viernes, 27 de septiembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 8)

Una caja y un cielo estrellado. La caja es de la abuela de Paloma, contiene algo muy importante para ella y se  ha perdido. ¿Y tantas estrellas en el cielo? Si lees este capítulo, tal vez te acuerdes de Angelina cuando las contemples por la noche.  


CAPÍTULO 8

R
OZABA casi los hombros el cabello a Angelina, y los días ya eran calurosos y largos. Paloma había vuelto de un campamento de verano en la sierra, y la familia aguardaba las vacaciones del padre para marcharse a la playa. Pero la abuela no quería ir. Le molestaba el bullicio y la arena, y prefería permanecer en Madrid.
—Tú qué dices, Angelina, ¿verdad que no te importa quedarte conmigo? —le preguntaba continuamente.
—Como guste, señora —respondía esta—. Haré lo que me manden.
—Pues convence a mi hija —insistía la anciana—. A nosotras no se nos ha perdido nada allí donde van. Bien lo decía mi padre: el que abandona su casa es que se ha cansado de estar a gusto. Angelina, ¿tú conociste a mi padre?
—No, señora —respondía paciente.
—¿Estás segura? ¿No te acuerdas de lo elegante que era?
Y es que la anciana se despistaba a veces. Una mañana se levantó con la novedad de que le había desaparecido el camafeo. Costaba entender lo que decía en medio de tantas lágrimas.
—Cálmate, mamá —quiso tranquilizarla su hija—. No lo habrás buscado bien. Cuando desayunes y te arregles, yo te ayudo a revisar el joyero. Ya verás como aparece.

