miércoles, 19 de octubre de 2016

Los pronombres personales en la escritura

pronombres personales
Las limitadas palabras comprendidas en esta categoría pronominal se denominan así porque muestran rasgos gramaticales de persona; esto es, hacen referencia a una persona gramatical de singular o plural. Son los únicos pronombres imposibles de confundir con otra categoría gramatical y en sus formas distintas se distinguen las tres personas posibles: yo, mí, me, conmigo, nosotros, nosotras, nos (primera persona); tú, vos, ti, te, contigo, vosotros vosotras, os, usted, ustedes (segunda persona); él, ellos, ella, ellas, ello, le, la, las, lo, los, se, sí, consigo (tercera persona). Los pronombres personales mí, tú, él y se escriben siempre con tilde: explícamelo a mí; cómpraselo a él; tú no hables nada de ello; pensó para sí que no iría. Recuérdese que, en cambio,  ti es palabra átona que no lleva tilde jamás: era a ti a quien esperaban.

Los pronombres personales átonos (me, nos, te, os, lo, la, le, los, las, les, se) nunca pueden escribirse de modo autónomo: necesitan combinarse con un verbo o un derivado verbal. En el uso actual se prefiere situarlos ante el verbo y no detrás: lo compraré en lugar de comprarelo: los veían en lugar de veíanlos; ella me quiere en lugar de ella quiéreme. Las únicas excepciones son los imperativos y los derivados verbales, en cuyo caso los pronombres se escriben detrás: amadla, amarla, amándola. Asimismo, en lengua literaria o culta escrita perdura en ciertos casos (sobre todo expresiones con cierta lexicalización) la antigua colocación posterior del pronombre: ¿Habrase visto? Diríase que era un hombre bueno.

En la lengua hablada se utilizan todas las formas de los pronombres personales, aunque es evidente que la neutra de tercera persona ello va desapareciendo, sustituida a menudo por otros pronombres neutros o por sustantivos: no pienses más en eso; el caso fue que; justicia, corrupción, política: de todo eso se reflexionó; no se inmutó por eso. Sin embargo, en la lengua literaria ello se mantiene: no pienses más en ello; ello fue que; justicia, corrupción, política: de todo ello se reflexionó; no se inmutó por ello.

La forma usted, usada para la segunda persona de respeto, procede de la evolución de vuestra merced, por lo cual conserva un sentido sustantivo que motiva su funcionamiento gramatical como tercera persona a pesar de representar a la segunda: usted es muy inteligente, frente a tú eres muy inteligente (concordancia verbal en tercera y segunda persona, respectivamente). En lo tocante al género, adopta el de la persona aludida: es usted muy simpática; ¿está usted cansado?

Desde el punto de vista sintáctico, los pronombres personales pueden ser sujetos o complementos de la oración. En su uso como sujeto, debe tenerse presente que, debido a las propiedades de su flexión verbal, es posible y frecuente en español construir oraciones sin sujeto expreso: No quiero madrugar. Lloraron al enterarse. La presencia del pronombre personal como sujeto de una oración solo es indispensable cuando su falta provoque ambigüedad: Los hermanos, a pesar de ser gemelos, no eran idénticos: él tenía un lunar junto al labio y ella era de rasgos más duros. En el resto de los casos, su aparición como sujetos suele aportar énfasis: Tú a mí no me mandas, frente a A mí no me mandas. Yo ya veré lo que hago, frente a Ya veré lo que hago. Nosotros ya nos íbamos, frente a Ya nos íbamos. Yo creo que te contratarán, frente a Creo que te contratarán. Vosotros no volváis por aquí, frente a No volváis por aquí.

Los pronombres personales de segunda persona de singular y plural cumplen de forma natural, junto con los nombres propios, un uso vocativo: Tú, acércate más. Y vosotros, ¿por qué no habéis avisado? Repitan conmigo, ustedes, que van a obedecer. Nótese que, como en el resto de usos vocativos, deben ir delimitados por comas dentro de la oración.

Si un pronombre personal es el antecedente de un pronombre relativo, no admite especificación y, por tanto, la oración de relativo ha de ser necesariamente explicativa e ir marcada en la escritura con las comas correspondientes: Tú, que eres gallego, sabrás cocinar pulpo. Me animaban a mí, que iba en último lugar. Yo, que tengo memoria fotográfica, no recuerdo ese detalle. Abrid vosotros, que estáis de pie. Como cabe apreciar en los ejemplos, estas oraciones adjetivas explicativas suelen tener un matiz causal.

