miércoles, 19 de agosto de 2015

Ortografía (III)

Consonantes disonantes


El término consonante proviene del latín y, aplicado tanto a la letra como a su sonido, hacía referencia a su falta de independencia para sonar solos: siempre necesitaban una vocal al lado. Hoy sabemos que muchas lenguas poseen consonantes que no precisan de vocales para pronunciarse y se da por superada tal definición que, sin embargo, sí describe una circunstancia habitual en una lengua romance como la nuestra castellana.

Al escribir sobre la disonancia de algunas de nuestras veintidós consonantes, sobre esa quiebra de la armonía general que nos desconcierta e induce a cometer faltas de ortografía, es obligado comenzar por la letra h, la única en español que no posee sonido, nuestra denostada letra muda que puede preceder a cualquiera de las cinco vocales.

H (cuyo nombre se escribe hache)
Su origen es muy variado, si bien predomina en palabras de procedencia latina o árabe. Y no siempre fue muda: en los albores del castellano, la h procedente de la f inicial latina se pronunciaba con una suave aspiración que se ha perdido, salvo en vestigios como rasgo dialectal en Andalucía, Extremadura, Canarias y diversas zonas más del español europeo y americano. También conserva la aspiración en algunas palabras de origen árabe como Sáhara, saharaui o en extranjerismos tomados del inglés o el alemán (hámster, hegeliano, hachís).

Asimismo, la h inicial con que se escriben las palabras que comienzan por los diptongos ua, ue, ui o los contienen en su interior como inicio de sílaba se suele pronunciar con un ligero sonido consonántico semejante a la g: güeco, güeso, güérfano, güevo, parigüela, por hueco, hueso, huérfano, parihuela. ¿Por qué, en cambio, se escriben sin h inicial oquedad, osario, osamenta, orfandad, orfanato, ovario, oval y óvalo cuando provienen del mismo origen latino? El motivo es que las haches en las palabras con los diptongos iniciales señalados fueron un añadido de los correctores e impresores siglos atrás a fin de evitar que la u del inicio se tomara por consonante, esto es, para que no se pronunciara vérfano en lugar de uérfano o vevo en lugar de uevo. Se trata, por tanto, de una h diacrítica o diferenciadora no etimológica que consagró su uso y se ha mantenido hasta el presente como regla ortográfica, aunque ya no sería necesaria. Lo mismo es aplicable al verbo oler, escrito sin h puesto que en latín no la llevaba (olere); tampoco se escriben con h olor, olisquear, oloroso, desodorante o inodoro, pero sí las formas verbales huelo, hueles, huele, huelan, huela, huelas.

Al comienzo de una palabra, hi seguido de una e tónica se suele articular como la y consonántica: hielo, hierro, hierba y hiedra se pronuncian como yelo, yerro, yerba y yedra, lo que ha quedado fijado en palabras como yerba, yerbero, yerbajos o yedra. Asimismo, el valor semiconsonántico que adopta el grupo hie provoca la salvedad de que la conjunción y no varíe a e cuando se escribe inmediatamente antes de este: monos y hienas; calienta y hierve; mieles y hieles.

Han sido muchos los gramáticos y escritores hispanohablantes que han apoyado la supresión de la incómoda h, causante de tantas faltas de ortografía, aduciendo además que su conservación o supresión no ha seguido una pauta uniforme. Se ha mantenido a menudo en las palabras que comenzaban con una h latina o un espíritu áspero griego (haber, hombre, hombro, humor, hélice, historia, hedonista, helio, heleno); y también se escriben con h palabras de procedencia amerindia como hamaca o huasca. Pero, al mismo tiempo, el uso del español ha ido imponiendo la supresión de la h en palabras que en su origen la tenían, como invierno (pero hibernar, hibernación), arpa, asta o comprender. En la actualidad, conservan la h inicial palabras procedentes de otras latinas que se escribían con f inicial (como hijo e hidalgo, haba, hacer, humo, hermosa) y que en castellano antiguo se escribían también con f (fijo, fidalgo, faba, facer, fermosa). Sin embargo, otras palabras han conservado la f inicial latina sin evolución a h, como ocurre en fumarola, fumata y fumar, que comparten raíz con humo. También ocurre que algunas palabras añaden en español una h inexistente en latín, como en el caso de hallar (y su doblete fallar, con f inicial no etimológica), henchir o hinchar; otras veces es la g inicial latina la que se convierte en h en el español actual (helar, helada, hermano, hinojos), probablemente en un proceso de ultracorrección cuando se olvidó la etimología, pues la primera escritura en castellano al suprimirse la g fue sin h (elar [gelare], ermano [frater germanus], inojos [genuculum]). La h aspirada del inglés y el alemán se transcribe siempre en español con h muda (hurra, herciano, hanseático, hamburguesa).

A pesar de las dificultades para aprender su uso, a día de hoy se considera falta grave de ortografía tanto no colocar la h en las palabras que el diccionario recoge con ella como colocarla en otras que no están recogidas de ese modo (sirva como ejemplo de confusión más habitual de lo que sería deseable habría, del verbo haber, y abría, del verbo abrir).

