en ocasiones, se utiliza un titulillo destacado (con negrita o cursiva), seguido de punto o dos puntos:
El mérito de que hoy podamos leer con comodidad un texto en griego antiguo corresponde a los alejandrinos, autores de los signos diacríticos y de puntuación cruciales para la comprensión de esa lengua. Son los siguientes:
  ― Acento. Es de naturaleza melódica, deriva de la palabra ‘canto’ y se marca sobre la vocal tónica de la palabra. Puede ser de tres tipos: agudo (indica la elevación de la sílaba sobre la que aparece); grave (indica la bajada de la sílaba sobre la que aparece) o circunflejo (indica un movimiento de elevación del tono seguido de un descenso repentino).
  ― Apóstrofo. Indica elisión, esto es, la caída de la vocal final de una palabra ante la vocal inicial de la siguiente.
  ― Iota suscrita. Esta letra iota pequeña, escrita debajo de las vocales largas ᾳ, ῃ, ῳ, indica que existía en griego clásico un diptongo cuya segunda vocal, la ι, se debilitó hasta el punto de no ser pronunciada, por lo cual empezó a omitirse y se dejó de trascribir. En época bizantina se inició su escritura bajo la primera vocal del diptongo y no a su lado.
  ― Signos de interpunción. Los fundamentales son el punto y la coma, utilizados como en nuestra lengua. También existen el punto alto, que marca una pausa intermedia entre la coma y el punto (como nuestro punto y coma); y el punto y coma, signo que en griego es de interrogación y se escribe solo al término de las preguntas.
Por lo que respecta a las listas, cuando sus componentes son cortos, se puede optar por ofrecerlos en una o varias columnas, utilizando minúscula inicial en cada uno y ninguna puntuación al final:
Ventajas del coche eléctrico:
  • autonomía
  • ahorro
  • eficiencia
  • tranquilidad
  • limpieza…
Los puntos suspensivos del último ítem indican que la lista no es exhaustiva. Si estuviera completa, no se emplearía ningún signo de puntuación. En listados de elementos compuestos por más de una palabra, se puede optar por escribirlos con mayúscula inicial y terminar con punto:
Un cuento se compone de tres partes:
 • Introducción o planteamiento.
 • Nudo o desarrollo.
 • Desenlace o final.
Pero también cabe elegir componer cada ítem con letra minúscula inicial y separar uno de otro mediante punto y coma o coma y punto final. Prescindiendo de lo que se elija, lo fundamental es seguir el mismo criterio a lo largo de toda la enumeración o el listado.

De lo hasta ahora expuesto se deduce que los procedimientos sintácticos indispensables para componer enunciados y listados son la coordinación y la yuxtaposición. Por este motivo, deben ceñirse a los criterios  prescritos por dichos procedimientos. Considérese al respecto el siguiente enunciado, extraído de un periódico digital: Para evitar cualquier fallo y dar alas a las ideas conspiranoicas, el recuento es totalmente público, cualquier ciudadano puede acudir a su colegio electoral, o a otro, para seguir el recuento sin molestar, obviamente, a los miembros de la mesa. El fallo de redacción fundamental es la falsa subordinación que se establece entre la primera construcción de infinitivo y la segunda. Lo correcto sería coordinar ambos infinitivos añadiendo un adverbio de negación: Para evitar cualquier fallo y no dar alas a las ideas conspiranoicas. Además, la redacción mejoraría si se añaden dos puntos detrás de público: el recuento es totalmente público: cualquier ciudadano puede acudir a su colegio electoral.

Sirva como colofón a este texto la compilación de las cuatro pautas básicas a las que hay que atender en la composición y corrección de enumeraciones y listados:

·       Vigilar la redacción de la introducción. Ha de ser explicativa e inclusiva, y  terminar con dos puntos o punto. Siempre condiciona la redacción de las entradas sucesivas: si enuncia cinco elementos, deberán redactarse las cinco entradas correspondientes; si establece que se va a desarrollar determinado asunto, no se puede escribir sobre otro distinto. Véase al respecto el ejemplo siguiente, cuya introducción determina que está vetada la inclusión de motocicletas  en la enumeración: En la denuncia se mantenía que se habían sustraído de la bodega del barco los siguientes automóviles de lujo: tres Mercedes; dos Audi; un Lamborghini Urus; seis BMW y más de cuatro motocicletas Harley Davidson.
·       Definir los límites de cada entrada. El comienzo y el final deben resultar claros e ir marcados con la puntuación correspondiente.
·       Mantener la homogeneidad gramatical y sintáctica de cada una de las entradas tanto con respecto a la introducción como entre sí. Si la redacción de la oración introductoria impone que las entradas comiencen por un verbo en infinitivo, todas lo harán de ese modo; si impone la nominalización de un verbo (por ejemplo, el uso, como nominalización del verbo usar), en todas aparecerá dicha nominalización. La formulación que aparezca en la primera entrada forzará su utilización en todas las restantes. Véase el siguiente ejemplo: Los principales requisitos para que una persona pueda donar sangre son: 1) Que tenga entre dieciocho y sesenta y cinco años. 2) Que pese como mínimo 50 kg. 3) Que goce de salud el día de la donación. 4) Que no haya padecido hepatitis B o C ni sida o sífilis. No sería correcto, por ejemplo, componer la segunda entrada como sigue: 2) Peso mínimo de 50 kg; ni la tercera entrada de este modo: 3) Buena salud el día de la donación.
·       Comprobar que el criterio de puntuación y de uso de mayúsculas y minúsculas es uniforme a lo largo de todas las entradas. Cuando estas van integradas en el texto, las opciones de separación entre sí son punto o punto y coma, que se corresponderán con el empleo de mayúscula inicial y minúscula, respectivamente. Si se trata de entradas compuestas como listados verticales, existen más posibilidades, cuya elección dependerá del tipo de enumeración y del gusto de quien escribe.


