martes, 23 de septiembre de 2014

Bueno o malo: ¿es lícito juzgar de este modo un libro?

libros malos, libros buenos
El pintor está ligeramente retirado del cuadro. Echa un vistazo al modelo; quizá se trate de añadir una última pincelada, pero también puede ser que todavía no se haya dado la primera. El brazo que sostiene el pincel está flexionado hacia la izquierda, en dirección a la paleta; está, por un instante, inmóvil entre la tela y los colores. Esta mano hábil queda suspendida de la mirada; y la mirada, a su vez, descansa sobre el gesto detenido. Entre la fina punta del pincel y el acero de la mirada, el espectáculo va a desplegar su volumen. […]
En apariencia, este lugar es simple; es de pura reciprocidad: vemos un cuadro desde el cual, a su vez, nos contempla un pintor. No es más que un cara a cara, ojos que se sorprenden, miradas directas que, al cruzarse, se superponen. Y, sin embargo, esta tenue  línea de visibilidad envuelve a su vez toda una compleja red de incertidumbres, de intercambios y de quiebros. El pintor no dirige los ojos hacia nosotros más que en la medida en que nos hallamos en el lugar de su objeto. Nosotros, los espectadores, estamos por añadidura. […] ¿Vemos o nos ven? 

«Les Suivantes», en Les mots et les choses («Las Meninas», en Las palabras y las cosas), Michel Foucault, 1966 (la traducción del francés es mía).

El escritor suele crear en  soledad. A diferencia del pintor, no necesita estar en presencia de modelos vivos ni naturalezas muertas para progresar en su obra. Más bien se aísla y se concentra para poner por escrito lo que tiene en la cabeza o para desarrollar el esquema del que se ha provisto a fin de no perderse en laberintos de palabras. Detrás de un buen libro siempre hay un pensamiento inteligente; una lógica plasmada según criterios ortotipográficos, gramaticales y sintácticos convenidos que la harán inteligible, primero para quien redacta y después para la mirada del otro. 
   
Al igual que el pintor de Las Meninas, el escritor, cuando escribe, no dirige los ojos hacia los espectadores, sino hacia sí mismo, hacia el modelo que tiene en su interior, formado por innumerables lecturas, recuerdos, vivencias, intuiciones, ocurrencias, genialidades, visiones de futuro… El espectador, el lector, llega (debería llegar) después, mucho después, y es una añadidura. Pero crucial: ¿vemos o nos ven?

Como espectadores lectores, ¿establecemos una relación con el autor del libro que leemos? No es indispensable. La establecemos siempre con el libro: es el único eslabón esencial. Se puede disfrutar de una lectura sin saber quién escribe. Empezar a leer por casualidad y quedar atrapados. Solo recordaremos el nombre de un autor si nos ha interesado tanto su obra que deseamos leer más de él si lo hubiera. De quienes no nos han interesado nos olvidamos enseguida… a no ser que nos bombardee sin descanso su publicidad. Eso es cosa de esta era de la información, donde las más de las veces estar cuenta más que ser. Y también es cosa novedosa de esta era la facilidad para que surja una reciprocidad entre los lectores-espectadores y los escritores: las redes, las reseñas.

Cuando terminamos de leer un libro (sea histórico, científico, divulgativo, literario o de cualquier otro género o clasificación que se nos ocurra), los lectores nos hemos formado una opinión, que dependerá en buena medida de nuestras expectativas, exigencias y formación intelectual. Todos somos capaces en ese punto de afirmar si es bueno o es malo, adornar nuestra percepción con superlativos o limitarnos a un no está mal, pero… Incluso, no sin cierta irritación, de aquellos que hemos abandonado por aburrimiento o decepción diremos que son infumables: pésimos, de mala calidad, sin aprovechamiento posible (según el diccionario de la RAE). 