B, v, w (cuyos nombres se escriben be, uve, uve doble)
La b y la v corresponden a un mismo y único sonido en el español actual, por lo cual surgen numerosas dudas sobre su escritura, sobre todo en el caso de palabras que suenan igual pero cuyo significado varía según se emplee b o uve para escribirlas (vaca/baca; votar/botar; grabar/gravar; acerbo/acervo). En líneas generales, la ortografía española trató de mantener la tradición de las letras b y v del latín, lengua en la que sí respondían a sonidos distintos (abundancia, beber, verbena, ventura), pero también se dan casos de bes no etimológicas en palabras cuyas originarias latinas se escribían con v (abuelo, barrer, boda) y de uves no etimológicas en palabras cuyas originarias latinas se escribían con b (maravilla, invierno). También se escriben con b las palabras que en latín tenían una p intervocálica (caber, saber, obispo).

El nombre de la letra v hace alusión a su origen: u con sonido de b. Hasta la Alta Edad Media, siguiendo la tradición latina, en castellano se empleaban sin hacer distinción la u y la v para representar el mismo sonido consonántico (mouimiento; seruicio; aprouechan). No fue hasta el siglo XVIII, con la publicación del Diccionario de autoridades de la Real Academia, cuando se delimitó el empleo de la u únicamente como vocal y el de la v únicamente como consonante.

La w, por su parte, es una letra inexistente en el abecedario latino que, incorporada al castellano, transcribe a veces el sonido de b (sobre todo en nombres propios o derivados de origen visigodo o germánico: Wamba, Witiza; Westfalia; wagneriano) y a veces el sonido de u (en palabras de origen inglés: darwinismo; washingtoniano; windsurfista). Cuando una palabra se incorpora de lleno al español, la letra w se suele sustituir por la v (vagón, vals, vatio) o también por la b (bismuto). Si se trata de vocablos de uso menos frecuente, pueden alternar ambas grafías (wolframio/volframio; walón/valón; walquiria/valquiria).

C, z (cuyos nombres se escriben ce, zeta)
Ambas consonantes se turnan para representar el sonido inicial de palabras como cereza o zapato, pero su uso no es indistinto y se rige por una sencilla regla: se escribe c delante de e y de i; z, en todos los demás casos (paz; pacer; capataz; capacidad; aprendiz, aceite; calceta; reconozco, hartazgo; hizo, hice, haces; lápiz, lapicero). En zonas de seseo, ambas letras representan el sonido correspondiente a s.

Hay un pero, sin embargo, un puñado de excepciones a esta regla inicial de uso que se han de memorizar, pues no escribimos con c sino con z las siguientes palabras: azerbaiyano; azerí, zigzag (y sus derivados); zipizape; enzima (cuando se trata del fermento, así como sus derivados); nazi (y sus derivados); zéjel; elzevir; zepelín, zigurat; razia. Asimismo, algunas palabras pueden escribirse con c o con z, aunque se prefiere la grafía con c: benzina/bencina; zebra/cebra; cenit/zenit, eccema/eczema; cedilla/zedilla; cinc/zinc; ázimo/ácimo; cigoto/zigoto.

Existe otra regla infalible sobre el uso de la z final que es bueno memorizar: se escriben con ella las palabras cuyo plural termina en -ces, como pez, peces; lombriz, lombrices; luz, luces; haz, haces, dejadez, dejadeces, pero, por la misma regla, escribiremos acritud, actitud, disparidad, deslealtad, ferocidad, hermandad, merced, piedad, usted, viudedad o zafiedad.

La letra c se emplea además para representar por escrito ante las vocales a, o, u el sonido que aparece en cama, cosa o acueducto; y ese mismo sonido (y no el de z) ante una consonante en posición final de sílaba o de palabra: actor, acné, rector, frac, vivac, cinc. Una salvedad a esta regla la constituyen palabras como anorak, cuark, yak y alguna más, escritas con k final, pues todavía se perciben como extranjerismos poco asimilados a la lengua española.

La doble c de palabras como fracción o dicción también provoca abundantes faltas de ortografía. Por regla general, se escriben con -cc- aquellas palabras en cuya familia léxica aparece el grupo -ct, como es el caso de adicción (adicto), abstracción (abstracto), afección (afecto), inyección (inyectar), producción (productor) o sección (sector). La doble c de una palabra también puede deberse a su raíz latina cuando presenta el grupo consonántico -ct: cocción (coctio), confección (confectio), transacción (transactio), succión (suctio) o fricción (frictio), aunque ningún vocablo de su familia léxica lo conserve ya en español. Cuando en la familia léxica no aparece el grupo -ct sino solo -t, las palabras se escriben con una sola -c: concreción (concreto), discreción (discreto), secreción (secreto), relación (relato), fruición (fruir).

Por ultracorrección, se suelen cometer faltas de ortografía al escribir con doble c palabras que no la llevan (relación, inflación, objeción) o al escribir palabras parónimas, como adición/adicción o inflación/infracción, y antónimas, como concreción/abstracción.

K, q (cuyos nombres se escriben ka y cu)
Con k se escriben palabras de otras lenguas para conservar su ortografía originaria: kamikaze, karaoke, kayak, káiser, kebab, kilogramo, kiwi, koala, kurdo, pero cuando se adaptan por completo al español, tienden a escribirse con qu o c según corresponda. De este modo, escribimos caqui, pero también kaki; quiosco, pero también kiosco; queroseno, pero también keroseno; quimono, pero también kimono; curdo, pero también kurdo.