La lengua destrabada


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viernes, 8 de marzo de 2019

Por ser mujer



Por ser mujer
A Clara su padre le tenía prohibido jugar con chicos, mandato que no le costaba obedecer durante el periodo escolar porque iba a un colegio de monjas segregado. Lo malo era en verano. Tenía unos doce años cuando una tarde, en la plaza del pueblo, no pudo resistirse a jugar a policías y ladrones con sus amigas y varios chicos. Se estaba divirtiendo tanto, entre los nervios de las carreras y las escaramuzas para no ser atrapada, que no se dio cuenta de la llegada de su padre hasta que la cogió del cuello. Allí mismo, a la vista de todos, le soltó dos sonoras bofetadas sin mediar palabra. Después se la llevó del pelo a casa. Clara lloró hasta agotarse. De miedo y de vergüenza. Estuvo días sin salir a la calle. A partir de entonces no consiguió establecer una relación normal con ninguna persona de otro sexo.

Paloma vivía con sus abuelos. Cuando tenía once años, una mañana, al despertarse, encontró una macha de sangre en la cama y se alarmó. Enseguida comprobó que también tenía las bragas machadas y corrió a contarle a su abuela que se había hecho una herida pero no sabía cómo. La abuela no le proporcionó el consuelo que buscaba, sino que la asustó más. Le dijo que ningún hombre debía enterarse de lo que le había pasado porque era muy peligroso, que había dejado de ser niña y que, desde ese momento, se tenía que cuidar de que esa herida le sangrara cada 28 días. Para conseguirlo, no podía permitir que ningún hombre la tocara hasta que llegara el día de su boda. ¿Nunca se me va a curar la herida?, preguntó inquieta Paloma. Nunca, es nuestra condena por ser mujeres, fue la respuesta que recibió.

Lola y Carmen eran hermanas. Cuando salían en verano, cada cual con sus amigas, quedaban en un lugar para volver juntas a casa justo cuando acababa de anochecer. Había un parque en el camino que rodeaban porque estaba oscuro para cruzarlo. Pero una vez que se les había hecho tarde, se adentraron en él por atajar. De las sombras surgió un enjambre de chicos que las acorraló. Unos se jaleaban a otros para susurrarles primero piropos, luego guarradas, y para pedirles besos. Cuando Carmen notó que la tocaban, repartió un par de manotazos y apretó a correr. Algunos chicos la persiguieron, pero era rápida y los fue dejando atrás. Solo uno continuó la caza. Carmen corrió y corrió hasta que le empezaron a fallar las fuerzas. Al verse perdida, se puso a gritar a todo pulmón ¡mamá, mamá! El chico se esfumó. Entonces Carmen retrocedió unos pasos para buscar a Lola. No estaba. Probablemente no había podido correr como ella. Angustiada, dudó si esperar más o volver a casa para contar a su madre lo sucedido. Por fin decidió hablar. Cuida de tus hermanas, le mandó la madre al enterarse de que faltaba su hija mayor, y salió despavorida en su busca. Las horas se hicieron eternas. Las hermanas pequeñas preguntaban qué pasaba, y Carmen no sabía la respuesta. Por fin se abrió la puerta de la calle y apareció Lola con su madre. Venía despeinada y muy enfadada. Pero no lloraba. Su madre dijo que había sido una valiente. Juntas habían puesto una denuncia en la comisaría de policía. Nunca más las dejaron volver solas a casa.
    