—No, no, ahora mismo. ¡Cómo voy a desayunar con esta angustia! Era de mi madre, hija, bien lo sabes, me lo dio cuando me casé y siempre lo he tenido en gran aprecio.
Se dirigieron ambas al dormitorio y miraron en los armarios, los cajones, debajo de la cama y en todos los rincones que se les ocurrió sin encontrarlo.
—Piensa, mamá, ¿cuándo fue la última vez que lo viste?
La anciana se esforzaba en hacer memoria:
—Todos los días ordeno el joyero cuando me levanto y hasta hoy no lo había echado en falta. Yo creo que ayer estaba, porque si no me habría dado cuenta.
—¿Te acuerdas cuándo te lo pusiste por última vez y con qué ropa? —insistió la hija.
—Pues no, pero eso no tiene importancia porque siempre que lo uso lo guardo después en su sitio. Nunca se me ha olvidado hacerlo.
—¿Qué pasa, abuelita? —se interesó Cecilia entrando en la habitación.
—Se le ha perdido el camafeo —respondió la madre—. A ver si entre las tres somos capaces de dar con él.
Nada. Después de poner la habitación patas arriba, seguía sin aparecer.
—Me lo han robado —gimió entonces la abuela—. Y solo puede haber sido una persona.
—Anda, mamá, no digas tonterías...
—Pues a mí no me parecen tonterías —afirmó Cecilia, dando por supuesto a quién se refería—. No la conocemos de nada.
—¡Con lo que yo la quería! ¡Qué disgusto, después de lo bien que nos hemos portado con ella!
—No te pongas dramática, mamá, que todavía no sabemos lo que ha pasado.
—Pues ahora mismo saldremos de dudas —insistió la abuela—. Se lo pregunto a la cara y a ver por dónde sale.
Cecilia la apoyó sin dudarlo:
—¡Muy bien pensado, abuelita!
Pero fue la madre quien tomó la iniciativa y llamó a Angelina:
—¿Has visto el camafeo de la señora?
Angelina  las miró con enormes ojos de sorpresa y al fin replicó vacilante:
—No, señora. Creo que no lo vi.
—Cómo que crees que no lo viste, ¿qué clase de respuesta es esa? —se mofó Cecilia.
—No, es que yo no sé qué es camafeo. No sé si lo vi mas creo que no.
—Nos está tomando el pelo —opinó Cecilia cortante.
La madre decidió poner fin a la conversación. No le gustaba el derrotero que estaba tomando y quiso intentar algo distinto:
—Nosotras vamos a seguir buscando el camafeo. Tú, Angelina, vuelve a tus tareas, pero mientras limpias procura poner cuidado por si lo encuentras. Seguro que antes de mañana aparece.
—Eso espero, hija, eso espero —expresó entre sollozos la abuela—. Vamos a buscar en el baño por si acaso.
Fue un día caluroso y triste. Angelina sentía todas las miradas clavadas en ella, acusándola de haberse quedado con algo que ni siquiera sabía lo que era, y Paloma se había ido a casa de una amiga, por lo que no podía recurrir a su ayuda como otras veces. Cuando al fin llegó la noche y se retiró a su cuarto, ya sabía lo que había de hacer aunque la asustara.
Sacó del armario su maleta verde y la abrió. En su interior guardaba el dinero que iba ganando y sus pertenencias más preciadas, como un huipil bordado que le tejió su mamá de niña. Envuelta en él había una cajita cuadrada y oscura de madera olorosa que colocó con cuidado encima de la cama. Después permaneció inmóvil sentada a su lado, contemplándola sobrecogida. «Esta caja parlante de san Miguelito que te doy siempre dirá la verdad. No es mentirosa ni enredadora, no más hay que saber hablarle», había manifestado su abuela cuando se la regaló antes de viajar a España. «Para ti la hice y solo a ti responderá. Háblale con delicadeza, pregúntale buenas razones, no la uses como juego, pues». Angelina nunca había recurrido a ella y le daba miedo porque recordaba bien los peligros que entrañaba: una vecina de un pueblo en el que habían vivido llegó un día gritando ante las autoridades para pedir justicia por su hijo al que había dado muerte un amigo y luego arrojado a un barranco. Cuando le preguntaron cómo lo sabía, respondió que había acudido a su caja parlante para conocer su suerte, pues estaba intranquila porque hacía dos noches que faltaba de la casa. Esta le había comunicado la triste nueva, el motivo, que había sido el robo, y el nombre del asesino. Ulpiano Chic, que así se llamaba el acusado, no supo defenderse, y la gente encolerizada empezó a apedrearlo. Lo hubieran matado si no llega a aparecer el difunto y se une a los demás en el castigo. «¿No es este el asesinado, no es el muertito, pues?», preguntó alguien al verlo arrojar piedras con tanto entusiasmo, y la madre lo reconoció de inmediato y quiso saber si era alma en pena por no haberlo enterrado. «No, mamá, vivo estoy, no más que muy tomado», respondió con voz pastosa mientras se palpaba tambaleándose. Una tremenda borrachera había sido el motivo de su desaparición.
Angelina suspiró y cerró los ojos antes de extender las palmas de las manos sobre la suave madera tibia. Aspiró su aroma y después, sin apresurarse, comenzó el interrogatorio con preguntas sencillas de las que conocía la respuesta con objeto de poner a prueba la caja, y así fue avanzando paso a paso, asentando certezas, hasta que tuvo conocimiento de lo que había ocurrido con el camafeo perdido. Cuando volvió a guardar en la maleta la caja parlante protegida dentro del huipil, se topó con el envoltorio que le había entregado meses atrás doña Virtudes antes de morir, pero estaba tan inquieta por lo que acababa de descubrir que no sintió deseos de curiosear su contenido.
Pasó la noche en vela cavilando cómo resolver la situación sin tener que dar cuenta de sus averiguaciones. Cuando parecía que iba a quedarse dormida, la desvelaba el despertador que le hacía burla repitiendo «tic tac triste estás, tic tac triste estás», primero despacio y luego más deprisa, hasta que Angelina se tapaba la cabeza con la almohada para no escucharlo. Llegó la temida hora de levantarse y sentía un calor abrasador, a pesar de la brisa del amanecer que entraba por la ventana. No hablaría, decidió. Se afanaría en sus tareas como todos los días y a lo mejor nada sucedía.
Acababa de preparar el desayuno cuando apareció Paloma en la cocina.
—Hola, Angelina —la saludó alegre—. Ayer lo pasé muy bien con mi amiga y hoy vamos a ir a la piscina.
—Qué bueno, niña —le respondió mecánicamente.
A continuación se presentó el padre, ajustándose la corbata. Bebió una taza de café, se despidió con un beso de la niña e indicó:
—Angelina, recuérdale a mi mujer que no me espere, que no vengo a cenar.
Paloma estaba hambrienta y mojaba con deleite galletas en la leche con cacao, mientras Angelina separaba la ropa para poner una lavadora. Las cosas parecían marchar bien, hasta que entró la abuela en camisón con el rostro crispado. Blandiendo amenazadora el bastón con empuñadura de plata desde el quicio de la puerta, gritó:
—Angelina, ¿qué ha sido de mi camafeo?
La joven permaneció callada e inmóvil, con la mirada baja, y la anciana exclamó de nuevo:
—¡Exijo que me contestes!
Llegaron Cecilia y su madre, alertadas por las voces, y trataron de calmarla sin conseguirlo:
—¡Tú lo robaste, confiesa!
Entonces Angelina levantó la cabeza y, señalando con los labios, respondió humilde:
—No, señora, yo no fui. Ellita fue.
La sorpresa cedió paso a la indignación. No cabía duda de que era a Paloma a quien señalaba. El rostro de la anciana mostraba una cólera tan desmedida que su hija se asustó, la cogió del brazo y la obligó a sentarse.
—Tranquilízate, mamá, te vas a poner mala —le advirtió.
Angelina permanecía quieta, sujetando con una mano la camisa que iba a meter en la lavadora. Paloma miraba a su abuela entre sorprendida y asustada, y Cecilia le tendió un vaso de agua para que se le pasara el sofoco. Pero la anciana lo apartó con su mano huesuda y exclamó:
—¡Qué desfachatez, acusar a mi nieta del robo!
Paloma se defendió:
—Abuelita, yo no te he robado el camafeo...
—Ya lo sé, bonita, ya lo sé —la interrumpió la anciana.
—...Tú me lo regalaste. ¿No te acuerdas?
Se hizo un silencio repentino y hubo un cruce de miradas. La madre preguntó:
—Paloma, ¿tienes tú el camafeo?
—Que sí, que ya os lo he dicho. La abuela me lo regaló hace mucho, no me acuerdo cuándo, y lo tengo guardado en el cajón de la mesilla. Me lo dio porque ella ya no se lo ponía por el peso. Es mi herencia, la abuela me lo dijo.
—Ve a buscarlo, hija —le pidió la madre.
Paloma salió corriendo y volvió al poco con una cajita de terciopelo verde:
—Aquí está.
La madre la abrió y apareció el blanco perfil tallado en el ónice de la dama tocada con sombrero de plumas.
—Trae acá, hija, déjame revisarlo —solicitó la abuela. Lo sacó de la caja con manos vacilantes y estiró mucho los brazos para verlo con los ojos entrecerrados, pues no tenía las gafas de cerca—. Es precioso. ¿Os habéis fijado lo fina que es la talla? Es como si la dama fuera a darse la vuelta para saludar, eso decía mi madre, que en gloria esté.
—Solucionada la pérdida, ahora desayunad todas en paz —resolvió la madre, besando a la abuela—. Me voy, que ya llego tarde. Portaos bien. Si pasa algo, me llamáis a la oficina.
—Vete tranquila, hija, que Angelina me servirá un café con tostadas. Hay que ver con qué hambre me he levantado...
Doña Mercedes comió con gusto acompañada de sus nietas, con la cajita del camafeo al alcance de la mano, y cuando terminó, mientras se limpiaba la boca con la servilleta, comentó:
—Cecilia, llevo tiempo queriendo hablar contigo, pero como nunca estás en casa... Mira, a ver qué te parece —le acercó la cajita, empujándola sobre la mesa con mano insegura—. Ábrela.
Su nieta puso cara de asombro pero enseguida le siguió la corriente. Apretó el botón dorado, subió la tapa y apareció la joya.
—Es un camafeo precioso, abuela.
—Me alegro de que te guste. Me lo regaló mi madre cuando me casé y hace varios días que lo llevo encima para dártelo. Es tu herencia por ser la nieta mayor.
Paloma y Cecilia cruzaron una mirada.
—Gracias, abuela —dijo Cecilia y le dio un beso—. Lo voy a guardar en el joyero de mamá para que no se me pierda.
Nadie volvió a hablar del asunto en la casa, pero a Paloma no se le iba de la cabeza. Le intrigaba cómo había sabido Angelina que ella guardaba el camafeo y en su mente fue creciendo una sospecha. Como no dejaba de vigilarla, la joven acabó percatándose.
—¿Qué fue, niña, qué te traes conmigo?
Paloma le contestó con otra pregunta:
—¿Cómo supiste que yo tenía el camafeo?
Y Angelina trató de evadirse:
—No más supe.
—Pero cómo, anda, cuéntamelo, que no se lo digo a nadie.
—Con mi caja de san Miguelito —cedió al fin Angelina y le explicó en qué consistía.
—¡Estaba segura! —exclamó Paloma excitada cuando concluyó—: Tus papás muertos, la cicatriz de tu frente, el viaje a España... Ahora que lo pienso, o te has equivocado o es que en España hay otra escuela como la de Londres... ¿Tienes que ir a una estación de tren?
 —Ay, niña, no entiendo qué hablas.
—¡Harry Potter, eres igualita!
Pero como Angelina parecía ajena a cuanto le decía, Paloma le explicó la historia del niño aprendiz de mago y las similitudes que guardaba con la suya.
—No, mi niña, me apena desilusionarte mas en nada nos parecemos. A mi papá lo mataron los militares por no aguantarse y querer defender sus derechos pisoteados y mi mamá murió del sufrimiento porque era pobre y nadie la ayudó. Yo tengo esta cicatriz junto al ojo porque me caí de chiquita contra una piedrota y mi abuelita me cosió con tres puntos de hilo rojo. Ve, aún se notan. Y también fue mi abuelita quien me envió a España, pero no a estudiar en una escuela de magia, sino a enderezar mi suerte torcida, a mejorarla pues.
—¿Tu abuela es maga? —insistió la niña.
—Es ilol, curandera, pues. Pero no fue a ningunita escuela. De brujas tampoco. No conoce las letras pero sabe mucho del cielo, de la tierra, del agua, de las plantas, y aprendió ella solita y de otras mujeres que la quisieron enseñar. Allá de donde vengo es así.
—Entonces, ¿tú no vas a ir a una escuela de magia? —reiteró algo desilusionada Paloma.
—No, mi niña. Acá me quedaré contigo.
—Ya sé. Te enseñará tu abuela.
—Así mero —aceptó Angelina—. Ven acá a la ventana. ¿Qué ves?
—Las estrellas.
—¿Sabes qué son?
—Cuerpos celestes que brillan con luz propia —recitó Paloma de corrido.
—No, mi niña, eso está bien para tu escuela. Mi abuelita me enseñó otra verdad, ¿quieres saberla?
—Sí.
—Dicen que el cielo es muy lindo, por algo es la gloria, pero cuando alguien muere y sube allá, piensa en sus hijitos, sus papás, sus amigos, lo que dejó en la tierra, y le hace tanta falta que abre un hoyito para mirar abajo. Por el hoyito se escapa la luz celestial, y nosotros desde acá lo llamamos estrella. La de mi mamá estaba por aquel lado, cerca del lucero; duró harto tiempo, hasta que san Pedro le dio sus alas y dejó de mirar para aprender a volar entre las nubes.
—¿En serio?
—En serio. No más que es secreto. No lo vayas a contar.

© Carmen Martínez Gimeno


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viernes, 20 de septiembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 7)

novela por entregas
No, las niñas del siglo XXI ya no se visten así. La Paloma de mi novela no lleva sombrero ni trajes oscuros, pero sí tiene una carita tan dulce como la modelo de este retrato pintado por Cecilia Beaux en 1909-1910. 

Los niños son protagonistas de buena parte de este capítulo. La trama sigue su curso...




