miércoles, 10 de diciembre de 2014

De morabitos, anacoretas y barones rampantes

Ombrosa non c’è piu. Guardando il cielo sgombro, mi domando se davvero è esistita.
Italo Calvino, Il barone rampante, 1957


Italo Calvino
Hilos, a veces invisibles, hilvanan las palabras de curiosos modos que espolean la imaginación y nos impulsan a iniciar viajes lingüísticos y literarios por sendas de recorrido impredecible. El punto de partida de este sobre el que ahora escribo fue  «morabito», según el Diccionario de María Moliner, palabra proveniente del árabe murábit (participio del verbo rábat, dedicarse con celo a algo). Un morabito es un ermitaño o santón musulmán, así como la construcción arquitectónica donde habita dicho ermitaño. Los morabitos (en su acepción de ermita) se asocian con puntos de agua como pozos, arroyos o fuentes, y suelen emplazarse en lugares altos con un cementerio cercano y un árbol sagrado del que se cuelgan las dádivas ofrecidas. La misma raíz que «morabito» comparten «morabetí» o «morabetín», que son nombres de monedas almorávides usadas en la Península Ibérica y que después evolucionarían a la clásica y conocidísima «maravedí» (Diccionario del español actual de Manuel Seco y Gabino Ramos).

Si buscamos los términos equivalentes a «morabito» en el ámbito cristiano, llegamos a «anacoreta» y «eremita», definidos como personas que por celo religioso se apartan de la sociedad y viven en soledad, dedicadas a la contemplación y la penitencia. Aunque en la actualidad estas dos palabras son intercambiables, en su origen se distinguían en virtud de la morada elegida por el santón: un anacoreta ocupaba una celda unida a una iglesia o cerca de una población, mientras que un eremita se retiraba a la soledad del páramo. Las primeras ermitas cristianas aparecieron en Egipto hacia finales del siglo III como reacción a la persecución del emperador Decio, que indujo a algunos cristianos a huir al desierto para llevar una vida de oración y penitencia. Pablo de Tebas, quien escapó al desierto en torno al año 250, es considerado el primer eremita o ermitaño.

Pero como muchos no aguantaban tanto rigor, surgieron después los cenobios (palabra de origen griego que significa «vida comunitaria»), donde se recogieron para compartir existencia y oraciones las personas que sentían tal inclinación. Aunque la austeridad que seguían los cenobitas no era tan extrema como la profesada por los primeros eremitas o anacoretas, hubo quien tampoco la resistió y se convirtió en sarabaíta, término por el que se conocía a quien no se sujetaba a la vida regular de los anacoretas y cenobitas, y vivía en las ciudades con dos o tres compañeros, sin estar atado a regla ni superior. Por su parte, los cenobios fueron el origen de la vida monacal que floreció en el siglo IV, con cuya llegada desaparecieron los eremitas y anacoretas en el cristianismo occidental, si bien persistieron en el cristianismo oriental.

Entre los monjes orientales, recibió el nombre de «asceterio» la colonia o agrupación de ascetas. Un «asceta» es una persona que en soledad lleva una vida de sacrificio y privaciones dedicada a la meditación religiosa y la oración para alcanzar la perfección espiritual. Por extensión, también se denomina asceta a la persona que vive con mucha austeridad. Los  ascetas o anacoretas que vivían sobre una columna (stylos en griego) recibían el nombre de «estilitas», moradores de columnas. Al parecer, abundaron durante seis siglos en Oriente Medio a partir del siglo V, sobre todo en Antioquía y Siria. Se cuenta que toda población que se preciara había de tener su propio estilita. Sin embargo, el más famoso de todos fue Simón o Simeón Estilita el Viejo, a quien se considera además inventor del cilicio. ¿Quién da más?

Simón en el desierto
Simón en el desierto, Luis Buñuel
Por inverosímil que resulte, se dice que Simón el Estilita (c. 390, Sisan, cerca de la frontera septentrional de Siria- 459, cerca de Alepo, Siria) vivió hasta su muerte en lo alto de una columna, dedicado a una meditación y penitencia solo interrumpidas para atender  asuntos relacionados con la caridad. Antes de subirse a la columna, había sido pastor y después ingresó en un monasterio del que fue expulsado debido a su austeridad extrema que importunaba a sus compañeros. En una choza siguió con sus ayunos y penitencias, pero como le pareció mortificación insuficiente, se trasladó a una angosta cueva. Él ansiaba la soledad, pero la popularidad que obtenían sus milagros congregaba tanta gente a su alrededor que concibió la idea de encaramarse a una columna para conseguir el codiciado aislamiento del mundo. No bastó. Los 3 metros de la columna inicial pasaron a 7 y más adelante a 17. Moraba en el desierto a la vista de todos, sometido a las inclemencias del tiempo, solo protegido por una barandilla para evitar caídas de su columna y con una escalera de mano como única concesión por la que recibir la escasa comida que consumía y comunicarse con los que permanecían a ras de suelo.