Adela quería estudiar Medicina. Su padre no lo consintió porque consideró que era una carrera muy dura para las mujeres y la obligó a matricularse en Magisterio. Así sabría educar bien a sus hijos cuando le llegaran. Obediente, Adela se esforzó curso tras curso, terminó los estudios y encontró un colegio donde trabajar. Pero no era feliz. Por eso, cuando hubo ahorrado el dinero suficiente, se atrevió a matricularse en Enfermería sin pedir permiso. Durante varios años llevó una vida secreta y, aunque apenas dormía para compaginar tantas obligaciones, fue capaz de acabar lo que había emprendido con excelentes calificaciones. Además, empezó a salir con un compañero de clase, que la convenció para especializarse en Podología y abrir una clínica juntos. Llegó un momento en que Adela pensó que no debía continuar ocultando su vida. Eligió la mañana de un sábado para sincerarse con su madre mientras cocinaba. Admirada, esta le dijo que su padre iba sentirse orgulloso de tener una hija tan trabajadora y la animó a contarle todo de inmediato. Las cejas del padre se fueron elevando a medida que escuchaba el relato de Adela. Al final, montó en cólera,  la insultó, ¡mentirosa, traidora!, y alargó la mano para abofetearla. Adela, que era alta y fuerte, paró el golpe, agarrándole por la muñeca. Enseguida hizo la maleta y se fue a vivir con su novio. Con mucho esfuerzo, los dos consiguieron abrir la clínica soñada. Él lo decidía todo, hacía los planes y las cuentas. Tuvieron una hija. Él empezó a mostrar celos, primero de la niña, luego de los clientes y al final hasta del aire que respiraba Adela. Comenzó a maltratarla, al principio solo de palabra. Luego llegó el primer golpe, seguido de arrepentimiento… el segundo golpe, el tercero. Adela volvió a hacer la maleta, cogió a su hija y pidió ayuda a sus padres. Pero no creyeron lo que les contó: ¿A tu padre le paraste la mano y a ese mequetrefe le permites que te pegue tanto? Adela se dio cuenta, al cabo de los años, de que había cambiado a un déspota por otro.

A Elena le robaron la billetera una tarde mientras paseaba con sus hijos por una céntrica avenida. Llevaba de una  mano a su hija y de la otra a su hijo, y el bolso colgado en bandolera sobre un costado. No se percató de que se lo habían abierto hasta que intentó pagar en una tienda. Como no estaban lejos de casa, volvió enseguida para llamar por teléfono y anular las tarjetas de crédito. Después se dirigió a la comisaría más cercana para poner la denuncia. A la mañana siguiente fue a su oficina bancaria. El empleado que la atendió le comunicó que habían sacado de su cuenta la máxima cantidad permitida con cada una de las tarjetas. Elena protestó. ¿Cómo podían haberlo hecho sin el número secreto? El empleado le aconsejó escribir una carta pidiendo que el banco se hiciera cargo de lo sustraído porque había un seguro que lo cubría. Así lo hizo Elena. Pero pasó un mes sin obtener contestación. Cuando fue a la oficina bancaria a interesarse por el trámite, le pareció que el empleado le daba largas. Entonces pidió hablar con el director. Este quiso desentenderse de ella con excusas ridículas, pero ante la insistencia de Elena, acabó revelándole que el banco se mostraba reticente a reintegrar en su cuenta la suma sustraída porque no se creían su relato. Elena adujo que tenía la denuncia del robo puesta a las horas de haber sucedido. El director meneó la cabeza y acabó arguyendo que muchas mujeres se gastaban el dinero de sus maridos en el bingo y caprichos y luego, para no ser descubiertas, fingían un robo.

El príncipe azul no existe, les dijo llorando Cristina a sus amigas una mañana invernal, y se subió la pernera de los pantalones para enseñarles las pantorrillas, repletas de arañazos y moratones. También los tenía en las manos y en la cara. Toño la había arrojado por un barranco, explicó, y no se había matado de milagro. Cristina tenía dieciocho años y era una chica popular por su buen tipo, su larga melena castaña y su simpatía. Podría haber salido con cualquiera de sus amigos, pero le gustó Toño. La primera vez que fueron a una discoteca, después de bailar un poco y tomar algunas copas, este se la llevó fuera y quiso mantener relaciones sexuales. Cristina se negó. Toño la llamó calientapollas y a empujones la arrojó por un barranco. Menos mal que era poco profundo y el anorak la protegió algo en la caída. Cuando dejó de rodar, Cristina se escondió detrás de unas piedras y no intentó subir hasta que cerraron la discoteca y no quedaba nadie que la viera. Que no os engañen, el príncipe azul no existe, repitió entre lágrimas a sus amigas.
      
Isabel había concertado una cita con una agente inmobiliaria para ver un piso. La agente llegó media hora tarde al portal donde la esperaba y se disculpó diciendo que había surgido un contratiempo en el colegio con uno de sus hijos y lo había tenido que solucionar. La culpa de todo la tienen las feministas, añadió, si no se hubieran empeñado en que trabajáramos fuera de casa, nuestros maridos seguirían ganando lo suficiente y nosotras viviríamos como las reinas de nuestros hogares. Las mujeres deberían ser solo amas de sus casas, insistió, mujeres florero, como las llamaban antes. Isabel no estaba de acuerdo. Adujo que la clave estaba en que cada mujer fuera libre para elegir la clase de vida que mejor le conviniera, pero que era crucial que todas estudiaran y se prepararan para ganarse la vida. Así podrían elegir de verdad su destino porque no dependerían de nadie. Le habló de las mujeres obligadas a casarse y de la pobreza de las que se quedaban solteras y tenían que vivir arrimadas a algún pariente. La mayoría nos casamos porque queremos, replicó la agente. Es injusto que por salvar a unas cuantas solteronas pobres las demás tengamos que trabajar una doble jornada. El feminismo es un timo.
       