En lo que respecta a la letra q, la Ortografía de la lengua española de la RAE (2010) ratificó que no cabe en el español actual su uso por sí sola con sonido autónomo. Por tanto, los préstamos de otras lenguas que la lleven, sean latinismos, términos científicos o topónimos, han de adaptarse a nuestro modo de escritura: vocablos ingleses como quark  o quasar o latinos como quorum o exequatur deben escribirse en español como cuark, cuásar, cuorum y execuátur. En caso de que se quiera mantener la grafía etimológica con q, dichas palabras se considerarán extranjerismos o latinismos crudos y se escribirán en letra cursiva y sin tilde. Para los topónimos más habituales, como los nombres de países, se recomienda utilizar también grafías adaptadas a la ortografía del español: Catar (y no Qatar), Irak (y no Iraq), Turquestán (y no Turkestán).

G, j (cuyos nombres se escriben ge, jota)
El sonido que representa la g ante las vocales a, o, u (como en gata, goma o aguante), en posición final de sílaba (como en magnánimo) o agrupada con otra consonante (como en grumo, glauco o gnomo) no presenta problemas de escritura. Tampoco debe presentarlos por la claridad de su uso el dígrafo gu para representar ese mismo sonido ante las vocales e, i (como en manguera o guiñol), ni cuando la u de ese grupo deba sonar ante e, i mediante el uso obligado de la diéresis (como en antigüedad, agüero o argüir).

Sin embargo, la duda surge a menudo cuando, ante las vocales e, i, la g transcribe el sonido de palabras como gemir, gitano, gimnasia, que coincide con el que representa la j ante cualquier vocal o al final de una palabra, como en jarana, jerarquía, monje, jirafa, julio, reloj o carcaj. Ocurre en este caso que imperó el criterio etimológico sobre el fónico y, de este modo, se decidió escribir con g las palabras que la tenían en latín (como gemelo, ingerir o gigante, procedentes de gemellum, ingerere y gigantem), y con j, las palabras que no la tenían (como injerir mujer y jeringa, procedentes de inserere, muliere y siringa). No obstante, olvidadas las etimologías en el español cotidiano actual, todos hemos vacilado alguna vez y cometido faltas de ortografía por esta coincidencia de sonidos pero distinta escritura. Sirva como ejemplo un error que aparece hasta en los libros de las mejores editoriales: la confusión entre ingerir (introducir por la boca comida, bebida o medicamentos), cuyos sustantivos son ingestión e ingesta, e injerir (injertar; meter una cosa en otra; entremeterse), cuyos sustantivos son injerencia e injeridura.

De las reglas ortográficas sobre el uso de g o j, destacan las tres siguientes: 1) Se escriben con g los verbos acabados en -ger, con la excepción de tejer y destejer, y los acabados en -gir, salvo crujir. 2) Se escriben con g las palabras terminadas en -logía, -gogia o -gogía, -lógico y -algia (geología, demagogia, pedagogía, psicológico, nostalgia). 3) Se escriben con j las palabras acabadas en -aje, salvo ambages, enálage e hipálage (abordaje, blindaje, paisaje), las acabadas en -eje (hereje, tejemaneje, esqueje) y las acabadas en -jería (brujería, cerrajería, extranjería). Con j se escriben también las palabras derivadas de otras en las que aparece la j ante las vocales a, o, u: cajero, cajita (de caja); lisonjear, lisonjero (de lisonja); hojear, hojita (de hoja), ojear, ojera, ojete (de ojo); rojear, rojizo (de rojo).

El dígrafo ll; la letra y (ye) consonántica
La pronunciación yeísta (mayoritaria en la actualidad en el español europeo y americano) no distingue entre halla (del verbo hallar), haya (del verbo haber o árbol) y aya (persona al cuidado de niños), lo que explica las dificultades que surgen al escribir ciertas palabras.

La norma ortográfica dicta escribir con ll las palabras terminadas en -illa e -illo (mesilla, amarillo) y la mayoría de los verbos terminados en -illar, -ullar y -ullir (maquillar, aullar, engullir). Con y se escriben las palabras en las que dicha letra sigue a los prefijos ad-, dis- y sub- (adyacente, disyuntiva, subyugar); las formas verbales con ese sonido en su terminación, siempre que no exista ll ni y en su infinitivo (concluyo, instruye, imbuyamos; huyendo); y los plurales de las palabras que terminan en y en singular (virreyes, greyes, bueyes, leyes). El gerundio del verbo ir también se escribe con y: yendo.
La escritura de algunos pares de palabras que a los hablantes yeístas nos suenan igual precisa de una atención especial: arrollo (del verbo arrollar) y arroyo (riachuelo); callado (del verbo callar) y cayado (báculo o bastón); calló (del verbo callar) y cayó (del verbo caer); olla (recipiente) y hoya (agujero); pollo (cría de ave) y poyo (asiento); pulla (palabra dicha para molestar) y puya (punta acerada); rallar (desmenuzar restregando en el rallador, cuyo resultado es una ralladura) y rayar (hacer rayas: rayón, subrayar; rayano); rallo (de rallar) y rayo (chispa eléctrica; del sol, etc.); valla (cercado) y vaya (del verbo ir). Asimismo, se debe recordar que rayar(se) en el sentido de «lindar o estar próximo», «trastornarse o enojarse» y «amanecer» se escribe siempre con y.