Antes y después de su muerte, a Simón no le faltaron discípulos que lo imitaran durante siglos, incluidas mujeres, aunque no he encontrado ningún nombre propio de estas últimas. (Por burlona semejanza y frecuencia, en las diversas búsquedas que he iniciado en internet, los resultados más repetidos se referían a «estilistas», es decir,  peluqueras y peluqueros, donde sí había alguna que otra mujer destacada). Luis Buñuel llevó la vida de este insólito santo al cine con Simón del desierto (1965), película de su etapa mexicana colmada de humor sarcástico e ironía. Sátira de la moral católica, es una de sus obras más surrealistas en la que los símbolos desempeñan un papel primordial y algo críptico.

En su búsqueda de la perfección espiritual, desde la Edad Media los ascetas recurrieron con frecuencia a la pluma para plasmar su estado de ánimo y pensamiento. Sin embargo, en España no fue hasta el Siglo de Oro cuando, sincretizando ascetismo (vías para llegar a Dios) y misticismo (unión con Dios), descollaron en su utilización de la lengua vernácula san Juan de Ávila, fray Luis de Granada, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz o fray Luis de León, conocidos todos como escritores místicos. Ellos fueron los creadores de una nueva forma de expresión figurativa, conceptual unas veces y realista otras, que sirviera para relatar sus estados inefables. Hay quienes sostienen además que buena parte de las metáforas de la lengua literaria castellana moderna proceden de santa Teresa y de otros místicos, e incluso que dichas metáforas pasaron a otras lenguas distintas de la castellana. De la lengua de estos místicos surgió también una de las características fundamentales del barroco literario: la tendencia a extremar la expresión de lo real mediante símbolos espirituales y de lo simbólico espiritual mediante imágenes reales (Vivo sin vivir en mí / Y tal alta vida espero…; ¡Oh ñudo que ansí juntáis / Dos cosas tan desiguales... [santa Teresa de Jesús]. En la interior bodega / de mi Amado bebí, y cuando salía / por toda aquesta vega, / ya cosa no sabía…[san Juan de la Cruz]. Aquí el alma navega / por un mar de dulzura, y finalmente, / en él ansí se anega… [fray Luis de León]).

En sentido figurado, cabría definir el anhelo de ascenso espiritual de estos místicos como rampante; rampantes serían también los estilitas en su afán físico de trepar alto para alejarse de las miserias del suelo. Según el Diccionario de la RAE, la palabra «rampante» proviene del francés rampant, derivada del francés antiguo ramper, que significa «trepar». En castellano se emplea sobre todo para el león u otro animal cuando aparece de pie con las manos levantadas y las garras tendidas en ademán de agarrar. Pero tiene además otras acepciones: sirve para definir a una persona trepadora o ambiciosa sin escrúpulos, así como, muchas veces en sentido figurado, para caracterizar algo o a alguien que asciende o sube de manera acusada, ya sean cuestas rampantes, celos rampantes o inflación rampante.

Wika
© Wika, Il barone rampante, 2011
Nadie más rampante, sin embargo, que El barón rampante de Italo Calvino. En italiano, el término rampante significa «trepador» tanto en sentido literal como figurado. Calvino incluyó este adjetivo en el título de una novela que relata la singular historia de un chaval de doce años, futuro barón para más señas, que un día se sube a un árbol, se acomoda entre sus ramas y decide que no descenderá nunca más al suelo. El relato se desarrolla en una región imaginaria, Ombrosa, que se encuentra en un lugar impreciso de la Liguria. Comienza así:

Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cosimo Piovasco de Rondò, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy. Estábamos en el comedor de nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las frondosas ramas de la gran encina del parque. Era mediodía, y nuestra familia por vieja tradición se sentaba a la mesa a esa hora, a pesar de que ya se había difundido entre los nobles la moda, llegada de la poco madrugadora corte de Francia, de comer a media tarde. Recuerdo que soplaba viento del mar y las hojas se movían. Cosimo dijo: «¡He dicho que no quiero y no quiero!», y rechazó el plato de caracoles. Nunca se había visto desobediencia más grave. (La traducción del italiano es mía en todos los casos).

