jueves, 12 de febrero de 2015

Besos y más besos

Besos
Sailor Kissing  Nurse, San Diego
Soñé la muerte y era muy sencillo;
una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo,
era un día;
y el tiempo que mediaba entre dos besos,
una noche.

    Leopoldo Lugones, «Historia de mi muerte», 1912



Te voy a dar un beso
despatarrado.

Un beso con dientes de conejo.
Un beso con talco de maicena.
Un beso que se mueva en espiral.

Te voy a dar un beso
anaranjado.

               Chely Lima,  poema infantil «Te voy a dar un beso»


«Uvas con queso saben a beso, saben a beso», cantaba mi madre a menudo durante mi infancia. Sin embargo, sus hijas que la escuchábamos comprendíamos que eso no era verdad en sentido literal; comprendíamos que era más bien una rima facilona como tantas, propia de las coplillas populares, con cierto sentido alegórico: el beso como epítome de lo sublime para los sentidos, en este caso, del gusto, aunque en el beso bien dado participen los cinco: la vista, mientras acercamos los labios; y el tacto, el gusto, el olfato y el oído, cuando los labios se posan en lo que se desea besar.

E.T., el extraterrestre
¿Qué acude a nuestra memoria cuando nos preguntan cuál fue nuestro primer beso? No es de nuestros padres, probablemente los primeros que nos besaron amorosos, de quienes nos acordamos, ni tampoco de nuestros hermanos ni demás allegados, sino de aquella primera persona que nos encandiló y por la que se nos alborotó el corazón. Yo pienso en el primer beso de tornillo —decíamos entonces—, compartido en un parque una tarde de verano, que me quitó el aliento y me hizo comprender que se puede morir literalmente de amor. Sin embargo, antes de eso hubo besos de distinta índole que también conservo en el recuerdo: los rojísimos de la tía Lola, por los cuales nos peleábamos las hermanas para llevar al colegio la marca de sus labios, con olor a perfume francés, pintada en la mejilla; y los rasposos de una amiga de la abuela, cariñosa ella pero dueña de un poblado bocillo que pinchaba a rabiar.      

El beso es tan antiguo como la humanidad pero no se restringe a ella: se besan los peces, los pájaros y ya no digamos nuestros primos hermanos los primates. El mundo está repleto de besos que se dan, se regalan, se estampan, se plantan o se roban. Podemos comernos a besos y también traicionar con un beso de Judas; podemos besar el suelo que alguien pisa, besarle la mano y besarle los pies, aunque resulte un poco anticuado. Y si se nos dan bien las cosas, hasta podemos llegar y besar el santo. Si somos demasiado efusivos, nos tacharán de besucones y se quejarán de nuestros besuqueos; y si nos ponemos guasones o cursilones, repartiremos ósculos, que no besos, a diestro y siniestro.

Del latín provienen las dos palabras castellanas que empleamos para tales efusiones, beso y ósculo; la primera, de basium (con su verbo basiare), y la  segunda, de osculum (con su verbo osculor), que significa propiamente «boquita» y se deriva de os, oris, «boca». Había además en latín una tercera palabra: savium y después suavium (con sus verbos savior y suavior, y hasta un diminutivo, suaviolum) muy utilizadas, por ejemplo, por Plauto en sus comedias.  Fue el gramático Elio Donato quien en el siglo IV de nuestra era, en su comentario de la comedia El eunuco de Terencio (IV, II, 10), estableció la distinción entre los tres tipos de besos que, a su entender, existían en latín: «oscula officiorum sunt, basia pudicorum affectuum, savia libidinum vel amorum», que se traduce en castellano como «los oscula son besos de cortesía; los basia, de afecto pudoroso; y los savia, de lujuria o amor». Y aunque esta clasificación no se sostiene cuando se lee a Plauto, Cicerón, Catulo, Lucrecio, Virgilio, Horacio u Ovidio, por poner varios ejemplos, gozó de gran popularidad en la Edad Media y ha llegado hasta nuestros días, repetida por eruditos hispánicos como Isidoro de Sevilla (Differentiarium libri, diccionario de términos con sus significados laicos y religiosos) y escritores incluso anglosajones como James Joyce (Finnegans Wake, novela experimental, conocida por su difícil lectura). Fue basium, la menos literaria de las tres palabras latinas ―pero tal vez la más utilizada por el común de la gente―,  la que pasó  a las lenguas romances  (portugués, beijo; catalán, bes; francés, baiser; italiano, bacio) y abarcó todos los significados posibles del beso. ¿Por qué suavium se perdió cuando es tan musical?, ¿por qué no intercambiamos tiernos o eróticos suaviolos con nuestras parejas amorosas? A veces, los derroteros de la lengua son difíciles de transitar.