La letra consonante r (erre) y el dígrafo rr
La letra r puede representar dos sonidos distintos, según la posición en que aparezca: el de aro, traer, arco, bribón, fragante, precio (vibrante simple) o el de rosa, honra, Enrique (vibrante múltiple). Cuando se trata de la vibrante múltiple, se escribe r al comienzo de palabra (rata, romo), detrás de n, s, l (enredo, israelita, alrededor) y también de b cuando esta no forma sílaba con la consonante r siguiente (abrogar, subrogar, subrayar). Por su parte, el dígrafo rr se emplea siempre entre vocales para representar el sonido vibrante múltiple de carretera, contrarrevolución o arrancar.

Las faltas de ortografía más frecuentes se dan en el caso de palabras compuestas cuyo segundo elemento comienza por r, con lo cual el sonido vibrante múltiple queda en posición intervocálica y ha de escribirse el dígrafo rr: rector y vicerrector; revolución y contrarrevolución; rata y matarratas; réplica y contrarréplica; rayo y pararrayos; reloj y contrarreloj; reúma y antirreumático; restar y contrarrestar; radio y extrarradio; rincón y arrinconar.

X, s (cuyos nombres se escriben equis, ese)
La letra x representa sonidos diferentes dependiendo de su posición en la palabra. Entre vocales o al final de palabra, se corresponde con el grupo consonántico ks o gs en pronunciación más relajada (examen, clímax, exigir); al comienzo de una palabra, suele pronunciarse como s, mientras que en posición final de sílaba puede ser s, ks o gs (xilófono, excelso; extraer; expresar). La pronunciación como s es la que provoca dudas y faltas de ortografía.

La norma ortográfica establece escribir con x las palabras que empiezan por raíces griegas como xeno- (extranjero), xero (seco o árido) y xilo (madera): xenófobo, xerografiado y xilografía; las palabras que comienzan por los prefijos ex- (fuera, más allá o privación) y extra- (fuera de): expatriar, exánime, exangüe, extramuros, extrarradios, extraordinario, extraterrestre, extravertido; las palabras que empiezan por la sílaba ex- seguida del grupo consonántico pr: expresar, exprimir, expropiar. Muchas palabras que empiezan con la sílaba ex- seguida del grupo consonántico pl también se escriben con x (explanada, explotar, explicar)¸ pero otras se escriben con s (esplendor y sus derivados; espliego, esplenio y sus derivados; esplín; esplique).

La letra x era mucho más común en el español medieval que en la actualidad y se pronunciaba como el sonido sh del inglés en shame o la ch del francés en cheval. Sin embargo, a mediados del siglo XVII el sonido ya había evolucionado hacia el de la j actual y hubo que acometer diversas reformas ortográficas en los siglos XVIII y XIX para adecuar la escritura a la pronunciación. Así, palabras que en castellano antiguo se escribían como Don Quixote, Ximena o Xerez pasaron a hacerlo como Don Quijote, Jimena o Jerez. Sin embargo, por diversas razones ajenas a la ortografía, restos de la grafía antigua se conservan en topónimos como México, Oaxaca y Texas, así como en sus derivados (mexicano, oaxaqueño, texano), si bien su pronunciación actual es como una j. Algunas personas también eligen escribir sus nombres o apellidos con x en lugar de j: Xavier, Ximénez, etc., pero la pronunciación no varía.

Mi segundo apellido podría escribirse Ximeno, pero en mi familia siempre se escribió con g, como es habitual en Aragón, de donde procede. La ortografía de los apellidos en español, como es bien sabido, otorga una amplia libertad de escritura: cada cual puede determinar cómo escribir los que le han tocado por herencia familiar.

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sábado, 8 de agosto de 2015

Alas de amor

Alas de amor
A veces, sueño que sueño que sueño y, cuando me despierto, no sé qué soñaba que soñaba. Pero otras vuelo. Sí, sueño que vuelo, y la sensación es tan real, tan placentera, que me cuesta darme cuenta de que ha sido una ilusión cuando se acaba. Estoy dormida y con un pequeño brinco, ¡zas!, ya estoy elevándome como una flecha, esquivo obstáculos, me subo a los árboles más altos y hago piruetas en el cielo para impresionar a los que se han quedado allá abajo pegados al suelo. Cuando vuelo, me gusta llamar la atención. Alguna vez, he sorteado balas que me dispara no sé quién desde la tierra, y entonces mi vuelo se hace precipitado, casi heroico, y asciendo, asciendo, asciendo hasta librarme del peligro escondida entre nubes… Mi madre también volaba y a menudo nos relataba sus alegres impresiones mientras sus hijas la rodeábamos boquiabiertas cuando cosía o nos preparaba la comida. Ella surcaba el firmamento nadando a rana, como nos enseñó a flotar en verano mientras nos bañábamos en el arroyo Bárrago que corría cerca de nuestra casa. Nunca aprendimos a nadar a braza, solo a rana, en cuanto dejamos de menearnos en el agua como renacuajos asustados y comprendimos que flotar era fácil si perdías el miedo y te dejabas llevar…

Yo vuelo sin alas. En mis primeros sueños, raneaba, dibujando semicírculos con brazos y piernas por el aire como mi madre, pero ahora no sabría precisar cómo lo hago: apenas muevo las extremidades, me limito a apuntar con la mirada hacia arriba, hacia ese punto elevado al que quiero ascender, y buceo entre nubes. Pero, ay, no siempre lo consigo, he de confesarlo, y esa sensación de querer y no poder, de no ser capaz de alzar el vuelo, de volverme más pesada que una piedra, es tan frustrante que me despierto angustiada y sudorosa por el esfuerzo fallido. Si tuviera al menos un ala, me digo entonces…

