viernes, 30 de agosto de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 4)

Angelina y el Nuevo Mundo
La imagen que ilustra este capítulo pertenece a Juan Pedro Pérez Martínez, gran amante de los animales y experto en educarlos. Su perra Chusky es excepcional por su belleza y su inteligencia. Se la encontró abandonada al poco de nacer y le salvó la vida, como a tantos animales que pasan por sus manos y se quedan a vivir con él. 

Si te preguntas a qué viene esta introducción, te pido que leas el capítulo para averiguarlo.

CAPÍTULO 4

D

E dos en dos subió los estrechos escalones hasta llegar a una puerta pintada de marrón oscuro que estaba entreabierta. Una mujer abundante en carnes y escasa en estatura la esperaba en el umbral.
—Qué bueno que llegaste. Pasa adentro, te mostraré la casa.
Era tan pequeña que recorrieron en un santiamén el salón, baño y cocina diminutos, así como los tres dormitorios atestados de camas y colchones por los suelos.
—Tú dormirás acá en el sofá —le indicó la mujer, señalando el que estaba en el salón frente al televisor—. Como fuiste la última en llegar, las camas están ocupadas.
Angelina quiso protestar porque no habían ido a buscarla, pero la mujer no le dio tiempo, pues ya continuaba:
—¿Traes dinero? Ya sabes que la estancia acá cuesta cuarenta y dos euros a la semana y dieciocho más si quieres comer.
—Pero mi abuela ya les envió los dólares...
—Eso era por la invitación —la cortó—. Rapidito tienes que encontrar trabajo. Te fiaré la primera semana. ¿Ya cenaste? Aprovecha para usar el baño antes de que lleguen los demás. El sofá es cómodo, pero no podrás acostarte hasta que no acaben los programas que nos gustan. Siéntate. Es tu casa.
Y sin prestarle mayor atención, se acomodó frente al televisor y se puso a comer pipas de girasol. Angelina titubeó y por fin se colocó en una silla a su lado, con la maletita verde bajo las piernas. Le dolían los pies y se quitó las sandalias que había estrenado para venir a España.
—¡Ya llegué! —gritó al poco una voz de hombre, a la vez que se oía un portazo.
—Es mi esposo, don Odilón —le presentó la mujer cuando apareció, sin dejar de mirar la televisión—. Esta es Angelina, la muchacha de Guatemala.
—Mucho gusto, joven —dijo el hombre, tendiéndole la mano—. Creíamos que te habían devuelto en la aduana. Últimamente las cartas de invitación no sirven. Por eso no fuimos a buscarte. No queremos problemas. Pero qué bueno que ya estés aquí. Tráeme una cheve, gordita —se dirigió a su esposa, a la vez que se sentaba y se desabrochaba la camisa, dejando al aire su abultado abdomen.
La mujer se levantó de mala gana y volvió de inmediato con una lata de cerveza.
—Trae otra a la muchacha para celebrar —ordenó don Odilón—. La invitamos por ser el primer día.
—No se moleste —dijo Angelina—. No tomo.
—Pues a tu salud —replicó el hombre, bebiendo un buen trago.
Poco a poco fueron llegando los demás ocupantes de la vivienda. Quince personas en total de diversos lugares de América Latina, que se acomodaron en todos los huecos posibles. Las seis ecuatorianas que dormían en las tres camas y los colchones de uno de los dormitorios se retiraron enseguida. Trabajaban en un hotel y madrugaban. Los bolivianos que se ganaban la vida de albañiles tardaron más. La dueña de la casa les sirvió la cena en la mesa redonda del salón, luego estuvieron bromeando con el marido mientras veían la televisión y por fin fueron haciendo turnos para pasar al baño. La última en llegar fue una chica mexicana.
—¿Siguen con la televisión prendida? —preguntó algo irritada al entrar, dirigiéndose a la dueña—. Ay, doña Charito, mire no más cómo vengo, ya no aguanto el cansancio. Quiero acostarme.