Cuando aparecen adosados al verbo, los pronombres personales indican que este tiene un complemento directo o indirecto de primera, segunda o tercera persona no especificado con otra palabra porque es conocido de los interlocutores: Las habíamos encontrado tiradas en el suelo. Os estuvieron llamando toda la tarde. Le gritan demasiado. Pero también pueden existir múltiples razones comunicativas por las que sí interese expresar la palabra a la que aluden los pronombres personales: Esas toallas las habíamos encontrado tiradas en el suelo. Os estuvieron llamando toda la tarde a vosotros dos. A esta niña le gritan demasiado. Todos los pronombres varían de número dependiendo del que tenga el elemento al que se refieren, salvo se, que vale tanto para el singular como para el plural: se lo expliqué a él; se lo expliqué a ellas. En lo referente al género, permanecen invariables le, les y se, por lo cual a menudo resulta imprescindible especificar el elemento al que se refieren para remediar confusiones: Se levanta todos los días a las seis (¿ella, él?). Les pidió que entraran (¿él, ella?, ¿a ellos?, ¿a ellas?).

En las oraciones donde el empleo de los pronombres le  y les es redundante (esto es, no necesario sino reiterativo), se debe mantener siempre el número que corresponda atendiendo al complemento indirecto: Eso mismo le sucede a todos (el complemento indirecto es a todos, luego la redacción correcta sería: Eso mismo les sucede a todos). Cristina le tiene mucho miedo a las enfermedades (el complemento indirecto es a las enfermedades, luego la redacción correcta es Cristina les tiene mucho miedo a las enfermedades). Este error es más habitual en América Latina, pero se va extendiendo a España. Recuérdese, además, que se trata de una redundancia cuyo uso ha de estar justificado y no debe generalizarse.

Pueden coincidir junto al verbo dos pronombres personales, uno como complemento directo y otro como indirecto. Suele tratarse de combinaciones de un pronombre de cualquier persona con otro de tercera en las que el primero alude al complemento directo y el segundo al indirecto: Préstamelas. Te lo regalo. Nos la mataron. Se lo guardó. Como se aprecia en el último ejemplo, cuando en estas combinaciones el pronombre de complemento directo es de tercera persona, le y les se sustituyen por el pronombre invariable se (que es homófono del se reflexivo pero de significado distinto): El doctor se lo ocultó. No se lo tuvo en cuenta. Ya se lo dije a ustedes: hoy no habrá baile. Es común en Canarias y parte de América Latina (México en especial) introducir una marca de plural (cuando se equivale a les) en el otro pronombre: Ya se los dije a ustedes. El dinero que sobre se los regalo. Las Academias de la Lengua han aceptado su uso en la lengua culta por estar tan extendido y porque, según su parecer, evita anfibologías.

La vacilación y las confusiones constantes en el uso de los pronombres personales átonos de tercera persona (lo, la, le; los las, les) como complementos directos e indirectos se recogen en los términos leísmo, laísmo y loísmo. La norma etimológica (derivada del latín) establece que al complemento directo  corresponden en singular lo y la, y en plural, los y las (caso acusativo en latín), mientras que al complemento indirecto corresponde le en singular y les en plural (caso dativo en latín): A esa ingrata no quise prestarle demasiada atención. Se lo encontró en la calle y no le dio las buenas noches. Les anuncié a todas que me marchaba. La ayudé a cruzar la calle. Sin embargo, muchos hablantes (y escribientes) priman la percepción de género del referente sobre el resto de considerandos y, de este modo, dicen  (y escriben), por ejemplo, la/las dije que viniera/vinieran y le/les dije que viniera/vinieran; la/las vi en la calle y le/les vi en la calle, puesto que consideran que los pronombres la y las corresponden al femenino y le y les al masculino. Se suele aceptar que el pronombre lo corresponde a cosas (lo neutro): No me sirvas café; ya no lo pruebo, aunque también hay quienes escribirían ya no le pruebo. Leísmo, laísmo y loísmo son errores los tres que se deben evitar en la escritura, aunque su consideración y estigmatización es muy distinta. Vayamos por partes.

Debido a su extensión desde antiguo entre hablantes cultos y escritores de prestigio, se admite el uso de le en lugar de lo en función de complemento directo cuando el referente es una persona de sexo masculino (le miró en lugar de lo prescrito, lo miró), pero se desaconseja en el caso de les por los cuando el referente es plural (les miró en lugar de los miró) y no se admite en absoluto le por lo en el caso de referente inanimado (el café no le pruebo en lugar de lo correcto, el café no lo pruebo). Tampoco se permite el uso de le y les por la y las, cada vez más frecuente por ultracorrección: A Irene se le veía muy animada (se la veía). Las chicas no permiten  que les invite al cine (las invite).