CAPÍTULO 7

C
ANTAN los gallos a la aurora, y el hijo de Melva se rebulle buscando su alimento. Doña Chona se levanta de la cama que los tres comparten y enciende el fuego para calentar el café. Luego saca las migas de pastel que todos los días reserva para su protegida de los recortes que vende por las calles en una bandeja de madera pintada de blanco, sujeta al cuello por una tira ancha de lona: las migas sueltas, en cucurucho; los trozos, sobre un papel de estraza. Melva ha de alimentarse para que al niño no le falte su leche.
Cuando salen a la calle, ya hay muchas personas que ocupan las estrechas aceras, indios que corren bajo el peso de su carga, niños que arrastran los pies camino de la escuela, mujeres con su cesta que se dirigen al mercado y dos finqueros, fusta en mano y  mirada insolente, que marchan juntos pisando fuerte. Doña Chona y Melva bajan a la calzada para cederles el paso y avanzan sorteando los charcos. Tienen que llegar temprano a casa de doña Clovis la prestamista, pues hoy es día de colada y ha contratado a Melva para la tarea. Así se ganará su sustento.
La puerta de la calle está abierta, y una sirvienta regatea con una vendedora el precio de diversas verduras que sobresalen de una canasta. Al verlas, le dice a doña Chona que no hubo noticias de España y que pasen adentro, y prosigue con su minucioso trato. La cocina es una habitación amplia que huele a especias y a cebolla recién cortada. De las paredes cuelgan recipientes de barro y sobre una extensa mesa de madera tosca hay una gallina con el cuello retorcido a punto de ser desplumada. Borbotea el agua de una enorme olla puesta al fuego.
—Allá está la ropa —indica la cocinera con la cabeza y los labios mientras agarra del pescuezo al ave—. Son sábanas y manteles, piezas finas, no las vayas a malograr.
Doña Chona ayuda a Melva a trasladar la ropa hasta la pila del patio donde tendrá que lavarla sobre una tabla de madera. La joven escoge la primera prenda, un mantel bordado con girasoles amarillos, y luego coloca a su hijo sobre el montón restante para que siga durmiendo mientras ella trabaja.
La cuesta que conduce a la confitería se le antoja a doña Chona más larga que de costumbre y tiene que detenerse a descansar apoyada en la pared de una tienda. «La vela se acaba», reflexiona pesarosa mientras respira hondo para recobrar el aliento. Del interior le llega el olor a tela nueva, recién teñida, y un rumor de voces.
Una mujer que ha seguido sus pasos por la pendiente se detiene a su lado:
—Vea, doña Chona, la señora Isaura me manda a preguntarle si no querría rezar en los cerros por la niña Clara.
—¿Qué tiene, pues?
—No aguanta el dolor de su pie desde ayer que la revolcó el perro blanco mientras lo paseaba.
—Rezaré por ella —asiente la anciana—. Pero que guarde cama hasta que cambie la luna y esta tardecita vienes a mi casa para que te dé unas hierbas, no se vaya a quedar coja la niña.
La mujer se lo agradece y se despide con un apretón de manos en el que desliza un billete. Doña Chona lo recibe impasible y no lo mira hasta que está sola. «Veinte quetzales, bien comienza la mañana», se regocija mientras se santigua con él y lo guarda entre los pechos bajo su huipil.
Cuando llega a la tienda, la confitera ya tiene separados los recortes de pastel que vende doña Chona. Abundan hoy los de chocolate y los de canela, se alegra al recibirlos, y dispone enseguida la mercancía en la bandeja. Quiere llegar a tiempo para ofrecerla a los alumnos de las escuelas porque sabe que son sus preferidos.
—¿Cuánto por este, marchantita? —le pregunta un flacucho mal vestido y descalzo mientras espera apoyada en una esquina a que pase un autobús para cruzar la calzada.
—Nada más cinco centavitos, marchante —responde amable doña Chona.
El niño saca del bolsillo unas monedas y las cuenta con parsimonia.
—No me alcanza —murmura al acabar.
—Vete a la escuela, otro día me compras.
El niño niega con la cabeza:
—No, para qué voy, si mi pancita no me deja pensar.
Es tan triste su mirada que doña Chona coloca en un trozo de papel el pedazo elegido y se lo tiende:
—No te quiero engañar, marchante. Está duro, no habrá quien lo quiera...
El flacucho le regala una sonrisa sin dientes y sale corriendo con su tesoro.
Las once da el reloj del campanario. Demasiado tarde para dirigirse a la escuela, así que doña Chona enfila la larga cuesta que conduce al mercado. Sus pasos son lentos pues le pesa la carga, pero por fin llega y se acomoda sobre una piedra, con la bandeja sobre las rodillas, a la sombra de una ceiba de inmensa copa, junto a un grupo de indias que tejen sus vistosas labores en telares de cintura, sentadas sobre las piernas, mientras conversan en su lengua arcana de sonido nostálgico. Algunas se le acercan para apreciar su mercancía y hasta le compran un cucurucho de migas baratas que comparten entre risas golosas.
Los puestos están muy concurridos. Los turistas se detienen ante las indias que brindan su artesanía colocada sobre una manta, atraídos por la belleza de los bordados y la fina hechura de la cerámica. Sobre el rumor de voces de los tratos se alzan los golpes secos de los cuchillos con que destazan las reses los carniceros espantando moscas, y por encima de estos, dominándolo todo, se escucha el gorjeo incesante de los cientos de pájaros habitantes en los frondosos árboles que circundan la zona.
Doña Chona está intercambiando un recorte de pastel de crema por una gelatina de vainilla con otra vendedora ambulante, cuando la interrumpe Melva.
—¡Hubo noticias! —exclama alegre—. Me manda la señora Clovis para que sepa que habló Angelina de España.
Primero es sorpresa, luego inquietud y por fin contento. Su nieta se encuentra bien, tiene trabajo y vive bajo un buen techo. Y además le va a escribir una carta.
—En el tiempito que fuiste a la escuela, aprendiste a leer, ¿no es cierto, Melva?
—Más o menos, doña Chona. Como su nieta, pues.
—Bastará para que me leas su carta. Doña Clovis se ofreció, pero tú eres de mi confianza y no te incomodarás cada vez que desee escucharla de  nuevo.
La carta. Antes de mudarse a la casa de Estrella Polar, Angelina había gastado sus últimas monedas en llamar desde un locutorio a Guatemala pero apenas consiguió hablar, por eso anunció que la escribiría. Maldito don Odilón, si no la hubiera abrazado para besarla en la boca cuando quiso despedirse, doña Charito tal vez habría aceptado devolverle el dinero por los días que ya no iba a ocupar el sofá, pero entró en el salón justo cuando su marido la apretaba contra su gruesa barriga, y la agarró de los pelos, india ofrecida, puta, le gritó arañándola, malagradecida, fuera, fuera, que el diablo se te lleve por felona, y la echó de su casa a empujones y patadas.
Tenía que escribir la carta, se proponía Angelina a diario, aunque eran tantas sus ocupaciones que no encontraba el momento de sentarse a intentarlo. Una tarde, mientras planchaba, vino a buscarla Paloma.
—Ya he terminado los deberes. ¿Me llevas al parque?
—No puedo, mi niña. Mira cuánta ropa.
—Pues te ayudo —le ofreció—. ¿Qué quieres que haga?
La joven no dudó:
—¿Me escribirías la carta para mi abuelita? Ha de estar esperándola y ya compré el sobre para enviarla.
Paloma aceptó aunque advirtió:
—Yo no sé escribir en papel sin cuadros. Me tuerzo. Solo me salen bien las letras en las hojas de mis cuadernos.
—¿Y querrás prestarme una?
—Claro —replicó, cogiendo su cartera y sacando una libreta azul que abrió por la mitad—. Ya estoy preparada. Dime qué pongo.
Angelina se quedó pensativa. Era la primera carta que redactaba en su vida.
—Explícale de la casa, del jardín; cuéntale que aprendí a planchar, a cocinar, a ocuparme de los quehaceres. Dile cómo es tu abuelita, tu mamá, cómo eres tú y tu hermana grande. Que a tu papá no lo conozco todavía porque anda viajando.
—¡Pero cómo lo pongo! —la interrumpió Paloma—. Me tienes que decir cómo porque yo así no sé. Primero hay que empezar «Querida abuela Chona», dos puntos, y aparte contar las cosas. Así escribo la carta de los Reyes Magos.
—No te entiendo, mi niña.
—Espera. Vamos a pedirle a mi hermana que nos ayude. Está estudiando en su cuarto.
La encontraron hablando por teléfono. Estaba sentada de espaldas en su habitación, con la puerta abierta, y no las vio.
—...una ONG, papá, nos hemos convertido en una ONG, ya lo verás cuando vengas. Que no, que no exagero. Es una india guatemalteca con unas pintas y una mirada de loca... En cuanto le dices algo, te mira abriendo los ojos de una forma...
No llegaron a entrar en la habitación por no interrumpirla. Volvieron a la cocina y Angelina prosiguió planchando en silencio.
—¿Seguimos con la carta? —propuso Paloma.
Angelina no contestó. Pasados unos minutos, preguntó:
—¿Tengo ojos de loca?
—No —respondió tajante Paloma—. Lo que pasa es que mi hermana es tonta.
—Allá en Guatemala, cuando era chiquita, me decían que tenía ojos de española, y a mí me gustaba. Por eso los abro tanto, para que se den cuenta de que soy como ustedes.
—¿Y cómo son los ojos de española?
—Así como los tuyos y los de todos por acá. No achinados como los de los indios.
Paloma no comprendía lo que quería decir. Para ella los ojos eran todos iguales; no notaba diferencias más que en el color.
—Vamos a escribir la carta, ¿quieres? —insistió para cambiar de tema—. A ver, ya empiezo:
Querida abuela Chona:
Se estancó de nuevo pero enseguida tuvo una inspiración:
—Voy a redactarla como la carta de los Reyes Magos, que es la única que sé escribir.
Angelina aceptó, y Paloma escribió:
Soy tu nieta Angelina y vivo en España en la calle Estrella Polar número 7. Me encuentro bien y trabajo mucho. Sé hacer lo que me mandan, que es lavar y planchar y arreglar la casa, y cuidar de la abuela y de Paloma. Las personas de esta casa me quieren mucho. Son la madre y el padre que está de viaje, la abuela Mercedes y las dos hijas, Cecilia y Paloma.
No se le ocurría nada más. Pero a instancias de Angelina, añadió:
Pues que sepas que esta ciudad llamada Madrid es muy grande, más que Quezaltenango y que la misma ciudad de Guatemala, pero no hay volcanes ni montañas ni campo.  Miras una calle y no más ves casas y casas que no acaban, no como allá que al fondo están los prados y las montañas. Sí hay parques como el llamado del Retiro. Abuela Chona, te extraño mucho, probé la horchata de chufas, el jamón y el chorizo. La comida es rica y aprendí a hacer paella que es con arroz. Yo te contaré otras cosas cuando nos veamos.Cariños de tu nieta Angelina
Tienes que firmar —indicó Paloma.
Y la joven lo hizo con letra vacilante de persona poco acostumbrada. Luego releyó varias veces la carta y, como le pareció bien, se la dio a Paloma para que la doblara y la metiera en el sobre. A continuación escribió las señas y cuando Angelina hubo terminado de planchar, se acercaron al estanco para comprar el sello y la depositaron en el buzón amarillo del servicio de correos.
Desde que llegó, todas las noches, antes de acostarse, pide doña Chona a Melva que relea la carta. Casi se la sabe de memoria y repite con pelos y señales a sus conocidos las noticias cada vez que le preguntan. Pero le queda la inquietud de esas otras cosas que solo le contará su nieta cuando se vuelvan a ver.