¿Es lícito juzgar un libro como bueno o malo? Por supuesto. Como lectora, estoy en mi derecho a hacerlo. Igual que juzgo el resto de las cosas. Ese pensamiento binario, bueno o malo, es lo primero que se me ocurrirá, y después pasaré a fundamentarlo. Existen criterios más o menos objetivos para valorar un libro: en general, lo básico que se exige es un desarrollo coherente de las tesis que se enuncian y unas conclusiones razonables. En pocas palabras, que se cumpla lo que se promete. Además, el tema debe suscitar cierto interés y aumentar de algún modo nuestro conocimiento; y, por supuesto, ha de estar bien escrito. Todo esto (y diversas consideraciones complementarias) se recoge en los  informes de lectura que solicitan las editoriales antes de decidirse a publicar un original: en ellos, dicho original, tras haberse leído, se analiza, interpreta y juzga. Así pues, una vez que el escritor ha decidido sacar a la luz su obra, ha de estar preparado para recibir toda clase de valoraciones. A veces demoledoras. 

«En el momento en que colocan al espectador en el campo de su visión, los ojos del pintor lo apresan, lo obligan a entrar  en el cuadro, le asignan un lugar a la vez privilegiado y obligatorio, sacan de él su especie invisible y luminosa, y la proyectan sobre la superficie inaccesible de la tela vuelta», añade Michel Foucault en su análisis del cuadro Las meninas. Lo mismo sucede en el caso del escritor: en el momento en que publica su obra, coloca al espectador-lector en el campo de su visión, le asigna un lugar privilegiado y obligatorio, y queda a su merced. La tela del revés pasa a dominio del espectador-lector, que la recorre y escudriña: la analiza, la interpreta y finalmente la juzga. Cada lector hará una lectura diferente de la obra. Depende de muchas variables. Incluso un mismo lector puede hacer lecturas distintas si relee una obra en momentos diversos de su vida, puesto que sus connotaciones (y conocimientos) habrán variado.


Se publica muchísimo, pero los libros que perduran son escasos. En literatura, los que aguantan el paso de los años suelen convertirse en paradigmas. «¿Te gustó Pedro Páramo y  El llano en llamas?». Sí, a esta pregunta yo siempre contestaré lo mismo: me encantó y me encanta; es un libro buenísimo, del que siempre extraigo algo nuevo; del que no dejo de aprender. Mi epítome de Pedro Páramo (de hoy y no de mi primera lectura apasionada con menos de veinte años) sería que sus distintas escenas cobran sentido final cuando yo como lectora las integro; aunque cueste percibirlo, la novela tiene una estructura interna, porque al terminar no queda ningún cabo suelto. En lo referente al género, es difícil asignarle uno, pues Rulfo bebe de diversas fuentes en su técnica de escritura, del cine y del cubismo, en particular, y se sirve de la retrospectiva y de otros recursos que ya emplearon Proust y Faulkner, por ejemplo. En lo anecdótico (esto es, en mis connotaciones personales), yo podría agregar que recién terminados mis estudios de licenciatura en la Universidad Complutense de Madrid, cuando viajé a México con la idea de doctorarme en literatura, sentía la ilusión (en dos de las acepciones que recoge el diccionario de la RAE: «1. concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por el engaño de los sentidos; 2. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo») de conocer a Juan Rulfo, de escucharlo.

Sin embargo, el día, ya muy lejano, que me encontré cara a cara con Rulfo en la fiesta de una editorial mexicana, no fui capaz de cruzar palabra con él. Me limité a estrechar la mano que me tendió, a hacerme a un lado y a escuchar lo que decía a otros menos tímidos que yo. Y no me pareció nada sobresaliente; ni siquiera lo recuerdo con claridad. Después me comentaron que estaba a sueldo de un sello editorial para que escribiera algo más, pero no lo lograba. Otros me dijeron que se estaba dando a la bebida. Al parecer, harto de  las presiones, llegó a confesar (supongo que con ironía) que su tío era quien le contaba lo que él escribía y que ya había muerto. Por eso había dejado la pluma. Fuera cual fuese su fuente de inspiración, él fue quien compuso la novela que comienza así: «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerle todo». 