—Espérese tantito, mi hijita, no sea tan malcriada. ¿No ve que hoy tiene una nueva compañera? —replicó esta—. Se llama Angelina y dormirá con usted en el sofá.
Un chico muy delgado que apenas había hablado protestó:
—¡Cómo en el sofá, si ese es mi lugar!
Doña Charito le lanzó una mirada de reproche:
—Ya me cansé de que no me pague. Ahorita dormirá en el suelo hasta que junte el dinero que me debe.
—Está bueno, no se enoje. Yo creo que mañana le traigo su dinero...
—Pues mañana veremos dónde duerme —le interrumpió.
Mientras tanto, la chica mexicana había sacado una cama de debajo del sofá y se había acostado. Los demás se retiraron a sus dormitorios, y doña Charito entregó a Angelina unas sábanas y una almohada, se despidió y apagó la luz cuando salió de la habitación. Entonces el chico buscó un cojín y se acomodó en el suelo, rezongando insultos.
—Ya cállate, Beto —susurró la mexicana—, no te vayan a escuchar y te corran de la casa.
La noche fue breve. Antes del amanecer, Angelina oyó cómo se marchaban las ecuatorianas y a continuación se levantaron los bolivianos, a quienes doña Charito preparó el desayuno. El chico delgado se fue con ellos, y Angelina aprovechó la soledad momentánea para pasar al baño. Le gustaron la ducha de agua caliente y el espejo en el que alcanzaba a verse hasta la cintura. Ah, pero qué fea se encontraba sin sus largas trenzas, se apenó al peinarse, ¿tardarían mucho en crecer de nuevo? Ya estaba recogiendo las sábanas cuando tocaron a la puerta. Eran los músicos que venían a buscarla, y Angelina salió de la casa sin despedirse de nadie, pues doña Charito había vuelto a la cama con su marido y la chica mexicana seguía durmiendo.
La escalera olía a café del desayuno y a aceite y ajo de la comida que preparaban las más madrugadoras. Unas vecinas hablaban a voces desde las puertas de sus pisos, esforzándose por hacerse escuchar sobre la música de radio que dominaba la escalera. Angelina llegó a la calle y respiró el olor a tierra mojada que emanaba de las aceras recién regadas. Pasó la mañana cantando en el metro, a mediodía comió un bocadillo con sus compañeros y continuaron tocando y cantando hasta que cayó la noche.
Así transcurrieron dos semanas completas, unas veces actuando de vagón en vagón y otras en las calles céntricas o en parques concurridos, y Angelina aprendió a huir de la policía, que devolvía a sus países a quienes descubría sin papeles, y a moverse por la ciudad, en la que poco a poco dejó de sentirse extraña. Casi no le había costado esfuerzo hacerse un hueco para ganarse el sustento en el mundo multirracial de los vendedores y músicos ambulantes, tenía amigos y la vida parecía sonreírle. Además, había descubierto un locutorio desde donde pronto podría telefonear a casa de doña Clovis para que le diera noticias a su abuela de lo bien que le iban las cosas. Esos eran sus planes, pero una noche doña Charito le preguntó al llegar:
—¿Y usted, cuándo me piensa pagar?
—Lo olvidé, señora, pero dígame cuánto le debo y en este momento le cumplo.
—Ochenta y cuatro euros. Vea, no le cobro los desayunos no más porque está recién llegada, aunque bien sé que nos acaba la leche.
Angelina se asombró. Nunca había comido nada de la casa. Se compraba un batido en un supermercado cerca de la boca del metro y se tomaba un bocadillo a la hora de comer; luego, por la tarde, le bastaba algo de fruta para aguantar hasta el día siguiente.
—No, señora —replicó—. Yo no me bebo su leche.
—No discutan por eso —terció el marido, que leía un periódico deportivo frente al televisor—. Arreglen cuentas sin pelear.
—Ahorita regreso —dijo Angelina, pasando al cuarto de baño.