Ayer me llegó por correo la revista de Menudos Corazones, la fundación de ayuda a los niños con problemas de corazón. Su editorial, escrito por mi amiga María Escudero, la fundadora hace años y ahora su laboriosa presidenta, se titula «Alas de amor», como esta entrada que le dedico. Su lectura me ha emocionado y me ha hecho comprender algunas cosas. No digo más. Transcribo a continuación el texto completo para quien quiera disfrutarlo y sacar sus propias conclusiones:

Un año más llegó el verano y, con él, las tan necesitadas vacaciones. Ese merecido descanso que parece que debiera propiciar la inactividad y que, sin embargo, fruto de la cultura del estrés en que vivimos, llenamos de actividades y objetivos.

Y no solo para nosotros, sino también para nuestros hijos, a los que cargamos de deberes de verano que son, con frecuencia, una tediosa continuación de sus obligaciones escolares.

Así que yo, para no privarme de mi propia ración de desequilibrio y solidarizarme con la infancia abrumada de obligaciones, me he autoimpuesto para este verano una tarea. Eso sí, un poco menos convencional. Voy a desarrollar mi ala. Si, has leído bien: mi ala. Porque al parecer tenemos un ala. Sí, solo una.

Y esto que podría ser interpretado por aquellos que tienen la mala costumbre de ver el vaso medio vacío como algo frustrante y descorazonador, para nosotros que somos más bien de la tendencia de ver el vaso medio lleno, ¿verdad?, es toda una posibilidad, una oportunidad.

Porque en las maravillosas noches de verano, ¿quién no ha mirado al cielo? ¿Quién no se ha dejado llevar por la belleza de las estrellas y ha sentido la tentación de salir volando a acompañarlas? Para lograr ese deseo, el que tengamos un ala, o que la podamos desarrollar es, en sí mismo, todo un avance. No somos un angel frustrado, sino uno en potencia.

¿Que cómo se desarrolla el ala? Pues no estoy del todo segura, pero os voy a decir cómo pretendo desarrollarla yo. Para empezar, debo creer en ella. Y para eso va ser imprescindible que abra la puerta a la niña que llevo dentro, para que sea ella la que me lleve de la mano en este mágico proceso. Así que voy a dejar a mi yo adulto con toda su pesada carga de convencionalismos y frustraciones en la oficina y voy a liberar a mi yo joven e ilusionado.

Todo esto con vistas a hacer algo que parece simple, pero que no lo es tanto: voy a aprender a quererme. Y para ello, como además de niña ilusionada soy responsable, he decidido apuntarme a las sugerencias de Cesare Cata, un profesor italiano que ha revolucionado las redes sociales sugiriendo a sus alumnos unos deberes alternativos, razonables y tentadores.

Además de proponer leer y bailar todo lo posible y llevar un diario en el que recoger los sentimientos positivos para recordarlos y los negativos para ayudarnos a lidiar con ellos, sugiere evitar todo aquello que nos influye negativamente y buscar la buena compañía de los amigos que nos enriquezcan, que nos entiendan y que nos aprecien por lo que somos.

De las 15 tareas que propone Cata, si tuviera que elegir solo tres, me quedaría: con soñar día y noche con cómo puede y debe ser mi vida; con ser alegre como el sol e indomable como el mar; y con ser buena.

Porque creo que solo así, queriéndome a mí misma, desarrollaré mi ala. ¿Que qué voy a hacer una vez la tenga? Pues volar, claro. ¿Que cómo? Pues buscando a otros con los que complementarme en mi vuelo; fundirnos en un abrazo tan estrecho que las alas de cada uno pasen a ser las alas de todos.

Y eso haré este verano: buscar compañeros de viaje para dejar de ser un ángel con alas de cadenas y empezar a ser humanos con alas de amor.

(© María Escudero, presidenta de Menudos Corazones, Editorial de la revista Menudos Corazones, núm. 34/verano de 2015).

Si te has quedado con ganas de más, te propongo leer mi novela El ala robada, publicada como libro digital en Amazon. He aquí un fragmento:

Andrés les contó lo que decía la tradición:
—En el volcán del Chichonal vivía, y aún vive, su señora, Piombachu’e. Gustaba de bajar a las aldeas de por allá a invitar a los vecinos a festejar su cumpleaños. Esa señora iba siempre muy bien vestida, con blusa blanca bordada de flores, enredo rojo como el fuego y un collar de serpientes vivas adornando su cuello y sus brazos. Pero las gentes sentían miedo de su presencia y se escapaban. Por eso cada vez tenía que alejarse más de su volcán para visitar lugares donde aceptaran su invitación, y hasta eso que a los jóvenes que más le gustaban les pedía que se casaran con ella. Ofrecía celebrar una gran fiesta con abundante trago y comida. Pero como siempre la rechazaban, se enojó mucho, se regresó a su montaña y anunció que de todos modos daría una fiesta bien grande.
»Entonces empezaron los temblores, la tierra se sacudía con fuerza y del interior del volcán salían ruidos extraños. Piombachu’e hacía los preparativos. Luego decidió dar otra oportunidad a la gente para que acudiera a su convite, y caminando y caminando, llegó hasta nuestro caserío de Damaseno. Nadie quiso aceptar su invitación para disfrutar de los fuegos artificiales que ofrecería en honor de su cumpleaños.
»San Gabriel, el patrono de nuestro pueblo, comprendió lo que había debajo de las palabras de invitación de la señora y como no podía evitar la fiesta, la retó a batirse en un duelo donde se jugaría el destino que le tocaría al caserío. Los acuerdos a que llegaron fueron que si Piombachu’e ganaba la batalla, sus invitados principales serían los vecinos de Damaseno, a quienes halagaría con lluvia de luces de multitud de colores; si perdía, no los podría invitar a su fiesta y aunque durante la celebración de su cumpleaños echara cohetes, estos no los alcanzarían, ni causarían daños a sus sembrados.
»Después comenzó el combate. San Gabriel sabía valerse muy bien de su espada de fuego y acabó venciendo a Piombachu’e por más que le lanzó sus serpientes, sus sapos venenosos y hasta espantosas bolas de fuego que se sacaba de su ardiente garganta. No más que en la bronca la señora alcanzó a arrancar su ala derecha al esforzado san Gabriel, pero de todos modos tuvo que retirarse a su volcán. A fin de cuentas, el cumpleaños sí se celebró, pero los cohetes y las luces que llenaron el cielo no llegaron a causar daño a Damaseno. Otros caseríos sí resultaron muy perjudicados: los ríos de fuego atraparon milpas, cafetales, potreros, las tierras donde estaban enterrados sus muertos, sus ombligos, sus pueblos, pues.
»El santo patrón, antes de regresarse al lugar al que pertenece, nos entregó su ala cortada, al fin que una nuevecita iba a nacerle en su lugar, como testimonio del combate que había peleado por nosotros. Quiso que la conserváramos en recuerdo de lo que pasó y para que al mirarla supiéramos que él velaría por nosotros sus fieles. Y en la comunidad estuvo desde entonces, venerada como debe ser, con su capilla y su urna. Si el ala llegara a malograrse, san Gabriel se enojaría. Diría: ¿no me sacrifiqué yo por ustedes?, miren no más cómo me pagan ahorita.
—¡Qué curioso! —comentó el profesor cuando Andrés terminó su relato―. Debe de ser algo extendido por la zona, aunque no lo conocía. Yo compré en Palenque una pluma que me dijeron que era de arcángel…
Andrés no pudo aguantar más su secreto y lo interrumpió:
—No lo engañaron, señor ―anunció para sorpresa de todos y siguió hablando de corrido―: Esa pluma es de nuestra ala de san Gabriel. No hay más alas por allá, solo la nuestra, y por esa pluma vine yo hasta España, ya que se la robaron de nuestra ala bendita. Ya le platiqué que nuestra comunidad no puede permitir que se malogre nuestra reliquia. Por eso hasta acá me mandaron.
—¿Tú habías venido a Madrid a buscar la pluma? ―preguntó incrédulo Jorge―. Entonces, no nos conocimos por casualidad, ¿verdad?

(© Carmen Martínez Gimeno, El ala robada, en El ala robada y otros cuentos, e-book en venta en Amazon).


O tal vez te prefieras leer Angelina y el nuevo mundo, publicada por entregas en este blog: 


Nadie volvió a hablar del asunto en la casa, pero a Paloma no se le iba de la cabeza. Le intrigaba cómo había sabido Angelina que ella guardaba el camafeo y en su mente fue creciendo una sospecha. Como no dejaba de vigilarla, la joven acabó percatándose.
—¿Qué fue, niña, qué te traes conmigo?
Paloma le contestó con otra pregunta:
—¿Cómo supiste que yo tenía el camafeo?
Y Angelina trató de evadirse:
—No más supe.
—Pero cómo, anda, cuéntamelo, que no se lo digo a nadie.
—Con mi caja de san Miguelito —cedió al fin Angelina y le explicó en qué consistía.
—¡Estaba segura! ―exclamó Paloma excitada cuando concluyó―: Tus papás muertos, la cicatriz de tu frente, el viaje a España... Ahora que lo pienso, o te has equivocado o es que en España hay otra escuela como la de Londres... ¿Tienes que ir a una estación de tren?
 —Ay, niña, no entiendo qué hablas.
—¡Harry Potter, eres igualita!
Pero como Angelina parecía ajena a cuanto le decía, Paloma le explicó la historia del niño aprendiz de mago y las similitudes que guardaba con la suya.
—No, mi niña, me apena desilusionarte mas en nada nos parecemos. A mi papá lo mataron los militares por no aguantarse y querer defender sus derechos pisoteados y mi mamá murió del sufrimiento porque era pobre y nadie la ayudó. Yo tengo esta cicatriz junto al ojo porque me caí de chiquita contra una piedrota y mi abuelita me cosió con tres puntos de hilo rojo. Ve, aún se notan. Y también fue mi abuelita quien me envió a España, pero no a estudiar en una escuela de magia, sino a torcer mi suerte, a mejorarla pues.
—¿Tu abuela es maga? —insistió la niña.
—Es ilol, curandera, pues. Pero no fue a ningunita escuela. De brujas tampoco. No conoce las letras pero sabe mucho del cielo, de la tierra, del agua, de las plantas, y aprendió ella solita y de otras mujeres que se lo quisieron enseñar. Allá de donde vengo es así.
—Entonces, ¿tú no vas a ir a una escuela de magia? —reiteró algo desilusionada Paloma.
—No, mi niña. Acá me quedaré contigo.
—Ya sé. Te enseñará tu abuela.
—Así mero —aceptó Angelina—. Ven acá a la ventana. ¿Qué ves?
—Las estrellas.
—¿Sabes qué son?
—Cuerpos celestes que brillan con luz propia ―recitó Paloma de corrido.
—No, mi niña, eso está bien para tu escuela. Mi abuelita me enseñó otra verdad, ¿quieres saberla?
—Sí.
—Dicen que el cielo es muy lindo, por algo es la gloria, pero cuando alguien muere y sube allá, piensa en sus hijitos, sus papás, sus amigos, lo que dejó en la tierra, y le hace tanta falta que abre un hoyito para mirar abajo. Por el hoyito se escapa la luz celestial, y nosotros desde acá lo llamamos estrella. La de mi mamá estaba por aquel lado, cerca del lucero; duró harto tiempo, hasta que san Pedro le dio sus alas y dejó de mirar para aprender a volar entre las nubes.
—¿En serio?
—En serio. No más que es secreto. No lo vayas a contar.