En el laísmo (esto es, el uso impropio de la y las como complementos indirectos en lugar de le y les) es más evidente todavía la tendencia a primar la distinción de género sobre las funciones de complemento directo e indirecto. Es más frecuente en singular que en plural, sobre todo referente a personas: Las contaban que en el extranjero la vida era mejor (les contaban). La susurraba secretos al oído mientras la buscaba las manos (le susurraba; le buscaba). Quien incurre en laísmo suele ser  a la vez a la vez leísta: La aclaré que a ese le había conocido en la calle (le aclaré; lo había conocido). La norma culta del español estándar no admite el laísmo hablado ni escrito.

El loísmo, consistente en el uso de lo y los en función de complemento indirecto cuando el referente es de género masculino (sea de cosa o persona) o neutro en lugar de le o les, es un fenómeno paralelo al laísmo, pero su frecuencia siempre ha sido menor y se ha considerado vulgar: ¿Qué lo preocupa? (le preocupa). Los gusta molestar (les gusta). Estudiaba informática porque lo admiraba la magia que encerraba (le admiraba). La norma culta del español estándar no admite el loísmo.

Al escribir, a veces se incurre en loísmo —y laísmo— por ultracorrección cuando se duda si el verbo es transitivo o intransitivo y se pretende evitar el leísmo. Se da la paradoja de que los usos loístas y laístas son más frecuentes entre hablantes y escritores de cierta cultura en el caso de los verbos que se construyen con un sustantivo en función de complemento directo y que actúan como semilocuciones verbales, como prender fuego, sacar brillo, dar gusto, dar risa, etc.: Échala un vistazo a esta revista (échale). Se acercaron a los aviones y los prendieron fuego (les prendieron). Juan bailó por darla gusto (darle). Estos casos no deben confundirse con las verdaderas locuciones verbales (hacer añicos, hacer polvo, hacer trizas), formadas por un verbo y un sustantivo, que tienen significado conjunto y funcionan como verbo: La prolongada sequía las ha hecho polvo. Tiró el vaso y lo hizo añicos. No pudo ponerse el vestido porque alguien lo había hecho trizas.

Son frecuentes también las ultracorrecciones provocadas por los verbos transitivos que llevan implícito en su significado un complemento directo, aunque no aparezca en la oración: A mi hija la han pegado en el colegio (le han pegado; el complemento directo sería un golpe, una patada, un puñetazo, etc.). A mi novia la escribí anoche (le escribí; el complemento directo sería un wasap, un correo electrónico….). El tenor se acercó a cantarla (a cantarle; el complemento directo sería una canción, una melodía…).

Es necesario señalar, por último, que algunos verbos favorecen usos leístas en todo el ámbito hispanohablante porque presentan alternancia de dativo-acusativo, de igual modo que otros muchos verbos presentan alternancias de régimen prepositivo  (abastecerse de, con; comerciar en, con; confiar a, en…). Por ejemplo, se sigue debatiendo entre los gramáticos si son casos de leísmo construcciones con los pronombres le y les más verbos como creer, obedecer, escuchar, ayudar y otros similares o se trata más bien de alternancias de régimen: en español europeo se prefieren, a este respecto, construcciones como a Isabel no la creyeron, mientras que en español americano, con escasas excepciones, se opta por a Isabel no le creyeron, puesto que no se considera le complemento directo sino indirecto (dativo y no acusativo): aunque en España sería posible la construcción Isabel no fue creída por el jurado, parece que en la mayoría de los países latinoamericanos se rechazaría.

La lengua destrabada

Si deseas saber más sobre los pronombres y sus usos, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para visitar la página web de la editorial, donde encontrarás la presentación del manual y este pdf que incluye las páginas preliminares y la introducción completa.












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jueves, 13 de octubre de 2016

El párrafo

El párrafo
Dentro de un texto, se conoce con este nombre el segmento escrito comprendido entre dos puntos y aparte en el que se trata una idea o ideas asociadas de forma organizada y coherente. Puede estar constituido por un grupo de oraciones relacionadas ―que se separan mediante comas, punto, punto y coma, o puntos suspensivos, signos de interrogación y signos de admiración―, pero también por una sola oración. Es, por tanto, una unidad superior a la oración pero inferior al epígrafe, capítulo y texto. Su finalidad esencial es estructurar el contenido de un escrito, mostrando de una forma gráfica y formal —mediante la separación por puntos y aparte— la organización interna del mismo. Posee, por tanto, valor  significativo y gráfico.