Se levantó la blusa y tiró de la cinta que le rodeaba la cintura hasta sacar una bolsita de tela rosa que abrió para contar sus ahorros: ochenta euros, sumando las monedas que guardaba en el bolsillo de la falda para la comida del día siguiente. No era bastante y doña Charito se iba a enojar. Angustiada, salió del baño y le tendió el dinero:
—Nada más faltan cuatro euros. No me alcanzó, pero en unos días le completo.
—Muchacha desobligada... Ya sabía yo que andando de vagabunda por las calles no se iba a ganar la vida. Piense en su abuela, lo que tuvo que esforzarse para que usted viniera. No creo que ella la mandara hasta acá a malgastar el tiempo. Encuentre un trabajo decente, no sea floja. Vea que nosotros no la vamos a mantener.
—Deja ya a la muchacha —intervino don Odilón, sin levantar los ojos del periódico—. No te metas, Charito. Ultimadamente, es su vida, ella sabrá lo que ha de hacer. Cómo te gusta andar de entrometida en los asuntos de los demás, ni que fuera tu hija...
Angelina no quiso seguir escuchando. Salió a la escalera, bajó los peldaños a la carrera y se sentó en el escalón del portal. Era cierto que debía encontrar un trabajo, puesto que cantando ni siquiera lograba pagar lo que le costaba el sofá donde dormía. ¿Pero quién se lo daría?
—¿Qué haces acá? —la sacó de sus pensamientos la chica mexicana que llegaba—. ¿A poco te corrieron de la casa?
—No.
—¡Ah, muchacha mañosa, ya te descubrí! Tienes enamorado y lo estás esperando.
—Tampoco, Marcela. Me salí para afuera porque le dejé a deber a doña Charito. Vieras cómo se enojó, pero cantando no hay modo de ganar más.
—No te apures. Donde yo trabajo siempre buscan camareras. Han de ser jóvenes y alegres, que platiquen con los clientes para que gasten. El club no es cualquier cosa, sino un lugar donde se gastan su plata hombres que quieren diversión. Son bien generosos con las muchachas bonitas que los saben tratar, más si les consienten sus caprichos.
—No creo que yo pueda trabajar allá, Marcela.
—Cómo no vas a poder, muchachita. Yo te enseño. Estás bonita y ganarás plata.
—Pero mi abuelita…
—No sabrá, no penes por ella. ¿A poco crees que a mis papás les interesa de dónde sale la plata que les envío? No saben. Pagan su comida, la ropita de mis hermanos, sus medicinas, y no preguntan. No más me agradecen que les alivie sus necesidades, eso no más, y están contentos porque no los olvido.
Angelina dudaba. La mexicana añadió:
—El trabajo le dicen de camarera, que es de mesera para atender a los clientes. A nada más te obliga, chiquita. Puedes probar, yo te enseño, y si no te conviene, lo dejas. Pero antes ganas la plata para cumplirle a doña Charito y que no te corra.
Eso convenció a Angelina y aceptó acompañarla al club. Como las luces ya estaban apagadas cuando entraron en el piso, tendieron las camas casi a tientas, con la única ayuda de la claridad que se colaba por la persiana entreabierta. Angelina susurró:
—¿Dónde está Beto?
—Quién sabe. Doña Charito me platicó que se fue para Almería a trabajar en el campo, pero yo creo que lo corrió porque era mucho lo que le debía.
Y Angelina se juró que ella no seguiría la misma suerte.
Como todos los días, la despertaron las madrugadoras ecuatorianas, y esta vez se levantó con ellas. En el club de Marcela querían muchachas bonitas, así que se puso a buscar en su maletita verde la mejor ropa que había traído, una blusa color añil en la que su abuela había bordado dos quetzales de largas colas y una falda fruncida de listas azules y malvas. Estaba a punto de ponerse ambas prendas cuando oyó quejarse a la mexicana:
—Ay, muchachita, ya me desveló. Mire no más qué atareada tan temprano. ¿No tiene sueño?
Angelina le enseñó la ropa.
—No, chiquita, no sirven para el club —opinó Marcela bostezando—. Mejor lleva pantalón. ¿No tienes? Yo te presto. Espérame tantito.