© Carmen Martínez Gimeno


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jueves, 12 de septiembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 6)

descubrimiento de AméricaLa abuela de Angelina tiene sus motivos para separarse de ella. En este capítulo se empiezan a descubrir y por fin la conocemos. Se llama doña Chona, que es uno de los nombres hipocorísticos de Asunción, como Lola lo es de Dolores, Pepa de Josefa o Chole de Soledad. En otro momento hablaremos de las particularidades de dichos nombres y de sus distintos usos según los países.  Por ahora hemos de dar voz a doña Chona que, ajena a esas disquisiciones lingüísticas, aguarda paciente noticias de su nieta. ¿Las recibirá? 


CAPÍTULO 6

S
ABE doña Chona que la vida son recuerdos y esperanzas. Y a su edad los primeros no le faltan: su memoria está enredada de añoranzas que se desmadejan para endulzarle la boca, pero también de espantos capaces de devorar su sueño en noches inacabables. Esperanzas, en cambio, no le sobran porque todas las depositó en Angelina. «Allá va la vieja pelona, qué habrá sido de sus trenzas», murmuran a su paso quienes la observan con recelo por su empeño de enviar a su nieta a España, pero ella no se arrepiente aunque la eche tanto en falta. El tiempo se le agota, bien se lo advirtió san Pedro cuando le mostró su vela en sueños: «Apúrese a resolver lo que le falte porque el cabito se consume».
No le causó miedo conocer la cercanía de la muerte, al fin ya había vivido una existencia larga y sentía los huesos cansados, pero sí le afligió dejar abandonada a Angelina, que a nadie más tenía en el mundo. No, ella no podía partir sin resolver su porvenir. Como necesitaba más tiempo, compró a escondidas un trozo de vela semejante a la que le había enseñado san Pedro y se la guardó entre la ropa. Las noches siguientes se esforzó en soñar con el portero divino y no cejó hasta que al cabo de las semanas lo consiguió: san Pedro la recibió de nuevo en la sala alumbrada por millones de velas blancas, algunas recién prendidas, con la llama diminuta apenas centelleando, otras a punto de apagarse chisporroteando en un charquito de cera. Doña Chona habló y habló al santo hasta que consiguió que cerrara los ojos arrullado por sus suaves palabras pues, viejito al fin, se adormecía con facilidad, y corrió entonces a arrancar su cabito para añadirle el trozo de vela que había traído. Al hacerlo se rompió las uñas y se quemó los dedos, por lo cual tuvo que ocultar las manos al despedirse, pero san Pedro continuaba aletargado y no se percató de lo sucedido.
Doña Chona había ganado tiempo, aunque no demasiado. Por eso, cuando la carnicera del mercado le enseñó el anuncio del periódico donde se hablaba de la posibilidad de viajar a España, se empeñó en convencer a Angelina para que lo intentara. Y ahora ansía que lleguen noticias para morir tranquila cuando le toque, sabiendo que su nieta está a salvo, bajo un techo y viviendo una vida mejor de la que le habría correspondido si no se hubieran separado.
Una neblina azulada cubre la cumbre de los volcanes y el sol apenas despunta cuando doña Chona acude a casa de la señora Clovis la prestamista, como todas las mañanas. ¿Cuánto hace que se marchó Angelina? Ya cumplió el mes, calcula, enseguidita sabré de ella. Pero no, hoy tampoco hubo suerte, le asegura una sirvienta que riega las plantas del jardín.
—Mañana será, pues —se resigna la anciana.
Camino de la confitería donde recogerá los recortes de pastel que vende para ganarse la vida, se topa con un grupo de turistas que se dirigen a visitar la iglesia, rodeados de niños pedigüeños. Doña Chona los sigue con la mirada mientras suben las gradas en las que se acuclillan más figuras quejumbrosas. Una de ellas aprieta un bebé dormido contra su regazo. La anciana se sorprende al reconocerla:
—¡Melva! ¿Qué pasó? ¿Qué haces por acá?
La joven se levanta y baja la cara avergonzada:
—Nada más me senté a descansar, ya me tengo que ir.
—Espera, ¿ya tuviste un hijo?
—Sí, ya me casé.
De eso está enterada doña Chona y recuerda bien cómo sucedió. Vivían en la misma finca cafetalera de Retalhuleu, y Melva era amiga de su nieta. Las dos iban a la escuela, pero los muchachos ya las miraban y les decían sus requiebros. En la fiesta de la primavera, Melva se dejó robar por su enamorado y luego la madre no tuvo más remedio que aceptarlo. Lo mismo había hecho años atrás su hijo con Margarita, la madre de Angelina, solo que ella no lo aprobó. Cuando la trajo a su casa, no les invitó a pasar y en la puerta les dijo: «Obraste sin respetar la costumbre, por no aguardar a tener con qué atender los gastos del compromiso. No seré yo quien le dé su casa a tu esposa. Búscasela tú, ya que tú fuiste quien te la robaste sin mi consentimiento». Aunque desde entonces su hijo le retiró la palabra, su nuera le había llevado a su nieta cuando nació para que la conociera porque era buena mujer.
Melva pretende alejarse, pero doña Chona la retiene:
—¿Dónde está tu esposo?
—Quién sabe. Vivíamos en nuestra choza, no estábamos ricos, pero teníamos nuestra cama, nuestra mesa, nuestras cositas, pues. Estábamos tranquilos, felices. Pero cuando me creció la panza se amohinó y pasaba las horas cavilando, hasta que se despidió diciendo que iba a buscar un buen trabajo para mejorar, y ya no regresó.
—¿Y tu mamá no te ayuda? ¿No te recogió?
—No puede, su marido no quiere. Ya ve que volvió a casarse. Pero me manda ropita para mi chiquito y algunos centavitos, lo que alcanza, pues. Ya ve que tiene muchos hijos, muchas bocas que atender.
—Vente conmigo —le ofrece doña Chona.
Ese era el destino que había querido evitar con el viaje de Angelina a España. Cuando robaron a Melva, muchos le dijeron que Angelina sería la siguiente, pues ya le correspondía. Hasta el capataz de la finca le había ordenado que la enviara a la casa de los dueños porque ya estaba grande para asistir a la escuela. Pero esta vez doña Chona no se doblegó y se marchó con su nieta a Quezaltenango, donde también había acabado Melva, abandonada a la caridad de los viandantes.
—Vente conmigo —repite la anciana, agarrando a Melva del brazo—. Te recogeré como si fueras mi nieta.
Melva se resiste e intenta soltarse.
Igual que Angelina, a miles de kilómetros de distancia al otro lado del océano.
No quería hablar con el jefe de Marcela, no quería mirar sus ojos de ave rapaz que ya la habían intimidado cuando lo conoció en el club. Sorda a sus halagos, intentaba encontrar una excusa para que la dejara marchar.
El hombre insistió:
—Una chica guapa como tú se merece vivir bien. Conmigo podrías llegar muy lejos.
Angelina respondió al fin para librarse de la mano que la atenazaba:
—Sí, lo voy a pensar. Está bien, yo lo aviso con Marcela.
El hombre escupió desafiante antes de soltarla:
—Te voy a creer. Sé dónde vives. Tú verás lo que te conviene.
Angelina asintió con la cabeza y se alejó deprisa. Qué bueno que regresaba a su país, se dijo, que bueno que al fin había resuelto darse por vencida. En ese punto le dio un vuelco el corazón. Después de tanto esfuerzo, volvería como se había ido, con su maletita verde y poco más que ofrecer a su abuela. Qué le diría, cómo le explicaría que acá la vida no era como la pintaban, que todo era caro y nadie regalaba nada, que no era fácil encontrar trabajo y mucho menos que te pagaran. «¿Y tan pronto te rendiste?», le expresarían sus ojos aunque su boca callara. «¿No recuerdas cómo murió tu papá, cómo murió tu mamá y cómo peleamos tú y yo para aguantar vivas? ¿Cuántas veces huimos de un pueblo porque sentimos miedo, cuántas noches dormimos abrazadas en el monte bajo las estrellas? ¿Ya te diste por vencida?». No, decidió Angelina. Aún no. Primero tendría que crecerle el cabello, reflexionó mientras lo acariciaba con la mano. Ese sería el plazo que se daría para mejorar su suerte.