Cuando a Celia la contrataron en el despacho de abogados, la informaron sobre el estricto código de conducta y apariencia que exigían a todos sus miembros. Debía maquillarse, llevar el cabello bien arreglado y lucir ropa y zapatos elegantes, nuevos y limpios, acordes con su posición. Los zapatos de tacón te darán autoridad, aunque solo sea por la altura, cuando vayas a juicio o tengas que negociar, le explicaron compañeras abogadas con más experiencia. Sin embargo, a pesar de calzarlos durante los primeros años de profesión, Celia se sintió a menudo ninguneada por colegas varones y tuvo que aprender a darse a respetar. Un día de juicio, el abogado de la otra parte la trató con una condescendencia más exagerada de lo habitual: Mira, hija, le dijo, cuando tú todavía no habías empezado a estudiar, yo ya estaba ejerciendo la abogacía. Será mejor que aceptes mi oferta. Celia reflexionó un segundo antes de replicar: Eso explica por qué no estás al día. Las leyes que tú aduces ya no están en vigor. Y le ganó el juicio. Con el paso del tiempo,  Celia se ha hecho dura y no calza zapatos de tacón para imponerse. Aduce que trabaja demasiado para encima tener que soportar que le duelan los pies.
  
Ana e Inés son médicas recientes; una está haciendo la residencia en psiquiatra, la otra, en endocrinología. Las dos han competido en igualdad para obtener las plazas que disfrutan en sus respectivos hospitales y están contentas con el aprendizaje y la labor que desempeñan. Solo ponen un pero: cuando van a las habitaciones para visitar a los enfermos, si van acompañadas por compañeros médicos o enfermeros hombres, ellas pasan a un segundo plano porque los enfermos, tanto hombres como mujeres, piensan que son subordinadas y se dirigen a los hombres. Las dos hacen esfuerzos, sin perder la cortesía, por que se reconozca su posición y preparación.
   
Cuando me propuse escribir este artículo, pedí ayuda a las mujeres que tengo a mi alrededor y enseguida reuní abundantes vivencias. Eran tantas que he tenido que espigar entre ellas para tocar diversos aspectos de nuestras vidas. Los relatos pertenecen a mujeres de distintas edades y a todas les pregunté si sabían qué era el feminismo. La mayoría no lo tenía claro, pero dijeron aceptarlo cuando les expliqué que se trataba de un movimiento de pensamiento y acción que aboga por la igualdad de género; es decir, por la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Feminismo no es el antónimo de machismo, ni mucho menos, aunque a menudo se intente situarlos en un mismo plano. Machismo, según la definición del Diccionario de la RAE, es la «actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres» y una «forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón». 

Quiero terminar con las palabras de mi sobrina de quince años cuando le hablé de este artículo: «A mí todavía no me ha pasado nada ―me dijo―, pero sí que noto que a los chicos y a las chicas no nos tratan igual. Por ejemplo, en mi instituto llaman guarras a las chicas más atrevidas que salen con muchos chicos. Nunca he oído que a un chico le insulten por eso». A pesar de los innegables avances, queda mucho por hacer, mujeres. Como dicen las feministas radicales, «lo personal es político».  Y nos va la vida en ello. 

Es un hecho que la mayor parte del trabajo del mundo lo realizan las mujeres. En todas partes, nosotras cargamos y cuidamos a los hijos, cultivamos, preparamos y comercializamos alimentos, trabajamos en fábricas y talleres explotadores, limpiamos la casa, el hospital y el edificio de oficinas… Hoy, en pleno siglo xxi, la mujer, viva y politizada, tiene que seguir reclamando su condición de persona, esté unida a una familia o no, esté unida a un hombre o no, sea una madre o no. Reclamamos el derecho a compartir equitativamente el producto de nuestro trabajo, el derecho a que no se nos cosifique ni utilice como un mero instrumento, un útero, un par de manos fuertes o suaves, una espalda que doblar; el derecho a participar plenamente en las decisiones de nuestro lugar de trabajo y nuestra comunidad; el derecho a hablar por nosotras mismas, sin intermediarios. Por derecho propio. 



La lengua destrabada

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miércoles, 7 de noviembre de 2018

Vindicación de los derechos de la mujer



vindicación de los derechos de la mujer
Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas.
Mary Wollstonecraft






Cuando en 1994 Marisa Barreno, entonces editora de Cátedra, me propuso traducir A Vindication of the Rights of Woman, yo solo sabía de la autora lo que había escuchado, un par de años antes, en una serie de conferencias sobre mujeres escritoras dictadas en la Universidad de California en San Diego. Recordaba sobre todo datos de su corta pero prolífica vida.

Mary Wollstonecraft nació en Londres a finales del siglo xviii y era la segunda de siete hermanos y hermanas. Aunque por pertenecer a una familia de clase media-alta estaba destinada a una vida acomodada y al matrimonio, tuvo que salir de su hogar con diecinueve años para convertirse en dama de compañía de la viuda de un comerciante de Bath. Las imprudentes decisiones de su padre, un ser voluble y colérico, habían consumido la fortuna heredada en empresas ruinosas de agricultura que habían obligado a la familia a sufrir sucesivas mudanzas de un lugar a otro en Inglaterra y Gales, sin contar nunca con una residencia fija y duradera. A los dos años de su marcha, una grave enfermedad de su madre hizo que Mary corriera a su lado para cuidarla en el lecho hasta su muerte, que no tardó en llegar.