Los caracoles servidos por su hermana Battista en la comida son los que provocan la  huida de Cosimo de la mesa y su decisión de subirse a una encina del jardín. Al principio, la familia no lo toma en serio:

Nuestro padre se asomó al antepecho:
—¡Cuando te canses de estar ahí, cambiarás de idea!  —le gritó.
—Jamás cambiaré de idea —replicó mi hermano desde la rama.
—¡Te vas a enterar en cuanto bajes!
—¡No bajaré nunca más.
Y cumplió su palabra.

El narrador es Biaggio, el hermano pequeño de Cosimo, que es testigo de parte de la historia y, cuando está ausente, recibe cartas del protagonista donde relata lo que va sucediendo. ¿Qué vida lleva Cosimo en la copa de los árboles? No se convierte en un anacoreta ni estilita por morar en lo alto y casi siempre en completa soledad, pero cerca de los suyos. Cosimo fabrica su propia casa en los árboles y caza para comer. Conoce a los niños ladrones, capitaneados por Viola, de quien más adelante se enamora. Salva a un bandido al que inicia en el gusto por la lectura hasta tal punto que deja de robar y es ahorcado cuando al final lo detienen. Establece relación con una colonia de desterrados españoles que se ven obligados a vivir también en los árboles, y hasta tiene un perro fiel, Óptimo Máximo. Descubre un barco pirata, sigue a sus ocupantes hasta una cueva y logra despojarlos de sus tesoros robados. Desde su alta morada contempla la existencia de los otros, se hace preguntas y filosofa.Y lo que es fundamental, cumple su promesa y no baja de los árboles ni para morir, ya viejo y enfermo. La sociedad de la que vive separado pero defiende acaba respetándolo.

El espléndido final del relato está a la altura del resto de este libro insólito, repleto de humor, fantasía y aventura. Se podría considerar que pertenece al mismo género clásico del humorismo poético y fantástico donde lo mismo caben Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan o Las aventuras del barón Munchausen. Sin duda, en El barón rampante se aprecia el recuerdo nostálgico de las lecturas de adolescencia en las que el protagonista debe resolver alguna situación comprometida, una lucha contra la naturaleza o consigo mismo, o superar una prueba. Pero además en esta novela la dificultad, la prueba, la lucha presentan un punto de absurdo, de increíble. Es como un juego que se va complicando para transformarse en algo más, y el hecho de que se desarrolle en el siglo XVIII, en pleno auge de la formación de las monarquías europeas,  proporciona un escenario histórico en el cual el protagonista actúa de acuerdo con la cultura de la época, y se habla de la Revolución francesa, por ejemplo, e incluso de Napoleón. Además del italiano, se emplean otros idiomas en varias partes del libro cuando toca referirse a Rusia, Inglaterra, Francia, Italia o España. La novela forma parte de una trilogía titulada Nuestros antepasados que comprende además El vizconde demediado (1952) y El caballero inexistente (1959).

Tardé un par de días en leer las 263 páginas de la edición italiana de Mondadori que fue de mi hija. Al placer del texto, añadí repasar las anotaciones que había hecho ella con su letra redonda de niña aplicada y diferentes colores para personaggi, tempo y spazio. «Cosimo diventa matto per amore», anota mi hija casi al final del libro, quizá impresionada porque cuando le mandaron la lectura en el colegio, ella todavía no sabía lo que era el enamoramiento. Esta novela es lectura obligada en la scuola media italiana, aunque creo que es más apropiada para adultos, lo mismo que ocurre con El Quijote en España. Existe una buena edición en castellano de la editorial Siruela con traducción de Esther Benítez (24ª ed., Madrid, 2014). En inglés se titula The Baron in the Trees, y en francés, paradójicamente, Le Baron perché (encaramado), pues aunque nuestro «rampante» castellano proviene del francés, el término rampant significa en él primordialmente «rastrero».

lago Atitlán
Cuando el hilo que hilvana las palabras me lleva al falansterio (del francés phalastère), comunidad autónoma de producción y consumo en el sistema de Fourier, socialista utópico francés del siglo XIX, me detengo y lo dejo para otro momento. Pienso que este texto ya es intrincada vainica más que hilván y va adquiriendo el color de la salivilla de modista, que son todos y ninguno de tanto morder hilos para cortarlos; pienso también en mi amiga Marta, que jura y perjura que va a fundar un falansterio donde viviremos juntos, llegados a una edad, quienes así lo queramos a las orillas del lago Atitlán en Guatemala. Que así sea si puede ser la utopía.


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