Se dirigía al supermercado por si le volvían a mandar limpiar el horno, cuando vio en un quiosco una revista donde aparecía desnuda en la portada la exuberante chica que había salido en la televisión afirmando ser la salvadora del bebé abandonado en el Retiro: «Adelita abre su corazón», decía el titular. Entonces le vinieron a la memoria las palabras del hombre a quien había entregado al niño: «Quiero que sepa que puede recurrir a mí si se encuentra en dificultades». Nada perdía con ir a verlo.
Tomó el metro hasta la estación de Retiro y repitió el recorrido que había efectuado corriendo con el recién nacido en los brazos. A la luz del día no le costó dar con la puerta que le habían abierto esa noche angustiosa. Pero estaba cerrada. Tocó al timbre y aguardó.
—Pasa —la invitó sonriente el mismo hombre que apareció al fin.
Obedeció y penetró en la habitación que recordaba repleta de estanterías metálicas y cajas de cartón. El hombre la empujó suavemente hacia un pequeño despacho y cerró la puerta una vez que entraron. Sentados con un escritorio de por medio, el hombre informó ante el silencio de Angelina:
—El bebé está muy bien. Sano y fuerte. Lo cuidan como merece y pronto tendrá padres adoptivos que lo querrán y lo criarán.
Angelina sonrió y asintió con la cabeza. El hombre prosiguió:
—Ahora cuéntame de ti.
Angelina abrió mucho los ojos pero no rompió el silencio. El hombre dijo que era el encargado de una ONG y le preguntó de dónde era, cuánto tiempo llevaba en España, con quién vivía y a qué se dedicaba. Poco a poco Angelina le fue respondiendo.
El hombre se admiró de su valentía con tan pocos años:
—Opino que aún eres muy joven para trabajar. Deberías estudiar, aprender algún oficio tal vez, para que te sea más fácil ganarte la vida en el futuro.
Angelina negó con la cabeza a la vez que manifestaba:
—Aquí es otro modo.
El hombre no comprendió sus palabras. Angelina se explicó:
—Lindo es prepararse para el futuro, pero los pobres no podemos. Si yo ahorita no trabajo, ¿quién me mantiene? El hoy está aquí; el mañana, ¿quién lo verá? No, yo no tengo futuro, no más el día de hoy para ganar mis centavitos y que no me saquen de la casa de doña Charito y me alcance para comer siquiera un poco. No más eso.
—Pero tú misma afirmas que tu abuela te mandó aquí para que disfrutaras de una vida mejor. Para que prosperaras.
—Así fue, señor. Mi abuelita quería protegerme como se protege a un hijo, dándome lo bueno de su corazón, y me envió a España pensando que acá la ley me cuidaría para que no me maltraten, no me den susto, no me hagan sufrir, pensando que viviría segura, trabajando por mi gusto y ganando bien, porque ustedes tienen derechos humanos.
«Derechos humanos», repitió mentalmente el hombre, impresionado por lo que acababa de escuchar.
—No es la mejor solución, pero por ahora no se me ocurre otra —dijo tras unos momentos de vacilación—. Conozco a una familia que está buscando una persona para que atienda a la abuela y a la nieta pequeña. ¿Te interesaría el puesto?
Angelina asintió, y el hombre buscó la agenda para llamar por teléfono. Cuando hubo concluido la conversación, recalcó:
—Ya has escuchado. Has de presentarte esta tarde a las seis en esta dirección —la escribió con letras mayúsculas en el reverso de una tarjeta y le explicó cómo llegar.
Las seis menos diez. Angelina se hallaba ante la verja metálica de un chalet pareado cubierto de hiedra. Comprobó la dirección que tenía apuntada: Estrella Polar número 7. Sí, esa era la casa, pero no se atrevió a llamar al timbre porque aún faltaba un poco para la hora convenida. Ladró un perro en el jardín vecino y pasaron dos niños risueños montados en patinetes. Las glicinias florecidas despedían su penetrante fragancia. Parecía un barrio tranquilo. Comprobó otra vez el reloj, y el tiempo no corría. Dio unos pasos calle abajo, cada vez más asustada. A las seis menos cinco le latía tan fuerte el corazón que le entraron ganas de marcharse, y en ese justo momento se abrió la puerta.
—Buenas tardes —la saludó una mujer delgada con semblante amable—. ¿Eres Angelina?
—Sí, señora, buenas tardes.
—Pasa. Te he visto desde arriba y, como me pareció que dudabas, he bajado. Estas calles están tan mal indicadas...
Angelina la acompañó al interior de la casa hasta un salón, donde ambas se sentaron una enfrente de otra en sendos sofás. La señora le hizo unas cuantas preguntas generales y luego le pidió que esperara porque iba a buscar a su madre, que era de quien debería ocuparse principalmente.
En una mesa baja había una niña escribiendo en un cuaderno que de vez en cuando miraba curiosa. Cuando se quedaron solas, dijo:
—Me llamo Paloma.
—Está lindo tu nombre.
—¿Hablas así porque eres de Guatemala?
—Eso creo.
—Guatemala está en América.
—Así es.
—Cristóbal Colón descubrió América.
—No, mi niña, no la descubrió.
—Sí. Yo lo he estudiado. Fue en 1492.
—No te vayas a enojar, mi niña, pero no fue así. Yo apenitas alcancé a ir a la escuela, pero sí estaba el día en que la maestra explicó bien clarito el viaje del señor Colón. Navegaba con sus tres carabelas buscando un paso para las Indias y se perdió en la mar; ya se moría de hambre con sus hombres cuando desembarcó en las tierras donde habitaban desde antiguo mis antepasados, cultivando sus milpas, cuidando sus animalitos, disfrutando de la vida, pues. Colón se asombró al verlos y no supo dónde estaba, por eso los llamó indios; mis antepasados se asombraron al ver al señor Colón con sus extraños ropajes y tampoco supieron de dónde venía, por eso lo imaginaron un dios. No, Cristóbal Colón no descubrió América, no se puede descubrir un lugar que ya está habitado. Es como si yo ahorita que llegué de Guatemala dijera: ¡Miren, descubrí España!
Paloma la miraba embobada.
—Cuéntame más —le pidió cuando acabó su explicación.
En ese momento entró la señora acompañada de una anciana pequeña, huesuda, que andaba con dificultad apoyada en un fino bastón negro con empuñadura plateada.
—Parece que habéis hecho buenas migas —comentó la señora.
Angelina no entendió la expresión pero sonrió y se levantó para saludar a la recién llegada. Le hicieron más preguntas y le hablaron de sus obligaciones en la casa y del sueldo que ganaría.
—Paloma, ¿quieres enseñarle su habitación? —preguntó la anciana.
La niña se levantó de inmediato, y Angelina la siguió.
Cuando se quedaron solas madre e hija, la primera señaló, algo contrariada:
—Me parece demasiado joven. Es casi una niña. No creo que sepa hacer nada.
—Sí, mamá, tienes razón, pero viene recomendada y necesita este trabajo.
—No sé, hija... Desde luego, no se puede negar que con la niña tiene mano.
En ese momento volvieron las dos.
—Sí que le ha gustado, abuela. ¿Se va a quedar a vivir con nosotros? —preguntó Paloma.
—Si está de acuerdo con las condiciones, sí.
—¿Sabes, mamá, que Colón no descubrió América?
La abuela se rio:
—Qué cosas tienes, Paloma.
—Que no la descubrió, porque entonces Angelina habría descubierto España...
—Anda, no digas tonterías.
—Que os lo explique ella —insistió la niña.
Las tres la miraban, y Angelina sintió turbación. No quería perder el trabajo por impertinente, así que con el tono más amable que encontró, expresó:
—Allá en Guatemala decimos que no fue descubrimiento, sino encuentro de dos mundos. Ustedes llamaron Nuevo Mundo al continente que no conocían, y ahora nosotros llamamos así a este al que venimos, como los conquistadores antiguos, en busca de una vida mejor.
—Qué idea tan bonita —afirmó la señora sin prestarle demasiada atención y, acto seguido, añadió—: Bueno, pues si ya lo hemos hablado todo y no hay más que concretar, mañana por la mañana puedes volver con tus cosas.
—Cómo no, señora, aquí estaré.