Se levantó de la cama tambaleándose y rascándose su alborotada cabellera, sacó del bolso una llave y abrió una maleta negra guardada en el espacio que quedaba en el sofá bajo su cama. Con manos cuidadosas fue inspeccionando su contenido, doblado con esmero. Escogió unos pantalones negros y una escotada camiseta azul celeste.
—Estás reflaca. Con esto te verás bien bonita. A mí ya casi no me sirven.
Angelina se probó las prendas. Los pantalones le apretaban los muslos y la camiseta le ceñía el pecho, pero Marcela opinó que le sentaban como un guante.
—¿Estás segura?
—Lo que te pasa es que no estás acostumbrada a vestir así.
Marcela tenía razón. Era la primera vez que se ponía pantalones ajustados y no estaba convencida de ser capaz de andar con ellos.
—También te maquillas. Los ojos y los labios —añadió Marcela, bostezando de nuevo—. Para que se te quite la cara de niñita. Y ahora déjame dormir.
La mexicana se dio la vuelta en la cama y quedó de cara a la pared. Angelina entró en el baño y se pintó unas rayas negras en los ojos. Se encontró espantosa. Luego se puso carmín en los labios. Parecía una máscara como las que bailaban en las fiestas de los pueblos. Decidió que estaba mejor con la cara lavada, pero no se atrevió a despertar a la mexicana para comentárselo. Cogió de la mesa la tarjeta con la dirección del club y se fue a ganar algún dinero cantando con los músicos del metro mientras llegaba la hora de la tarde a la que se habían citado.
No le gustó cómo le escrutaban los ojos sin pestañas del hombre alto y enjuto que resultó ser el jefe de Marcela.
—¿De dónde eres? —fue lo primero que le preguntó.
—De Guatemala, señor —respondió sin titubear.
—No tendrás papeles, claro.
Angelina miró a Marcela, que intervino en su ayuda:
—No más acaba de llegar. ¿Cómo va a tener papeles si nadie le ofrece trabajo?
—Pareces muy joven —prosiguió el interrogatorio el jefe—. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciséis —mintió Angelina tras una leve vacilación.
—Marcela, tú estás loca si crees que voy a contratarla —declaró irritado el jefe—. Pase que sea inmigrante ilegal, pero es que encima es menor. Me cae un buen marrón si me pillan.
—No, pero si nadie se va a dar cuenta —insistió Marcela—. Vea, dieciséis años allá de donde viene son muchos más que acá. ¿A poco se habría atrevido a viajar tan lejos si no supiera valerse sola? Ella está preparada para trabajar en este sitio, créame.
El hombre miró de arriba abajo a Angelina.
—Definitivamente, no. Se están poniendo muy duros con eso de las menores en las barras. No quiero arriesgarme a que me cierren el local.
—Ándele, patrón, vea que le costará menos que otra que tenga los papeles en regla y le trabajará el doble sin quejarse...
—Aquí no puede quedarse. Otra cosa sería si quisieras trabajar en un club de carretera. Ten esta tarjeta y di que vas de mi parte.
Pero cuando Marcela la acompañó hasta la puerta, le aconsejó:
—No vayas allá, no te conviene. Luego te platico. Yo trataré de amansar a mi jefe para que te quedes acá conmigo. No todo está perdido, chiquita.
Angelina no la creyó y salió del oscuro local con las esperanzas rotas. Ya que había mentido, debía haberse puesto más años, pero supuso que dieciséis serían suficientes. En su tierra a esa edad muchas jóvenes ya estaban casadas y hasta tenían hijos. Qué país de flojos, ¿a qué edad comenzaban a trabajar y quién los mantenía hasta entonces? Ella se moriría de hambre si nadie quería contratarla porque era chiquita. Y tenía que haber hecho caso a Marcela: maquillada seguro que parecía mayor, seguro que le daban el puesto. «India bruta, ¿cuándo aprenderás? —se increpó a sí misma—. Este es el Nuevo Mundo y para vivir en él hay que fijarse y aprender de los demás que saben».