Juan Rulfo es sin duda uno de los grandes de la literatura en lengua española. Sin embargo, su obra es corta y no de fácil lectura, en especial la novela Pedro Páramo. Con todo, no creo que ni siquiera un lector que se haya quedado a medias afirme que es un mal libro: supongo que se limitará a declarar que se aburrió porque no lo entendía o que sus gustos son otros. Para comprobarlo, he buscado las ediciones de sus dos obras en Amazon.es: Pedro Páramo tiene tres reseñas cortas, dos de cuatro estrellas y una de cinco; la colección de cuentos de  El llano en llamas, una sola reseña de tres estrellas que se refiere a la plataforma de ventas y no al libro. ¡Qué lejos de las elogiosísimas reseñas que reciben en esa misma plataforma otros muchos escritores, en su mayoría independientes! 

Pareciera, por tanto, que no todos los libros se miden por el mismo rasero. Con los de literatura, sobre todo si se encuadran en géneros considerados menores o de masas, los lectores son mucho más condescendientes. En las plataformas de ventas (sobre todo Amazon) es habitual conseguir cinco estrellas por novelillas prescindibles desde todos los criterios aplicables y, en particular, atendiendo al desconocimiento flagrante que muestra el escritor de las mínimas reglas ortográficas y sintácticas, por no hablar de los recursos literarios.

Nadie nos obliga a escribir, y todavía menos a publicar, sea con una editorial de respaldo o en una plataforma digital como autor independiente. Una vez que lo hacemos, debemos estar dispuestos a aceptar la mirada del otro, sus críticas, que siempre consistirán en si nuestro libro es bueno. Esa es en resumidas cuentas la conclusión y lo que nos moverá a recomendarlo o no. Pero no todos aceptamos esta premisa, para mí básica. Carmen Grau, en un artículo de su blog Me llamo Pendiente, Inde Pendiente dedicado a los libros, sostiene: «no está bien decir que un libro es "bueno" o malo". De hecho, no está bien decir eso de nada, y creo que tarde o temprano estos dos términos se considerarán políticamente incorrectos, porque ¿quién es quién para juzgar?». Me pregunto si hablamos de lo mismo. Desde mi punto de vista, el concepto de «lo políticamente correcto» debería evitarse en general, pero  más todavía en lo tocante a la literatura; del mismo modo que es imperativo huir de la censura. Los escritores (y sus lectores) deben ser críticos y transgresores. Experimentar, formarse… y no publicar hasta que no se tenga algo meritorio que aportar. Y, por favor, las críticas, al menos sin faltas de ortografía: de otro modo pierden credibilidad.

No puedo evitar asombrarme cuando leo en las redes sociales que algún autor presume de escribir seis o siete novelas al año. ¿Novelas? Así serán. No hay géneros menores: son los escritores dedicados a ellos los que los minimizan, los convierten en caricaturas dignas de mofa. La novela sentimental o rosa, ahora llamada romántica (aunque no tiene nada que ver con las obras del Romanticismo), es un ejemplo paradigmático, un cajón «desastre» en el que cabe todo. Admiro a las hermanas Brönte, Jane Austin o George Eliot (pseudónimo de Mary Anne Evans), por ejemplo, autoras destacadas de este género en el que predominan las mujeres como autoras y lectoras, pero me declaro incapaz de terminar ninguna de esas novelitas llenas de lugares comunes, personajes planos, algo de sexo más o menos explícito y final previsible y feliz tras algunos avatares, muchas veces disparatados. Lo mismo es aplicable al género de aventuras o misterio, donde predominan las hazañas trepidantes e inverosímiles o los secretos inconfesables de la Iglesia que al final quedan en nada. Si Julio Verne levantara la cabeza...