Tal vez porque ella no había podido disfrutar de una educación reglada y, sobre todo, porque necesitaba un medio aceptable de ganarse la vida, se le ocurrió fundar una pequeña escuela en Newington Green junto con su hermana Eliza y su amiga del alma Fanny Blood. Fueron unos años de enorme crecimiento intelectual y sensación de independencia. Pero Fanny resultó más convencional de lo esperado y accedió a una propuesta de matrimonio que la llevó a vivir en Portugal. Allí murió de parto en 1785, acompañada por Mary, quien no había vacilado en abandonar la escuela a su suerte cuando recibió la llamada de su amiga y supo lo deteriorada que estaba su salud.

A su vuelta a Gran Bretaña, con el proyecto de la escuela fracasado y a punto de convertirse en una solterona, la abatida Mary aceptó un trabajo de institutriz en Irlanda para una familia notable. Sin embargo, al cabo de un año su situación le resultó tan insoportable que abandonó el puesto, decidida a abrirse camino como escritora. Para lograrlo, se trasladó a Londres, aprendió francés y alemán, y comenzó a obtener algunos ingresos traduciendo textos y escribiendo reseñas. Por entonces, su universo intelectual se amplió gracias al editor liberal Joseph Johnson. Fue en esta época cuando Mary mantuvo su primera relación amorosa con el intelectual y pintor de difícil clasificación Henri Fuseli, que estaba casado. Pero los amores acabaron naufragando, y Mary huyó a Francia para poner tierra de por medio y, de paso, contemplar con sus ojos la Revolución francesa. En París conoció a Gilbert Imlay, adinerado aventurero estadounidense de quien se enamoró y por quien dos veces intentó suicidarse. Rechazada y próxima a la desesperación, regresó a Londres en 1795 con la hija que había tenido con el estadounidense. Poco a poco fue recuperando su antiguo círculo literario. Por mediación de Joseph Johnson conoció al filósofo William Godwin, su relación más sólida, porque él sí la quiso: ambos fueron creando un lazo estrecho y apasionado que concluyó en matrimonio cuando Mary quedó embarazada. Pero esta vida estable y plácida fue breve. Tras dar a luz a su segunda hija ―la futura autora de Frankenstein, Mary Shelley―, murió de fiebres puerperales en 1797.

A Vindication of the Rights of Woman (1792) no fue la primera obra escrita por Mary Wollstonecraft, ni la más apreciada en su momento. En 1778 había publicado una novela mediocre, Mary, A Fiction, inspirada por la muerte prematura de Fanny Blood; y sus experiencias como maestra e institutriz le sirvieron para componer dos tratados sobre educación, Thoughts on the Education of the Daughters (1787) y Original Stories from Real Life: with Conversations Calculated to Regulate the Affections and Form the Mind to Truth and Goodness (1788). Su respuesta de 1790 a la crítica conservadora de Edmund Burke a la Revolución francesa, A Vindication of the Rights of Man, tuvo bastante repercusión, y no solo por abordar un tema muy alejado de los intereses que se les suponían a las escritoras contemporáneas. Dos años más tarde, movida por esta acogida, llegaría su vindicación de los derechos de la mujer, que también fue bien recibida.  No obstante, la mayor contribución a la literatura inglesa de Wollstonecraft la constituyó un libro de viajes, Letters Written during a Short Residence in Sweden, Norway and Denmark (1796), donde en veinticinco cartas, dirigidas a un amante anónimo, narraba su inusitado viaje por Escandinavia, acompañada por su hija pequeña y la niñera, con la misión sorprendente de encontrar a un capitán perdido y recuperar el barco y su cargamento que pertenecían al aventurero Imlay. El gusto de la época por los viajes, unido a la excepcionalidad de la obra dentro de su género al combinar una travesía sentimental con un lúcido tratado de etnografía y política, determinó su éxito y su traducción inmediata a lenguas como el alemán, holandés, sueco o portugués.
 
Tras su muerte, Godwin pensó que el mejor modo de recuperarse y honrar a su esposa era escribir una biografía, que tituló Memoirs of the Author of a Vindication of the Rights of Woman. Pero su publicación en 1798 produjo el irónico efecto de suscitar tal cantidad de críticas hacia la vida sin ataduras de Mary que su obra, también denostada, acabó cayendo en el olvido. La demanda de una educación racional para las mujeres, que la mayoría de sus congéneres había aceptado, perdió fuerza al quedar implícito que significaba libertad sexual. Pocas de las feministas posteriores del conservador siglo xix se atrevieron a admitir a las claras la influencia de Mary Wollstonecraft. Sin embargo, el paso del tiempo le hizo justicia, y en el siglo xx emergió un interés renovado por la originalidad de sus vindicaciones y otros escritos que fue acrecentándose y se mantiene en la actualidad.