Estuvo vagando por las calles sin rumbo fijo hasta que se hizo de noche y entonces se metió en el metro. Por inercia se encaminó a la línea que la llevaba a casa, pero lo pensó mejor. ¿Cómo aceptaría doña Charito que no hubiera conseguido trabajo? No, hoy no tenía fuerzas para enfrentarse a sus reproches. Dudaba adónde ir cuando se percató de que se encontraba a dos paradas de la estación de Retiro. Recordó a doña Virtudes y se dirigió hacía allí. Volvería al tubo donde había dormido con ella. Subió por las mismas escaleras mecánicas, recorrió idénticos pasillos y salió a la calle por la que hacía poco más de dos semanas había caminado con la amable anciana. Poco más de dos semanas, quién lo diría, si parecían hechos tan lejanos. Tenía razón su abuela cuando afirmaba que el tiempo es caprichoso y difícil de medir. Iba rumiando sus pensamientos mientras avanzaba pegada a la valla del parque en busca de la puerta para entrar, cuando escuchó un suave quejido. Al principio no prestó atención y siguió caminando, pero se repitió más fuerte y desanduvo sus pasos para aproximarse a las rejas y descubrir su procedencia. Aunque había una farola cerca y luz suficiente, ese lugar del parque estaba cubierto de frondosos árboles a cuyos pies crecían arbustos espesos, y por mucho que se esforzó no logró distinguir al ser viviente que lo producía. Como no tenía nada mejor que hacer, decidió investigar. Probablemente se trataba de alguna cría abandonada, tal vez hija de una de las gatas a las que alimentaba doña Virtudes. La puerta de acceso no quedaba lejos y tardó poco en llegar a los setos, pero ya no se oía nada. «Ya la recogió su madre», pensó. Justo cuando se marchaba, escuchó una especie de lamento, esta vez más fuerte y triste, semejante al maullido de un gatito o al llanto de un bebé. Provenía de un arbusto podado en forma de bola. Se agachó y rebuscó entre las ramas de la base, bisbiseando y repitiendo:
—Gatito chiquito, ¿dónde estás?, no tengas miedo...
Como si quisiera descubrir su escondite, la criatura redobló el quejido y ahora sonó como el sollozo de un niño. Angelina siguió apartando ramas hasta que descubrió una bolsa de plástico cerrada en cuyo interior algo rebullía.
—¡Pobre de ti, gatito, te estás asfixiando! —exclamó mientras intentaba deshacer el nudo para liberar a su ocupante—. ¡Qué persona tan malvada la que así te abandonó a la muerte!
Como no lo lograba, rasgó precipitadamente la bolsa, que se partió en dos, dejando en el suelo a un bebé recién nacido, aún manchado de sangre y grasa, y con el cordón umbilical sin anudar. La joven lo miró espantada. El niño rompió a llorar más fuerte, y entonces reaccionó. Pidió ayuda a gritos, pero nadie pareció escucharla. Se iba a morir, seguro que se moría si no lo atendía enseguida. Era preciso atarle la tripa del ombligo, pero con qué. No tenía ninguna tira ni cuerda, cómo haría... La bolsa del dinero, recordó, y se levantó la camiseta, la arrancó de un tirón y anudó fuertemente con una de sus cintas la larga tripa que colgaba del bebé, tal como había visto proceder tantas veces a su abuela. Luego lo levantó en sus brazos y comprobó que se estaba quedando frío. Trató de cobijarlo con sus ropas, pero al darse cuenta de que no podía, maldijo la hora en que había aceptado ponerse esa camiseta y pantalones tan estrechos. Lo apretó contra su pecho, cubriéndolo cuanto pudo con la parte inferior de la camiseta y sus brazos, y corrió fuera del parque.
Dos señoras de mediana edad paseaban sus perros y les pidió socorro.
—¡No, no, déjanos en paz! ¡Fuera! —la rechazaron, haciendo aspavientos con las manos y alejándose deprisa, mientras los perros la ladraban amenazadores.