© Carmen Martínez Gimeno


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viernes, 6 de septiembre de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 5)

No hay mejor introducción para este capítulo que algunas de las hermosas estrofas del poema «Otros hijos nacieron» escrito por el poeta turco Nazim Hikmet: 

Su madre
              me dio un hijo.
Un hijo rubio, sin cejas.
Una bola de luz
                        hundida
                        en sus pañales azules.
Tres kilos pesa solamente.

                  [...]

Cuando mi hijo nació
otros hijos nacieron en Anatolia.
Eran niños de ojos negros,
                               ojos azules,
                               ojos castaños.

Niños aún
               estaban llenos de piojos.
Quién sabe cuántos de ellos
                                  milagrosamente
                                  sobrevivirán.

                   [...]

Pero ese mundo habrá de ser
como una cuna soberbia.
Una cuna que mecerá
           en sus pañales de seda azul
           a todos los niños
                                     negros
                                               amarillos
                                                            blancos.
                                                    
                                          Nazim Hikmet, traducción de Soliman Salom

CAPÍTULO 5

A

PENAS vio el hombre al niño, abrió la puerta que acababa de cerrar y empujó dentro a Angelina. En la habitación repleta de cajas de cartón ordenadas en estanterías metálicas, buscó una sábana blanca y envolvió el cuerpecito amoratado y desnudo de la criatura que ya apenas se quejaba. Angelina no paraba de mecerla, tratando de infundirle el calor que le faltaba.
—¿No sabías que podías dar a luz en un hospital sin arriesgarte? ¿Cómo te encuentras tú? —preguntó el hombre, acercando una silla para que Angelina se sentara.
—El niño no es mío. No más lo encontré.
El hombre la observó incrédulo, y Angelina relató atropellándose cómo había dado con él por casualidad.
—Entonces, tú no necesitas atención médica, solo el bebé.
Angelina asintió con la cabeza. El hombre llamó a Urgencias y pidió una ambulancia.
—Tan chiquito y abandonado al nacer —susurró Angelina.
—Tú no eres su madre, ¿verdad? —insistió el hombre—. Te cuidarán si lo necesitas, igual que a él. ¿Le has dado ya de mamar?
Angelina negó con la cabeza.
—¿No tienes leche? Ponlo al pecho y verás como se agarra. Será la mejor medicina.
Angelina volvió a negar con la cabeza a la vez que declaraba:
—Bien quisiera darle su alimento, pero no es mío, ya le dije.  
—Entonces, el bebé te debe la vida, pues quien lo abandonó lo condenó a muerte. Si encuentran a la madre, puede ir a la cárcel. ¿No sabes quién es?
No dio tiempo a que contestara. A lo lejos se escuchó el ulular de una sirena que se aproximaba. Angelina sintió tal temor que se levantó de un salto, entregó el niño al hombre y corrió hacia la puerta para desaparecer antes de que los médicos vestidos de naranja llegaran. De inmediato auscultaron al recién nacido y lo llevaron a un hospital donde lo metieron en una incubadora. En su ficha habían escrito:

Varón de posible origen latinoamericano. Padre y madre desconocidos. Peso: 3,10 kilogramos. Talla: 48 centímetros. Grupo sanguíneo: B+. Resumen del estado neonatal: Normal.