Cátedra fue la primera editorial que se propuso publicar la versión íntegra y anotada de Vindicación de los derechos de la mujer en castellano, dentro de su colección Feminismos, precedida por una brillante y amena introducción de Isabel Burdiel, a la que pertenecen las siguientes palabras:

Decir que Mary Wollstonecraft, la autora de la Vindicación de los derechos de la mujer, fue (al menos en parte) el producto de una «dama decente» malograda por circunstancias ajenas a su voluntad no es una provocación, ni una explicación psicologista, en clave reaccionaria, de su revolucionaria y escandalosa vida. Es intentar explicar ―a través de una peripecia individual singular― las condiciones posibles del despertar de una conciencia crítica respecto a un modelo social, económico y cultural de «ser-mujer» que se vivió desde dentro, en toda su dolorosa y agria faz oculta. Es intentar explicar, también, cómo el vacío creado por la pérdida de ese modelo se puede llenar de pasividad, de resentimiento o de acomodo. Las hermanas de Mary ―tanto las  literarias como las que podríamos llamar sus hermanas de destino, sus contemporáneas―, en mayor o menor grado, así lo hicieron. Aquel vacío se podía llenar también de un ardiente esfuerzo de crítica y de resistencia respecto al modelo mismo, hasta sus últimas consecuencias. Eso es lo que hizo Mary Wollstonecraft, para quien su vida y su obra fueron empeñadas, si se puede decir así, «en defensa propia».
   
La lectura de su obra y de su vida sigue resultando reveladora para las mujeres del siglo xxi que, en palabras de Isabel Burdiel, «buscan un modo de expresión personal y colectiva capaz de hacer saltar ―no ya exteriormente, sino interiormente― los estereotipos genéricos del ser y del actuar». Y no solo para las mujeres, si la tarea de deconstruir el patriarcado esclavizante se acomete de verdad por la sociedad completa.

Vindicación de los derechos de la mujer
La editorial Cátedra acaba de reeditar este libro en su colección Clásicos del Feminismo. Al hojear uno de los ejemplares que me han enviado, recuerdo cómo me documenté antes de iniciar la traducción, mis conversaciones con Marisa Barreno ―que me encargó la traducción de muchísimos más libros con el paso de los años y con quien siempre fue un gusto trabajar― y, sobre todo, cuánto disfruté desentrañando sentidos, buscando las palabras justas con que verter los argumentos vehementes pero racionales de Mary en su inglés dieciochesco a un castellano equiparable (y entendible):

Así, es el afecto por el conjunto de la raza humana lo que hace a mi pluma correr rápidamente para apoyar lo que creo que constituye la causa de la virtud; y el mismo motivo me lleva a desear honradamente ver a la mujer colocada en una posición desde la que adelantaría, en lugar de retrasar, el progreso de aquellos gloriosos principios que dan sustancia a la moralidad. En efecto, mi opinión sobre los derechos y obligaciones de las mujeres parece brotar de modo tan natural de esos principios fundamentales que pienso, aunque no sea muy probable, que algunas de las mentes preclaras que dieron forma a vuestra admirable constitución coincidirían conmigo.

Mary Wollstonecraft está muerta y no puede modificar lo que escribió. A mí, que estoy aún viva, me habría gustado revisar mi traducción, porque han pasado los años, soy perfeccionista y ahora sé más. Pero no ha sido posible. En esta nueva edición, parece que todo está como se publicó por primera vez en aquel ya lejano 1994. Os animo a leerla, a hacer críticas y sacar conclusiones.    

Referencia bibliográfica:
Wollstonecraft, Mary (2018): Vindicación de los derechos de la mujer. Ed. de Isabel Burdiel; trad. al castellano de Carmen Martínez Gimeno, Madrid: Cátedra, 404 pp.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  



miércoles, 31 de octubre de 2018

Viajar por Perú



Viajar por Perú
Por fin hemos podido realizar un viaje planeado en incontables ocasiones a lo largo del tiempo, pero siempre pospuesto por azares que surgían de improviso para malograrlo. A comienzos de este mes de octubre, volamos a Lima, la capital de Perú. Un momento: ¿Perú o el Perú?
Las dos escrituras, con artículo o sin él, son posibles. Valentín García Yebra  (Teoría y práctica de la traducción: II, 447) expuso esta particularidad ―compartida en la actualidad por otros países e incluso continentes― del siguiente modo:

El español, en la época de gran influjo francés, anteponía el artículo a muchos nombres de países que hoy no lo llevan: «la Francia», «la Alemania», «la Italia», «la Turquía», «la China»; hoy conservan aún el artículo bastantes nombres de países, sobre todo americanos, pero con tendencia a perderlo: (el) Canadá, (los) Estados Unidos, (el) Uruguay, (el) Ecuador, y, con más firmeza, El Salvador, La Guayana, y algunos países asiáticos: la india, el Tíbet, el Japón (este algo vacilante), o africanos: el Congo, el Camerún. 
 
Sin duda, es imperativo incluir el artículo (con mayúscula inicial) en aquellos topónimos en los que forma parte del nombre propio ―como ocurre con El Salvador, La Rioja o La Meca en nuestros tiempos―, y frecuente, utilizarlo cuando los países lo tienen en su nombre oficial: República del Perú, República del Ecuador o República del Congo, por ejemplo. Además, son la costumbre, el uso literario o la preferencia (¿estética?) de quien escribe los que determinan que se opte por el África o África; el Líbano o Líbano; la India o India.