Se dirigió entonces hacia un señor que estaba a punto de cruzar el semáforo.
—Enfrente, al final de la calle, hay una clínica —le indicó y se marchó como si hubiera hecho suficiente.
Angelina cruzó corriendo con el niño, que se le antojaba cada vez más frío. Un hombre que cerraba una puerta al lado de una iglesia se volvió a mirarla.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó.
Angelina respondió llorando:
—¡El bebé se muere!

© Carmen Martínez Gimeno

¿Te has perdido algún capítulo? Aquí tienes los enlaces desde el comienzo:
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

lunes, 26 de agosto de 2013

Caperucita en Harlem


Paseando por Central Park
Rumbé sin novedad por veteada calle
que yo me sé. Todo sin novedad,
de veras. Y fondeé hacia cosas así,
y fui pasando.
                                  César Vallejo  

Viniendo de un país de nuevos ricos a pesar de la ingente crisis en el que hasta anteayer se derrochó a manos llenas en construir infraestructuras disparatadas como aceras de granito, rotondas con estatuas o aeropuertos peatonales, la ciudad insignia del Imperio capitalista sorprende por el aire de decadencia que se respira desde el primer momento en que pones los pies en ella. El aeropuerto JFK es viejo y austero, mucho peor que cualquiera de los que existen en nuestro país y bastantes otros del mundo. Sin embargo, a las personas que llegan a él a millares con ganas de hacer turismo o de quedarse eso les tiene sin cuidado y forman largas colas ante las ventanillas de inmigración. Pocos cuentan con recibir una calurosa bienvenida: se nota de sobra en la cara de circunstancias de quienes aguardan pacientes a que les toque exponer sus motivos de viaje para después dejar las huellas digitales impresas y captada su imagen. Es muy fácil que este trámite se complique: cualquier imprecisión que suscite la suspicacia del agente interrogador o el simple azar estadístico te llevarán, acompañada por un policía de aduanas, a una dependencia igual de austera donde te quedarás un buen rato hasta que otro interrogador pronuncie más o menos tu nombre y te ofrezca una ocasión más de explicarte.
Vista desde el trasbordador a Staten I.
¿Qué tiene de extraordinario la ciudad de Nueva York para que atraiga visitantes de todo el planeta? Como turista, sin duda, su carácter cinematográfico. Recorres en fila india el atestado puente de Brooklyn a pleno sol entre planchas de latón y sucias lonas que tapan los laterales hasta llegar a los pocos tramos desde donde se avista el East River y el horizonte urbano erizado de metal y cristal del Financial District para hacerte la consabida foto, y piensas en las películas que has visto. Aprovechas el cruce de un semáforo para captar con tu cámara en la mitad del paso el sol reflejándose entre los inacabables rascacielos de la Quinta Avenida, y piensas en las películas. Paseas por Battery Park a las orillas del Hudson con la estatua de la Libertad alzándose al fondo en su diminuta isla y los rascacielos azulados de New Jersey surgiendo enfrente casi del agua, avanzando entre la multitud de gente que toma el sol en las praderas, corre o monta en bicicleta, y vuelven a tu mente las películas. Subes en un suspiro de ascensor con techo de cristal a los miradores del Rockefeller Center y, entre foto y foto de las espléndidas vistas, no puedes dejar de pensar en las películas. Y no digamos cuando llegas a Times Square o a Broadway y contemplas los enormes anuncios luminosos: a pesar de la multitud de andamios que cubren las fachadas, a pesar de la abigarrada multitud que ocupa cada centímetro de las deterioradas aceras, eso sí que es de película, y nadie quiere desaprovechar la ocasión de plasmar su paso por ahí con una foto para la posteridad que lo demuestre. La boca de metro refulge como atracción de feria y hasta las iglesias cercanas anuncian las horas de confesión en pantallas luminosas con luces de neón. ¡Eso sí que es iluminar el camino del cielo!