El beso de A. Rodin
Dicen algunos que «beso» es palabra de origen onomatopéyico por la letra «b», para cuya pronunciación se juntan los labios como cuando se besa, aunque la onomatopeya actual por antonomasia para ese acto sea «mua, mua», sobre todo para los dos besos de cortesía soltados al aire cuando se juntan apenas las mejillas en saludo o despedida en España. Los ósculos protocolarios o de cortesía han sido los únicos aceptados sin trabas en público durante la mayor parte de la historia de Occidente. En la Roma antigua, cuando todavía el matrimonio era un asunto privado entre familias, este se sellaba con un ósculo ante el tálamo. El cine (estadounidense) ha conseguido que esta costumbre perviva y se universalice en las bodas actuales, ya sean laicas o religiosas, con un «puedes besar a la novia» que durante muchos siglos no existió.  Los suavia, los besos de amor, fueron asunto privado hasta el siglo XX, solo representados en pinturas o esculturas y descritos en la literatura, sobre todo la poesía, pero rara vez vistos en público. Los prohibían la moral y la decencia imperantes. Incluso bien mediado el siglo pasado, sonaban en la radio canciones como «la española, cuando besa, es que besa de verdad. A ninguna le interesa besar por frivolidad», y ahí estaban los guardianes de la ley y las esencias patrias para multar en los parques y jardines a las parejas que osaran propasarse y besarse, aunque fuera en las mejillas.

Fue el cine el que popularizó los besos de amor y, a pesar de las críticas iniciales por atentar contra la moral y de la censura, su auge fue imparable y saltó barreras. Desde Hollywood aprendimos a besar una generación tras otra; aprendimos a intercambiar larguísimos besos de cine en torsiones inimaginables. «¿Tú dejas que te metan la lengua?», nos preguntábamos en el colegio, y a medida que íbamos creciendo éramos más las que contestábamos que sí. No obstante, todavía quedaban quienes se escandalizaban y aseguraban que sus padres nunca lo habían hecho…

Buz es otra palabra que en castellano significa beso. Viene del árabe y se emplea para el beso de reconocimiento y reverencia. Aunque yo jamás lo he escuchado, según el DRAE, «hacer alguien el buz» significa hacer alguna demostración de obsequio, rendimiento o lisonja.  

El planeta de los simios
«Por un beso de la Flaca yo daría lo que fuera», canta Jarabe de Palo. Puede que por los besos de Helena se perdiera Troya. Los besos despiertan a las bellas que duermen o adormecen a las que están despiertas. Las madres procuramos sanar heridas o mitigar dolores a besos. Y a la respiración boca a boca se la conoce como el beso de la vida. Todo se besa en la naturaleza, incluso las cosas cuando se chocan. La literatura está llena de besos a vivos y a muertos. ¿Quién no recuerda el magistral escrito por Cortázar en Rayuela? Sin embargo, yo he querido terminar este texto con una cita de Mujeres de ojos grandes, de la mexicana Ángeles Mastreta. La tía Valeria cuenta su secreto para ser feliz con su marido a base de imaginación y besos:

―Tengo uno cada noche ―contestó tras la risa.
—Como si hubiera de dónde sacarlos ―dijo la prima Gertrudis, siguiendo hipnotizada el ir y venir de su aguja.
―Hay ―contestó la tía Valeria, cruzando las suaves manos sobre su regazo.
―¿En esta ciudad de cuatro gatos más vistos y apropiados? ―dijo la prima Gertrudis haciendo un nudo.
—En mi pura cabeza ―afirmó la otra, echándose hacia atrás en ese gesto tan suyo que hasta entonces la prima descubrió como algo más que un hábito raro.
―Nada más cierras los ojos ―dijo, sin abrirlos― y haces de tu marido lo que más te apetezca: Pedro Armendáriz o Humphrey Bogart, Manolete o el gobernador, el marido de tu mejor amiga o el mejor amigo de tu marido, el marchante que vende calabacitas o el millonario protector de un asilo de ancianos. A quien tú quieras para quererlo de distinto modo. Y no te aburres nunca. El único riesgo es que al final se te noten las nubes en la cara. Pero eso es fácil evitarlo, porque las espantas con las manos y vuelves a besar a tu marido, que seguro te quiere como si fueras Ninón Sevilla o Greta Garbo, María Victoria o la adolescente que florece en la casa de junto. Besas a tu marido, te acurrucas contra su cuerpo en las noches de peligro, y te dejas soñar…

A besos, hasta los príncipes más tediosos vuelven a ser nuestros amados sapos saltarines de tantos alegres juegos. 


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