Plaza de Armas, Lima
Pero volvamos al Perú, país situado en el oeste de América del Sur, cuyo territorio, por simplificar, se podría dividir en tres regiones naturales: la extensa costa del Pacífico; la elevada sierra o región andina, y la selva tropical o región amazónica. Descuella ante todo por contarse entre los  países con mayor diversidad biológica y más abundantes recursos minerales. La lengua más hablada es el español, pero también se utilizan y enseñan en las escuelas, según las zonas, otras lenguas nativas como el quechua o el aimara. Son muchos los atractivos que ofrece a quien lo visita: sitios arqueológicos, poblados altiplánicos, ciudades coloniales, asombrosos escenarios naturales, flora y fauna autóctonas, una cocina exquisita…  Pero Perú no había entrado en mi imaginación ni en mis planes de viaje por nada de esto. Lo había hecho, durante mis ya lejanos años de estudios universitarios, por motivos  literarios.

Puente de los Suspiros, Barranco
Entonces, en mi juventud  soñadora y melancólica, descubrí a los cronistas de Indias, al Inca Garcilaso de la Vega, a Clorinda Matto de Turner y, sobre todo, a Ciro Alegría, César Vallejo, José María Arguedas y Mario Vargas Llosa. Con ellos me había adentrado en la grandiosa geografía del territorio, las culturas precolombinas y las vicisitudes de  indios, mestizos y mujeres; había subido a la sierra y bajado a la costa, transitado por la selva y sumido en las minas; había escuchado la música orquestada por ríos, vientos, árboles, insectos o pájaros, y los múltiples sonidos que acompasaban la rutina diaria, desde el tintineo de los cubiertos al repique de las campanas o la descarga de las armas: «¿Quién puede ser capaz de señalar los límites que median entre lo heroico y el hielo de la gran tristeza? Con una música de estas puede el hombre llorar hasta consumirse, hasta desaparecer, pero podría igualmente luchar contra una legión de cóndores y de leones o contra los monstruos que se dice habitan en el fondo de los lagos de altura y en las faldas llenas de sombras de las montañas» (José María Arguedas, Los ríos profundos: 236).

Al fondo, Casa de la Literatura Peruana
En Lima nos hospedamos en el distrito vargasllosiano de Miraflores, por el cual callejeamos, visitamos parques y jardines, y paseamos por el alto malecón hasta llegar al Puente de los Suspiros en Barranco que hizo famoso Chabuca Granda. La capital es extensa e imposible de recorrer a pie. Como no dispone de un buen servicio público de transportes, el tráfico es endemoniado y para llegar al centro histórico, nos recomendaron tomar un taxi. Pero hay que tener cuidado: cualquier ciudadano puede dedicarse a ese negocio en sus horas libres y ninguno lleva taxímetro, motivo por el cual es necesario concertar el precio de la carrera antes de subir al automóvil elegido. No es prudente además parar taxis por la calle. Nosotros los tomábamos siempre de las paradas que hay delante de los hoteles.

La Plaza de Armas, delimitada por los edificios del Palacio de Gobierno, la catedral, la iglesia del Sagrario, el Palacio Arzobispal, el Palacio Municipal y el Club de la Unión, es el principal espacio público de la capital. Su nombre es sinónimo de ‘plaza mayor’, pero hace alusión al hecho de que en toda la América hispana, al ser construidas dichas plazas durante la colonia, se preveía su utilización como punto de reunión obligado en caso de ataque, por lo cual, además de los edificios públicos principales, había en ellas arsenales para la defensa. En la actualidad, en la hermosa Plaza de Armas limeña, dentro del atrio del Palacio de Gobierno, se realiza a diario, a las 11:45, una vistosa ceremonia de cambio de guardia que incluye un concierto de la banda militar con piezas marciales clásicas y otras  más sorprendentes, como El cóndor pasa, partes del Carmina Burana o algunas otras piezas que suenan a música popular.

Plaza de Armas de Arequipa
Todas las ciudades y pueblos importantes que visitamos conservan espaciosas y cuidadas plazas de armas donde se reúne la gente a hablar o descansar en sus bancos. Nos gustaron sobre todo la de Arequipa, con su enorme catedral en el lado norte,  y la de Cuzco, con soportales que recuerdan los de muchas plazas mayores españolas.

«Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?». Así comienza Conversación en la catedral,  la novela cumbre de Vargas Llosa y uno de los hitos de la literatura en lengua castellana. Mientras ascendíamos en autobús por el Valle interandino del Colca y empecé a sentir los estragos de la altura, se me vino a la cabeza esa pregunta: ¿En qué momento se había jodido el Perú? El país gana cuando se contempla la grandiosidad de su geografía, de su naturaleza, cuando se deja atrás la pobreza que se agolpa en calles y más calles polvorientas de casas a medio construir en los suburbios de las ciudades.

Valle del Colca, desde el Mirador de la Cruz del Cóndor
El Valle del Colca impresiona con sus paisajes montañosos de pendientes a tramos pronunciadas y a tramos suaves, aterrazadas, con sus pastos y cultivos, sus bofedales, sus láminas de agua y los rebaños de vicuñas, alpacas y llamas. Hay aguas termales, géiseres y volcanes que lanzan fumarolas. Desde la zona del Mirador de la Cruz del Cóndor, avistamos abundantes cóndores posados y aguardamos pacientes a que las corrientes térmicas ascendentes de aire cálido fueran propicias para observar su vuelo majestuoso. Nos habían informado de que es el ave voladora más grande y pesada del planeta; la que tiene mayores alas y vuela a una altura superior. Como se alimenta de animales muertos, los lugareños arrojan despojos a su hábitat del cañón para que no lo abandonen.