Belvedere Castle, Central Park
Sin embargo, si te quedas a vivir unos meses, lo novedoso se vuelve rutina y comienzas a percibir la ciudad con otros ojos menos admirados y más prácticos. La película neoyorquina se convierte en tu realidad cotidiana: tomas el metro y sudas en los estrechos y viejísimos andenes soportando el mal olor hasta que llega tu tren y compruebas mientras se detiene si se trata de uno local o expreso antes de tomarlo y apretarte dentro del vagón con la multitud de viajeros que consultan en sus teléfonos móviles la aplicación donde se recoge la información sobre cambios en los itinerarios, porque se suceden sobre la marcha, en particular durante los fines de semana, y apenas se indican en las estaciones. Si vacilas sobre los trayectos, siempre habrá alguien dispuesto a echarte una mano y explicarte el mejor modo de llegar a tu destino, pues los neoyorquinos saben que no es fácil entender el manejo del subway a la primera y son agradables. Y si tienes que llegar con hora a algún lugar del centro de Manhattan, olvídate de los autobuses y los taxis, pues el tráfico y los cortes de calles alargarán el tiempo previsto de manera desesperante. No obstante, de noche abundan los taxis y, como no hay atascos, son la mejor opción para trayectos medios y más de dos personas.
September 11 Memorial
Ahora bien, para conocer de verdad una ciudad, no hay nada como caminar por sus barrios. En Nueva York es muy fácil orientarse hasta para los que nacimos desorientados porque es una cuadrícula casi perfecta de avenidas y calles larguísimas que se cruzan manteniendo el mismo nombre de principio a fin durante kilómetros en los que va variando su fisonomía y residentes. La Quinta Avenida, por ejemplo, comienza en Harlem, a escasas manzanas de Central Park, y termina en las proximidades de la puerta de entrada a Greenwich Village, la agradable y concurrida Washington Square, con su gran arco y la refrescante fuente para los días calurosos. Cada barrio es diferente: Greenwich Village conserva la esencia del pueblo que fue con calles más estrechas y casas bajas. Las arterias principales de Little Italy y Chinatown son esencialmente turísticas y responden a los estereotipos que se espera encontrar en ellas. El ambiente del SoHo (que es la contracción de «al sur de la calle de Houston»), famoso por sus casas de hierro fundido, es cosmopolita y juvenil, y abundan las tiendas de moda. Chelsea está en plena metamorfosis, y muchos de los antiguos almacenes cercanos a los muelles del río se han convertido en galerías y tiendas. En este interesante barrio se alza el originalísimo High Line Park, construido sobre las vías elevadas del tren que en el pasado distribuía carne y otros alimentos a los mercados neoyorquinos.
Letrero de un portal en Harlem
Al caminar por las calles, la mayor sorpresa es descubrir que no es la ciudad rápida, estresante y repleta de rascacielos que suele aparecer en las películas. Los rascacielos de acero y cristal en alturas imposibles abundan en Downtown Manhattan, sobre todo en el Financial District y Wall Street, donde despuntan junto a los más bajos, antiguos y elegantes de fachadas neogóticas en caliza o terracota, pero son testimoniales en el resto de la ciudad, cuya arquitectura es muy variada según los barrios y la procedencia de los inmigrantes que los fundaron. En Harlem, por ejemplo, predominan los edificios de ladrillo rojo o piedra arenisca ocre o rojiza y los tejados metálicos verdosos o negros. Muchas son casas de tres o cuatro pisos de altura a las que se asciende por una peculiar escalera de entrada conocida como stoop, donde está prohibido sentarse, jugar a la pelota o dedicarse a la venta ambulante. Además, esas escaleras son única y exclusivamente para uso y disfrute de los inquilinos y sus invitados, como indican los carteles que suelen exhibirse en el portal: «No ball playing. No peddling. No carriages. No loitering. No sitting in front of building allowed under penalty of law».