(© Carmen Martínez Gimeno, Angelina y el Nuevo Mundo, capítulo 8).

martes, 4 de agosto de 2015

Ortografía (II)

Escritura de las vocales



Después de un desarrollo ortográfico de siglos en el que se procuró tender hacia la simplicidad, a casi todas las letras del abecedario español (que son veintisiete) les corresponde siempre un único sonido. Son las excepciones a esta regla ―unas más importantes que otras― las que provocan dificultades y muchas de las conocidas como «faltas de ortografía» en la escritura.

Ciñéndonos de momento a las vocales (que son solo cinco), encontramos tres fáciles que se escriben y pronuncian del mismo modo siempre (a, e, o) y dos a las que hay que prestar cierta atención en la escritura (u, i). La norma ortográfica establece que cuando la u aparece detrás de la letra consonante g y va seguida de e, i, se convierte en muda para transcribir un sonido velar sonoro como en guerrera, merengue, guisante o guijarro, que es el mismo sonido representado por la g sola seguida de a, o, u, como en gamo, gotera o guapo. Se escribe diéresis cuando es necesario que suene la u posterior a la g seguida de e, i, como sucede en averigüe, güisquería, lingüístico o antigüedad. Además, la u se convierte en muda cuando sigue a la consonante q, con la que siempre aparece agrupada, como en quemadura, quizá o quinientos, para representar con las vocales e, i el mismo sonido consonántico que se consigue con c más a, o, u, como en casa, comida o cuadro.

Aunque tanto la y —cuyo nombre las Academias de la Lengua Española recomiendan ahora que sea ye— como la i representan en la escritura el mismo sonido vocálico, su uso no es indistinto. Hoy escribimos con y la conjunción copulativa (Jorge y Cecilia) y las palabras que terminan en y átona (rey, estoy, carey), si bien existen excepciones cuando se trata de palabras procedentes de otras lenguas (Hawái o saharaui). En cambio, escribimos caí, reí, leí, sonreí porque el sonido de i es tónico. El adverbio muy constituye una excepción que no se debe olvidar.

A pesar de la tendencia a la simplicidad con tanta insistencia destacada, no son infrecuentes en español las secuencias de dos vocales iguales en la escritura (aa, ee, ii, oo). Con doble a se escriben los topónimos y antropónimos procedentes de otras lenguas que contienen esa secuencia en su grafía originaria (El Aaiún, Isaac o Aarón, así como sus derivados). La doble -aa- aparece también en los vocablos resultantes de la unión de prefijos o elementos compositivos terminados en -a (contra-, extra-, infra-, intra-, meta-, para-, supra-, tetra-, ultra-…) con palabras que comienzan por a- (contraalmirante; contraatacar; extraabdominal; infraalimentar; ultraatlántico). Asimismo, asoma la doble -a- en los compuestos surgidos al unir palabras acabadas en -a con otras que comienzan por a- (portaaviones; quitaangustias).

Por su parte, la secuencia -ee- es abundante, pues aparece en el infinitivo y muchas formas de la conjugación de verbos como creer, leer, peer, poseer, proveer y sobreseer, así como en sus derivados; en todas las personas del presente de subjuntivo y la primera persona del singular del pretérito perfecto simple de indicativo de los verbos terminados en -ear (abofetee, abofeteé; desees, deseé; paseéis, paseé; peleen, peleé); en los vocablos acreedor y veedor; y también en antropónimos y topónimos como Beethoven o neerlandés. Aparece además la doble -e- en las palabras formadas por prefijos o elementos compositivos terminados en -e (pre-, re-, requete-, sobre-, tele-, vice-…) unidos a palabras que empiezan por e- (reelegir; reembolsar; preestreno; sobreentender; teleeducación); y en los compuestos creados por palabras que acaban en -e antepuestas a otras que también empiezan por e-(maestreescuela; sieteenrama).

Pasando a la secuencia -ii-, está presente en los derivados creados al añadir sufijos que comienzan por i- (-í, -ismo, -ista, -ita, -ito) a palabras cuya raíz acaba en -í tónica (chií, chiismo, diita, Rociito); en los superlativos en -ísimo de los adjetivos terminados en los hiatos -ío/-ía (friísimo; impiísima); y en las palabras formadas por prefijos o elementos compositivos terminados en -i (anti-, di-, mini-, multi-, pluri-, poli-, semi-, toxi-…) antepuestos a palabras que comienzan por i- (antiimperialismo; multiinstitucional; poliinsaturado; semiinconsciente).