Písac
A pesar de que al mal de altura se había sumado una diarrea del viajero ―tal vez por la ingesta continuada de hojas secas de coca para combatirlo―, el cenit del itinerario llegó cuando alcanzamos el Valle Sagrado, situado a las orillas del río Urubamba. Su clima es templado, la altura no es tan elevada y alberga numerosos sitios arqueológicos y poblaciones de gran interés: Chinchero, Písac, Urubamba y, sobre todo, Ollantaytambo, con su imponente fortaleza en la montaña. Desde la estación de Ollantaytambo sale el tren que lleva a Aguascalientes, donde dormimos, arrullados por las aguas del río, antes de visitar al día siguiente Machu Picchu.

Llovía cuando tomamos el autobús para ascender por la estrecha carretera de ripio que conduce hasta una de las nuevas siete maravillas del mundo, situada en la Cordillera Central de los Andes peruanos. Había bruma en las quebradas, y la fila de visitantes, cubiertos con capas de lluvia y algunos paraguas, serpenteaba ruinas arriba, tomando fotos donde los guías indicaban dentro de su explicación más o menos erudita. La zona arqueológica forma parte del Santuario Histórico de Machu Picchu, que en sus más de 32 000 hectáreas protege diversas especies biológicas en peligro de extinción y varios sitios incaicos, de los cuales Machu Picchu es el principal.

Ascendiendo por Machu Picchu
Nos contaron que la quebrada de Picchu, a medio camino entre los Andes y la selva amazónica, había sido ocupada por agricultores de las regiones de Vilcabamba y el Valle Sagrado que necesitaban extender sus cultivos. A grandes rasgos, el sitio se divide en dos zonas: la dedicada a la agricultura, en la que se aprecian multitud de terrazas de cultivo, y la urbana, donde se encuentran las ruinas de edificaciones destinadas a las actividades civiles y religiosas. A pesar de lo que nos contaron guías noveleros, parece que nunca fue una «ciudad perdida» ni un refugio secreto. Pero es cierto que su importancia decayó con el curso de la historia y la irrupción de los españoles. 

El profesor de historia estadounidense Hiram Bingham fue quien, en 1911, «redescubrió» el sitio, guiado por hacendados locales, y debe reconocérsele el mérito de haber sabido apreciar su importancia. Además, constituyó un equipo multidisciplinario para estudiar el sitio y divulgó sus resultados al mundo. La fama de Machu Picchu, rodeado de misterio, comenzó a crecer. En la actualidad, es casi imposible visitar el lugar si no se concierta con mucha antelación un tour guiado. Los visitantes diarios que llegan a Aguascalientes están tasados y se debe elegir un horario para ascender a las ruinas: de 6 a 12 de la mañana o de 12 a 6 de la tarde. Los billetes del tren y del autobús son nominativos y, si se pierden,  no es posible ingresar. 

Si hubiera sido la esposa de Lot, me habría convertido en estatua de sal, pues cuando el guía nos comunicó que debíamos marcharnos porque se acababa el tiempo, me recuerdo girándome una y otra vez en el camino de descenso para contemplar ese lugar mágico que tal vez no vuelva a visitar nunca más en mi vida. Merece la pena.

Plaza de Armas de Cuzco
Mientras esto escribo, de vuelta entre mis cosas y libre por fin de los males que me han aquejado largos días, voy repasando recuerdos, agrandándolos, hermoseándolos, como hacían los cronistas de Indias para convencer a sus señores y soberanos castellanos de que habían encontrado territorios extraordinarios. Yo doy fe de que lo son: me deleito con la memoria de impresiones, olores y sabores: cacao, nueces pecanas, maíz, palta, papas, chirimoyas, granadillas… Probamos el chupe de camarones, el ají de gallina, la canilla de alpaca, los suspiros limeños, y los alfajores y antojitos arequipeños. Nos hizo un tiempo cambiante, ahora frío, ahora calor; en algunos lugares, clima seco que cortaba los labios; en otros, húmedo que aleonaba la melena. Llovió y salió el sol. Escuchamos truenos mezclados con cohetes; los niños de un colegio nos pidieron autógrafos por el mero gusto de coleccionar firmas curiosas; dimos de comer a alpacas y llamas; pudimos machacar una grana cochinilla para extraer el tinte púrpura de su interior. Y en todas partes encontramos personas amables que nos facilitaron la estancia.

Realizamos todas las excursiones con Viajes Pacífico, cuyo personal demostró una gran profesionalidad en todo momento.









Referencias bibliográficas
Arguedas, José María (1971): Los ríos profundos, Buenos Aires: Losada.
García Yebra, Valentín (1989): Teoría y práctica de la traducción, 2 ts., Madrid: Gredos.
Vargas Llosa, Mario (1981): Conversación en la catedral, Barcelona: Seix Barral.


La lengua destrabada

Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.