Desde el punto de vista significativo, un párrafo puede ceñirse a un modelo temporal cuando su intención es relatar algo que ha sucedido, presentando los hechos clave en orden cronológico (narración); detallar un proceso paso a paso, recurriendo a expresiones de transición para avanzar en la exposición cuando se pretende, por ejemplo, compartir una receta de cocina (procedimiento); seguir un patrón espacial con el fin de que la vista (mental) viaje, a medida que se progresa, de lo que está más cerca a lo que está más lejos o viceversa (descripción); o apoyar una hipótesis con razones convincentes, yendo de las causas a los efectos, examinando pros y contras o  definiendo un término que se considera crucial (argumentación). Atendiendo a la función primordial que cumpla el párrafo en el texto, se definirá como narrativo, expositivo o de procedimiento, descriptivo o argumentativo. Pero en cualquier texto bien construido es fácil apreciar que sus párrafos incluyen una mezcla de características, aunque bien es cierto que unas destacarán de las otras. Atendiendo tanto a su posición en el texto como al cometido que se le asigna, un párrafo puede ser además introductorio, de desarrollo o de conclusión.

Desde el punto de vista gráfico, el párrafo se distingue en un escrito por comenzar siempre por letra mayúscula y punto y aparte. Existen distintas modalidades formales de párrafo cuyo uso depende de la clase de texto que se desee componer, pero también de preferencias personales. El más habitual en todo tipo de obras impresas es el denominado ordinario, que se caracteriza por llevar sangría en la primera línea: tiene todas las líneas llenas, menos la primera por la sangría y la última, que suele ser corta (aunque podría ser completa). Debe recordarse, no obstante, que en tipología clásica es habitual componer sin sangrar la primera línea del párrafo ordinario después de títulos, subtítulos o citas exentas sangradas.

Poco a poco va ganando preponderancia el párrafo moderno o alemán, utilizado sobre todo en la composición de cartas, revistas y textos de carácter técnico: se distingue por no llevar ninguna sangría y terminar en una línea corta que no llegue a la  mitad de la caja. El párrafo en bloque se diferencia del alemán en que su última línea no es corta, sino de longitud semejante al resto: resulta poco práctico por el esfuerzo de composición que requiere para que sea visible. El párrafo español difiere del alemán en que la última línea corta se centra: su empleo suele limitarse a la composición de pies y epígrafes.

Para la composición de bibliografías, diccionarios, textos de cuadros o índices, el párrafo apropiado es el conocido como francés, que se caracteriza por presentar sangría en todas las líneas menos en la primera inicial.

Ejemplo:
Martínez Gimeno, Carmen (2005), «Corazón de manzana», en Cuentos con corazón. Prólogo de Belén Rueda, Barcelona, Ediciones B.

En composiciones especiales y complejas, así como en textos poéticos, se recurre a otras disposiciones de párrafo en las que prima la creatividad, como ocurre en el centrado o epigráfico, cuyas líneas toman como referencia una línea guía central para formar figuras dentadas a ambos extremos, o el de base de lámpara, que presenta líneas centradas en disminución hasta logar la forma deseada.

No se debe añadir una línea de blanco entre los párrafos ordinarios, pues la sangría inicial basta para distinguirlos visualmente dentro de un texto y, si se duplican las marcas, además de disminuir la simetría se pierde legibilidad. En cambio, los párrafos moderno o alemán, en bloque y español han de separarse obligatoriamente por una línea de blanco para facilitar su visibilidad, pues la línea final (aunque sea corta) no es suficiente para distinguirlos en una página llena.

Por lo que respecta a la justificación, lo habitual en los libros es la completa (izquierda y derecha), mientras que en muchas revistas y en las entradas de blog se prefiere una justificación parcial con alineación de bandera a la derecha (esto es, alineado a la izquierda); también es posible emplear la alineación de bandera a la izquierda (esto es, párrafos alineados a la derecha).

Como conclusión, se debe reiterar que los párrafos no tienen una extensión predeterminada. En general, los que se escriben para libros son más largos que los que se escriben para las columnas estrechas de periódicos y revistas, así como para entradas de blogs. Los párrafos más cortos suelen corresponder a los diálogos de novelas o ensayos.

El texto de esta entrada está compuesto en párrafo alemán o moderno y justificación parcial con alineación de bandera a la derecha.



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.