Fue la noticia de la noche en los medios de comunicación, que entrevistaron a los médicos y al hombre que lo había recogido. Pero de Angelina nadie sabía nada. Muchos supusieron que era la madre y había inventado la historia del parque para encubrir su abandono. Ajena a estos acontecimientos, Angelina vagó un par de horas por las calles antes de tomar el último tren del metro, pues quería asegurarse de que nadie la vería cuando llegara a la casa y se deshiciera de la ropa manchada guardándola en su maleta. Iba a ser la última noche que dormiría en el sofá; al día siguiente se marcharía porque ni siquiera podría entregar a doña Charito los diez euros que había ganado cantando en el metro esa mañana: estaban guardados en la bolsa rosa con cuya cinta había atado el ombligo del niño. Pero no le pesaba. Si se había salvado, merecía la pena haber perdido el dinero.
Apenas pudo dormir, rumiando lo sucedido y sin nadie a quien poder confiarse. Daba vueltas y más vueltas en el sofá, cuando antes de que despuntara el día una de las ecuatorianas se acercó para preguntarle si ya había conseguido empleo.
Angelina musitó que no.
—Mi compañera tuvo que ausentarse por una semana. Si quieres, puedes ocupar su lugar. El sueldo es bueno, no más que el trabajo es pesado, pues doblamos turno.
Angelina se levantó al punto, y en escasos minutos estaban tomando el metro. Mientras le iban explicando en qué consistiría su trabajo en el hotel al que se dirigían, a una de las ecuatorianas le llamó la atención el titular de un periódico que acababa de dejar en el asiento un pasajero al apearse: «SALVADO UN RECIÉN NACIDO DE UNA MUERTE SEGURA». Debajo aparecía la foto de un bebé de abundante cabello oscuro durmiendo en una incubadora de hospital.
La sorpresa de Angelina pasó inadvertida a sus compañeras, que fijaron su atención en la noticia.
—Pobre de la mamá —comentó una—. Habría de ser muy malvada o estar enloquecida de desesperación para abandonar así a una criatura indefensa.
—Miren, acá explica que su salvadora desconocida le ató el cordón umbilical con la cinta de una bolsita de tela rosa que contenía diez euros —relató la que leía.
—Yo creo que sí era la mamá —opinó otra.
A Angelina se le escapó un no tajante que tuvo que explicar:
—¿Por qué iba a hacer eso? No se entiende.
—Ay, muchachita, la vida es más dura de lo que crees. La mamá tal vez está enferma o fue obligada a entregar al bebé sin padre porque se vende en la calle —expresó una.
Otra añadió:
—Quién sabe, a lo mejor lo dio porque es inmigrante sin papeles ni marido que la quiera ayudar. Tal vez ni siquiera tiene un trabajo para alimentarlo. Le dejó los diez euros como regalo al hombre a quien lo entregó.
—Acaso fuera toda su fortuna…
—Escuchen, muchachas, viene la descripción de la joven: «Mediana estatura, piel morena, delgada, cabello oscuro, sin ninguna marca física especial. Vestida con pantalones y camiseta».
—Igualita que tú, Angelina —bromeó una de las mujeres.
—O que yo —intervino otra, distrayendo a tiempo la atención de todas.
Qué corta resultó la semana con trabajo fijo y comida caliente. Las largas horas de limpieza en las habitaciones y los pasillos del hotel acabaron, y Angelina se encontró de nuevo sin más ocupación que cantar en el metro. Sin embargo, ese domingo no logró dar con sus compañeros músicos y decidió pasar la tarde en el parque, oliendo la hierba, mirando el cielo y observando a la gente que paseaba.
Pero el tiempo se torció. Primero fue el olor a tormenta y después llegaron unas cuantas gotas aisladas, gruesas, calientes, que desaparecían absorbidas al tocar el ávido suelo. Un rayo resquebrajó el firmamento, y la gente corrió a resguardarse, pero Angelina permaneció tumbada en el césped: estaba muy a gusto para cambiar de planes por tan poca cosa. Una gota le aterrizó en la nariz, salpicándole la cara y provocándole risa. Era una sensación agradable que le hizo evocar la infancia, cuando acompañaba a su abuela a vender bebidas en la encrucijada donde se detenían los autobuses. Los esperaban tapadas con un plástico amarillo y salían a la lluvia a ofrecer su mercancía. A nadie parecía importarle mojarse más que a los conductores, a quienes tocaba subirse al techo de los vehículos a desatar y entregar el equipaje a los viajeros que habían llegado a su destino. Recordaba bien cómo una vez, bajo un fuerte aguacero, uno de ellos lanzó desde arriba una bicicleta y un cerdo, que rodaron pendiente abajo mientras los campesinos que eran sus dueños se afanaban por alcanzarlos corriendo detrás. El estallido de un trueno la apartó de sus pensamientos. La lluvia se había ido intensificando y comenzaba a empaparle la ropa. No había más remedio que buscar un lugar para cobijarse. Se levantó con desgana y se dirigió hacia el toldo de una terraza. Tenía dinero, así que podía sentarse a beber algo mientras escampaba.
—Te pilló el chaparrón —comentó el camarero cuando se acercó a atenderla, mientras limpiaba la mesa con la bayeta que en otro tiempo había sido blanca.
Pidió un refresco y una ración de patatas fritas. Se daría ese capricho, ya que por fin había saldado su deuda con doña Charito y hasta le quedaba dinero para pagar dos semanas más de estancia en la casa.
El camarero había encendido la televisión, y Angelina vio asombrada cómo entrevistaban a una chica que afirmaba haber encontrado al bebé abandonado en el parque del Retiro. Le dio un vuelco el corazón. La chica parecía sincera al explicar que había huido porque no tenía papeles y había temido que la policía la expulsara. Daba la cara al fin para que no la siguieran buscando.
Habló a continuación el hombre a quien ella había entregado al bebé:
—Ninguna de las chicas que han aparecido hasta ahora es la verdadera salvadora del recién nacido. Ella sabrá por qué se oculta, pero quiero que sepa que puede recurrir a mí si se encuentra en dificultades.
Angelina no sabía si creerlo.
Cuando llegó a casa de doña Charito, Marcela la mexicana, a quien la dueña estaba ayudando a secar su abundante melena, le informó:
—Ay, chiquita, de buena se libró mi jefe cuando no te contrató. Fíjate que la policía lo interrogó bien feo y le hizo mostrar los papeles de todas sus empleadas. Diz que porque la madre del niño abandonado trabaja en un club.
—¿Vieron la de salvadoras que le salieron al pobrecito? —intervino doña Charito.
—Sí, pero la policía a quien busca es a la madre.
—Y esa no se muestra. Sabe que no le iría bien. Pero las otras aprovechadas aparecen hablando bonito, con su modito dulce, y piensan que van a engañar a todos.
Angelina calló. Recordó que había guardado la tarjeta del club en la bolsa junto a los diez euros y pensó que esa sería la pista que seguía la policía. ¿Y si la encontraban? No, tenía razón Marcela, a quien buscaban era a la madre verdadera, y de eso ella no sabía nada.
—Bueno, mi hijita, ya se ganó su buena platita, pero se le acabó el quehacer. Dígame, ¿ha pensado en qué va a ocuparse? —se interesó doña Charito—. Ya vio que no es tan sencillo encontrar trabajo acá.
—Sí, sí, no tenga cuidado. Ya me dieron razón de unas direcciones donde necesitan ayuda —mintió para aplacarla Angelina.
Al día siguiente madrugó y salió a la calle cuando los porteros recogían los cubos de basura y limpiaban los portales. Fue preguntando uno a uno calle abajo si sabían de alguien que buscara empleada doméstica, como le habían recomendado que hiciera las ecuatorianas, pero todos le respondían lo mismo, que si tenía referencias.
—No, señor —replicaba con una mezcla de dulzura y tristeza.
Ella no tenía de eso, ni siquiera sabía de qué se trataba.
Menos mal que le ofrecieron limpiar las escaleras de dos portales contiguos. Empezaría al día siguiente y cobraría a final de mes. Más animada, reanudó la búsqueda. «Se necesita dependienta con experiencia», leyó en un cartel colocado en el escaparate de una tienda de modas. Dependienta era vendedora, pensó, y vender sí sabía. «¡Traigo tortillas blanquitas, marchantita!», pregonaba de pequeña con su abuela en el mercado. «¡Ororuz para la panza, ulmaria para el corazón!», repetía una y otra vez cuando ofrecían las hierbas curativas que recogían de la montaña. «¡Barato, marchantita, barato!», animaba a las compradoras indecisas. Sí, sabía vender, así que entró decidida en el establecimiento.
Una joven esbelta, vestida de negro, le preguntó:
—¿Puedo ayudarte?
—Vine por el anuncio.
—¿El de dependienta? —pareció extrañarse la joven, mirándola de arriba abajo—. Aún no ha llegado la encargada. Tendrás que volver más tarde.
Angelina sugirió que la esperaría, y la joven replicó que quizá tardara, pero ante su insistencia la dejó junto al mostrador para reanudar con sus compañeras la labor de colocar la ropa de los anaqueles y las perchas. Las clientas comenzaron a gotear. Entraban, apenas saludaban, desdoblaban prendas, escudriñaban aquí y allá, parecían sopesar las cualidades de una tela o un corte, incluso acababan probándose algo, pero al final la mayoría se marchaba sin comprar ni despedirse. Transcurrida casi una hora llegó una mujer de cabello rubísimo y ojos muy pintados. Angelina se figuró de inmediato que era la encargada porque la joven que la había atendido se dirigió hacia ella y cuchichearon unas palabras mientras la observaban.
—Buenos días —la saludó cortante, con el tono de alguien acostumbrado al mando—. Me dice Laura que querías verme para el puesto de dependienta.
Angelina iba a contestar, pero apenas había abierto la boca cuando la encargada continuó hablando:
—¿Tienes experiencia en ventas?
—Sí, señora —se apresuró a replicar Angelina—. Vendí hartas cosas allá en mi país.
—¿Sabes de ordenadores? —prosiguió su examen la encargada.
Angelina vaciló unos instantes antes de afirmar:
—Ay, señora, disculpe, no entendí a la primera la palabra que dijo, pero ahorita sí sé qué me pregunta, porque en este ratito me fijé en el trabajo de las muchachas, eso de los ordenadores, ¿no es cierto? Acomodar las prendas cada cual en su lugar para que luzcan bonito. Sí, señora, creo que sabré hacerlo.
La encargada la miró con estupor.
—No me refería a ordenar ropa, sino a este aparato —replicó, dando una palmada a la pantalla del ordenador que había en el mostrador—. Ya veo que no tienes ni idea de para qué sirve.
—No, señora, pero puedo aprender...
—¿Tienes permiso de trabajo? —continuó impasible el interrogatorio.
Angelina intentó ganársela:
—Eso sí, señora. Mi abuelita me dio su permiso para trabajar hace harto tiempo; desde chiquita yo la ayudo en sus...
La carcajada incontenible de las dependientas interrumpió sus palabras.
—Lo que te pregunta es si tienes papeles —le explicó con condescendencia una de ellas.
Era eso, siempre lo mismo. Los malditos papeles de nuevo. Sintió vergüenza al contemplar las caras burlonas de las que por un momento creyó que llegarían a ser sus compañeras de trabajo. Cuando se dirigía hacia la salida, una le sostuvo la puerta y le sugirió:
—Ve al mercado. Allí dan algún trabajo sin pedir documentación; ya sabes, los papeles.
Y siguió su consejo. Esta vez hubo suerte: el dueño de un supermercado le propuso limpiar el horno de los pollos asados. Angelina aceptó, y de inmediato se puso el delantal y los guantes para comenzar la tarea. La grasa lo impregnaba todo, y había restos de carne chamuscada incrustados en las parrillas. «Frotar y aclarar, ese es el quid de la cuestión», había indicado el dueño, pero por más que se afanaba, el quid se le resistía y no lograba acabar con la suciedad pringosa.
Tardó dos horas largas en conseguir que las paredes del horno recuperaran su brillante color acerado y el cristal fuera transparente de nuevo. El dueño le pagó lo convenido y ya estaba a punto de marcharse cuando la llamó de nuevo por si quería llevar la compra a la casa de una señora:
—El chico que se encarga no ha venido. La señora te dará una propina cuando acabes.
Angelina cargó las bolsas en un carrito y acompañó a la señora por las calles hasta llegar a su piso, donde fue siguiendo sus indicaciones para colocar cada cosa en su sitio mientras ella, sentada en una silla, doblaba meticulosamente las bolsas de plástico vacías y las guardaba con muchas otras en una cesta.
Cuando la despidió en la puerta, le entregó dos euros:
—Aquí tienes, guapa, para que te tomes algo a mi salud.
Eran casi las dos cuando salió a la calle. Devolvió el carrito al supermercado y luego buscó un banco para contar el dinero que había ganado: veinte euros. No estaba mal. Y todavía quedaba mucho día por delante. Comería algo y se iría a cantar con los músicos.
Los encontró en la estación de Sol, pero no parecieron alegrarse con su llegada.
—Ah, chiquita, usted se aparece y desaparece como se le da su gana —le espetó uno.
—No, yo ya les avisé de que hoy venía —protestó Angelina.
—Pues fíjese que ya encontramos cantante —intervino otro—. Es que usted era muy desobligada.
—Ya viene el tren —avisó un tercero, y todos se metieron dentro, dejando a Angelina en los andenes.
Los escuchó anunciar la melodía y los primeros acordes, pero luego los ecos se perdieron en los túneles. Y ahora qué, en qué empleaba el resto del día. No podía andar de vagabunda ni tampoco quedarse en la casa de doña Charito. Cantaría de todos modos, aunque fuera sola, decidió. Pero le dio miedo. Bueno, pues recorrería los pasillos hasta que encontrara a alguien que quisiera acompañarla. En uno largo que enlazaba varias líneas había tres subsaharianos vendiendo discos y pañuelos mientras otro tocaba unos pequeños tambores. Se acercó tímida y le preguntó si podía cantar con él. El hombre le contestó con una sonrisa de blanquísimos dientes y unas palabras incomprensibles. Angelina le devolvió la sonrisa y se alejó. Seguiría buscando. De debajo de unos cartones surgió una figura demacrada y sucia que se abalanzó hacia ella:
—Guapa, dame algo —le exigió insolente con un fétido aliento de dientes podridos mientras intentaba agarrarla.
Angelina se soltó de un manotazo y echó a correr.
—¡Por lo menos un beso, so guarra...! —le oyó gritar con voz ronca.
Resolvió probar suerte en la calle. «Preciados», leyó al salir al exterior, buen lugar. Ahí solía haber músicos y mimos callejeros. Le sorprendió como siempre la multitud de viandantes y se distrajo contemplando los escaparates repletos de cosas cuya existencia y utilidad desconocía. En la puerta de unos grandes almacenes había un chico con gafas oscuras tocando el acordeón. Le gustó tanto su música que se acercó para hablarle.
—Eh, qué haces —dijo una voz a su espalda.
Era una niña rubia, vestida con una larga falda fruncida, que la miraba con ojos inquisidores.
—No más quería preguntarle una cosa.
El joven habló con la niña en una lengua desconocida.
—Di a mí qué quieres —indicó la niña.
—Nada más saber si puedo cantar con él.
—¿Cantar con él? —repitió la niña.
—Io habla poquito españolo, mi hermana sí —intervino el chico.
Angelina les explicó que sabía muchas canciones. Para demostrarlo, entonó a media voz:

Ábreme la puerta vida,
ábreme la puerta sol,
que me salvé de milagro
del mar de la perdición.

—Me encanta mucho —la alabó el joven, y luego continuó hablando en su lengua.
—Mirja no conoce canción, no sabe tocarla —aclaró su hermana.
—Dile que no más me siga —propuso Angelina.
Retomó la canción, y sonó la música del acordeón. Aunque desafinaron por falta de compenetración, algunos transeúntes se detuvieron y echaron monedas al sombrero que la niña pasaba. Iban a interpretar otra canción cuando la niña gritó unas palabras incomprensibles y tiró del brazo de su hermano, escabulléndose entre la gente. Angelina los vio desaparecer entre la marea humana, mientras una pareja de policías le indicaba:
—Circule, por favor, circule.
Sintió miedo y obedeció, pensando en regresar al cabo del rato. Pero cuando lo hizo ya no los encontró. Se había quedado sin su parte de las ganancias.
La limpieza de las escaleras resultó mucho más sencilla y descansada que la del horno, aunque también consistía en frotar, pero esta vez con una fregona, que ya sabía utilizar. Como a las diez de la mañana ya había terminado, siguió preguntando de portal en portal y consiguió otro más del que ocuparse, además del consejo de una portera de que comprara un periódico donde aparecían muchos anuncios de servicio doméstico. Las siguientes semanas se dedicó a llamar por teléfono para concertar entrevistas, pero no lograba que la contrataran porque no tenía experiencia en llevar casas ni sabía cocinar.
—Pero sé cuál es el quid —afirmó en una de ellas por si así le iba mejor.
—¿Ah, sí? —respondió la señora divertida ante su extraña salida—. ¿Y cuál es?
—Frotar y aclarar. Ese es el quid.
Entonces la pusieron a limpiar los cristales, los baños y el salón, pero al final tampoco le dieron el empleo porque a la señora le pareció que era demasiado lenta. Y cuando estaba a punto de cumplirse el mes de limpieza de las dos primeras escaleras, los porteros le anunciaron que la echaban porque los inquilinos se habían quejado de su falta de higiene. Angelina reclamó el dinero que le debían, pero la amenazaron con avisar a la policía para que la expulsaran del país por ilegal y por venir a quitar el pan de la boca a los españoles que no tenían trabajo.
Angelina se marchó a la carrera y no fue a limpiar el tercer portal. Para qué, si al final la tratarían igual.
Las lágrimas se le agolparon en los ojos. «¿Y ahora, abuelita?», se preguntó abatida. No tenía nada, ¿de qué iba a vivir? Recordó que conservaba el billete de avión para la vuelta y sintió cierto alivio. Esa era la solución: regresaría a Guatemala cuanto antes. Bien se lo había recalcado su abuelita cuando se despidieron: «Lo que acá dejas siempre será tuyo. No te aflijas si allá no te acomodas. Nada más regrésate». Eso iba a hacer, puesto que este Nuevo Mundo no le abría sus puertas. No, estaba claro que no era para ella, tan chiquita y tan sola, entre tanta gente despiadada. Recogería sus cosas y se iría al aeropuerto a aguardar que saliera el primer avión para su país. Iba absorta en sus pensamientos, cuando le pusieron una mano en el hombro. Angelina se giró.
—¿Me recuerdas…?
No pudo escuchar el final de la frase porque echó a correr. La alcanzaron en un semáforo en rojo. Una mano fuerte la retuvo del brazo:
—Preciosa, de nada sirve huir. No hay de qué asustarse. Conmigo ganarás mucho dinero si te portas bien.

© Carmen Martínez Gimeno


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