La secuencia -oo aparece en palabras que contienen los elementos compositivos de origen griego zoo en cualquier posición, y noo- y oo-, en posición inicial (zoo, azoospermia, espermatozoo; noosfera; oogénesis, oolito); en la primera persona del presente y la tercera del pretérito perfecto simple del modo indicativo de los verbos acabados en -oar (croo, croó; incoo, incoó; loo, loó); en la palabra loor; en algunos topónimos y antropónimos (Aguilar de Campoo; Quintana Roo; Feijoo); y en las palabras resultantes de la unión de prefijos o elementos compositivos terminados en -o (auto-, electro-, endo-, euro-, foto-, macro…) con palabras que comienzan por o- (autoobservación; eurooccidental; macrooperación; microorganismo).

La secuencia -uu-, por último, solo se da en el latinismo duunvir(o) y sus derivados duunviral y duunvirato.

¿Pero se escriben siempre y en todos los casos estas secuencias de doble vocal, que a veces cuesta pronunciar? Consideremos las siguientes palabras: aguardiente, catabejas, decárea, drogadicto, guardagujas, hexángulo, paraguas, saltatrás, tientaguja, tornatrás, tragaldabas; resfriar, restallar, restregar, sobrescribir, sobrestimar, telespectador, telesquí, tentempié, rompesquinas; seminternado; decimoctavo, monóculo, monocular, monóxido, radioyente. Todas ellas admiten en la actualidad esta única forma tanto en lengua oral como escrita, aunque en su origen llevaban una doble vocal. Basándose en este precedente de simplificación vocálica, las Academias de la Lengua Española recomiendan (pero no obligan a) emplear de manera preferente las grafías simplificadas en todos los casos de palabras compuestas (en el sentido más general del término) en las que la reducción vocálica de las cuatro secuencias (-aa-, -ee-, -ii-, -oo-) esté generalizada en la lengua oral y no haya problemas para identificarlas ni confluencia con otras ya existentes de significado distinto: contratacar, infralimentar, intrarticular, antimperialismo, rembolsar, restreno, sobrentender, antincendios, polinsaturado, seminconsciente, autobservación, microrganismo, euroccidental.

Recordemos de nuevo el límite de la simplificación vocálica según las Academias de la Lengua: siempre que no se planteen problemas para la identificación de las palabras ni confluencia de significado con otras que lo tienen distinto. Por ello, en el caso de la secuencia -aa-, es obligatorio mantener la doble vocal cuando la palabra base comienza por el prefijo privativo a- (ultraamoral; palabra base, amoral) para distinguirla de la palabra que carece de dicho prefijo privativo (ultramoral; palabra base, moral), puesto que sus significados no pueden ser más distintos.

En el caso de la secuencia vocálica -ee-, no aceptan la simplificación términos como reestablecerse (volver a establecerse), reevaluar (volver a evaluar) o reemitir (volver a emitir), puesto que el mantenimiento de la doble vocal en la lengua oral y en la escrita los diferencia de restablecerse (recuperarse de una enfermedad), revaluar (aumentar el valor de algo) o remitir (enviar, diferir o perder intensidad), cuyos significados son  a todas luces distintos.

Es obligatorio mantener la secuencia vocálica -ii- en los vocablos resultantes de unir el elemento compositivo semi- a palabras que comienza con el prefijo i- de privación (semiilegal; semiiletrado; semiirregular) a fin de establecer una diferencia con las palabras en las que la base no presenta dicho prefijo privativo (semilegal; semiletrado; semirregular). De igual modo, se debe conservar la doble vocal cuando se antepone cualquier otro prefijo terminado en -i a una palabra formada con el prefijo privativo i- (archiilegal, distinto de archilegal).

En lo concerniente a la secuencia vocálica -oo-, es obligado mantenerla en las palabras formadas con el elemento compositivo bio- a fin de evitar confusiones con las formadas a partir del prefijo bi-, que significa «dos» (biooceánico, biooxidacion frente a bioceánico, bioxidación). Por lo que respecta a las palabras formadas por anteposición del prefijo co- a otras que comienza también por -o, (cooficial, cooperar, coopositor, cooptar, coordenada, coordinación, coorganizar), el uso de la escritura con la doble vocal es imperante en la actualidad, aunque las Academias de la Lengua Española no censurarían las grafías con reducción vocálica cuando ya se dé de manera generalizada y constante en la lengua oral (cooperar, pronunciado como coperar, y sus derivados coperante o coperativa; coordinar, pronunciado como cordinar, y sus derivados coordinador, cordinado; coordenada, pronunciado como cordenada). Apenas existe, sin embargo, uso escrito culto de estas formas, que en la mayoría de los sellos editoriales se corregirían sin pensarlo como flagrantes faltas de ortografía.

Concluyo por hoy señalando que cuando en una palabra aparece una h intercalada que separa dos vocales iguales, por muy muda que sea, no permite su simplificación. Así, escribimos siempre contrahacer, causahabiente, matahambre; aprehensión (acción y efecto de aprehender); nihilismo, antihigiénico, antihistamínico; cohonestar, cohorte, prohombre o ricohombre.

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