Y, no obstante, estos son los géneros que más venden según las estadísticas. Marlene Monleon, en su artículo titulado «Cómo se vende un libro», aconseja a los escritores, sobre todo si son independientes, considerar el género en que escriben, pues hay muchos nichos dentro de ellos y a veces, para despegar en las ventas, es clave dar con el adecuado. Yo no opino de ese modo, como ya he señalado, y tampoco creo que las ventas sea lo importante para un escritor novel. La buena escritura no surge por generación espontánea: es fruto del estudio y el trabajo constante. Y doy por sentado que todo escritor debe empezar por ahí: por formarse. Para ello, lo básico es conocer a fondo la gramática y sintaxis de la lengua en que se escribe, además de ampliar y cuidar el vocabulario. Para lo primero hay que estudiar gramáticas y manuales de estilo; para mejorar el vocabulario, es fundamental leer a los grandes con lápiz y papel. No está de más añadir algún tratado de teoría literaria para aprender a utilizar las figuras retóricas y sacar el mayor partido a nuestras capacidades. Porque no todos servimos para escribir lo mismo: un thriller psicológico a lo Patricia Highsmith no requiere las mismas aptitudes mentales y literarias que una novela histórica a lo Marguerite Yourcenar, por ejemplo.

Si se me pregunta, mi consejo es escribir según la propia inspiración, sin tratar de amoldarnos a un género determinado. Una vez concluida la obra, se verá en cuál encaja, si es que lo hace en alguno. Tampoco tendría por qué. Lo importante es que sea buena, repito la palabra: buena. Aunque no venda. Muy pocos escritores podrán vivir del fruto de su mente y no todos los que lo logren será por sus méritos literarios. Son muchos los factores que inciden para que un libro sea un éxito, y con la atomización del mercado editorial cada vez es más difícil sobresalir y vender lo suficiente. Pero esta realidad no es óbice para dejar de esforzarnos si tenemos alma de escritor. Es responsabilidad de quien escribe imaginar que sus lectores van a ser los eruditos más exigentes, capaces de detectar sus fallos y pedirle cuentas. Nuestra responsabilidad es enorme por el peso que adquiere la palabra publicada: si escribimos osea, ves a por agua o se los dije, por poner tres ejemplos de errores de bulto, quien lo lea, si no tiene la cultura necesaria, lo dará por bueno y lo repetirá. Y si la tiene, nos despreciará como unos ignorantes que jamás debieron atreverse a publicar.

Los libros se consideran el vehículo del saber desde hace siglos. Son incontables las citas que recomiendan su lectura para abrir la mente. Cuando las leo en grupos de las redes sociales o en blogs que tienen faltas de ortografía hasta en el título, no sé si me da más pena que risa. La ignorancia siempre ha sido muy atrevida.
  
Los escritores (todos los que escriben, prescindiendo del medio donde lo hagan) han de cuidar sus textos. Tenemos un compromiso con la sociedad, con nuestros  conciudadanos. No debemos confundirlos con nuestros errores, aunque solo nos lean por diversión. Quien no sepa escribir sin faltas y no quiera aprender, mejor que deje la tarea. Nos hará un buen servicio a todos.  Y siempre, siempre, hay que buscar otros ojos expertos (cuidado, no vale cualquiera) que vean lo que a nosotros se nos escapa. Los mejores, por supuesto, son los de los correctores de estilo y ortotipográficos con amplia experiencia: su labor es imprescindible, no me cansaré de repetirlo. Recurriendo a su servicio, un escritor mediocre evitará que le saquen los colores cuando menos lo espere.

A mí, como imagino que a todos los que tenemos un blog de letras, me solicitan a menudo reseñas para novelas infumables. Hace tiempo que he dejado de hacerlas: no reseño ni buenas ni malas novelas. Mi vaso de paciencia se ha colmado. Sin embargo, sí ayudo en la medida de mis posibilidades a quienes me piden opinión y creo que se lo merecen, que son bastantes.  

En lo referente a las reseñas, que quede claro: callo de momento, pero no otorgo.  

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