Curioso, ¿verdad? También lo es que los alcorques de los árboles los cuiden los vecinos cuyo portal queda enfrente. Algunos son verdaderos vergeles que se acotan con vallas y letreros para que los  dueños de perros los respeten y los lleven a hacer sus necesidades a otras partes. Apenas se ven excrementos por las calles en ningún barrio de la ciudad porque las multas por ensuciar son altas y hay que pagarlas. Ahora bien, sí está permitido ensuciar con los montones de bolsas de basura humana que se ven por doquier y a todas horas, porque se sacan de cualquier modo y sin contenedores a las aceras, lo que provoca que en cuanto anochece pululen ratas y cucarachas a cientos. Es verdaderamente asombrosa la ingente cantidad de desperdicios que se genera en Nueva York y lo mal que huelen las calles en verano por este motivo.
Aviso en un alcorque
Otra peculiaridad de la ciudad que no pasa desapercibida al viandante curioso son los sidewalk bridges o sidewalk sheds, cubiertas metálicas sobre las aceras que ocupan kilómetros y kilómetros urbanos. Al parecer, se impusieron por ley cuando en la década de los ochenta del siglo pasado murió una transeúnte golpeada por un desprendimiento de la fachada de un rascacielos. Como consecuencia, el ayuntamiento aprobó una normativa que exigía la inspección periódica de los edificios y la instalación de cubiertas en las aceras en caso de fachadas peligrosas. Las cubiertas se instalan en cuanto la inspección así lo requiere, pero a veces las fachadas tardan años en repararse y, por tanto, las aceras se van tapando con horribles armazones de metal y chapa que protegen del sol y de la lluvia, y en los que se instalan luces, plantas colgantes y todo tipo de anuncios de los locales que quedan ocultos debajo. Los neoyorquinos caminan por su interior respetando escrupulosamente los sentidos de la circulación y les molesta que los turistas se los salten. La llamativa proliferación de estas estructuras sin andamios ni obras en las fachadas que las justifiquen es asunto de numerosos artículos periodísticos como este: Scaffolds and Sidewalk Sheds on the Rise in New York.
Nuestra calle en Harlem, Manhattan
Nueva York es una ciudad verde por los árboles de muchas de sus calles, los arriates de plantas y flores que adornan entradas y laterales de los edificios y sus parques y plazas. Central Park es el parque más conocido con razón por su extensión y su belleza. Es visita obligada y siempre descubres algo nuevo al pasear por sus múltiples senderos, los más hermosos, los alejados del bullicio de las entradas de Columbus Circle o Strawberry Fields, con su concurrido mosaico en homenaje a John Lennon donde se lee «Imagine» y todos quieren fotografiarse. Para nuestra diversión, quedó retratada para la posteridad hasta una gallina blanca vestida con una faldita a rayas que una joven hipster paseaba con una correa. Porque ese es otro de los atractivos de Central Park: contemplar a la gente más peculiar y las actividades más descabelladas; escuchar recitar a Shakespeare, tocar tambores africanos o el cuarteto barroco más afinado. Todo cabe en Central Park. Sin embargo, el parque de moda es el elevado High Park Line, que tiene un paisajismo extraordinario, láminas de agua para refrescar los pies y vistas novedosas sobre la ciudad. Por su parte, el Riverside Park, con sus enormes árboles, sus estrepitosas cigarras, su multitud de pájaros y sus amigables ardillas, se extiende en tres niveles varios kilómetros junto al río Hudson con una vía peatonal y para bicicletas que lo une al Battery Park, en el que se levanta el original Irish Famine Memorial con piedras traídas de Irlanda.
Vista desde el J. Kennedy Reservoir
Todos los días caminamos media hora de ida y media hora de vuelta cruzando Morningside Park y subiendo o bajando sus muchísimas escaleras hasta llegar a la Universidad de Columbia o nuestro apartamento. En este parque largo y estrecho, como en el resto de los que hemos visitado, hay letreros en los que se indica que no se ose pisar de noche. Recién llegados a Harlem, cuando percibimos que éramos los «distintos», la minoría observada por la calle, confieso que sentimos prevención y seguimos las recomendaciones a rajatabla. Sin embargo, poco a poco nuestros vecinos se han acostumbrado a vernos y nos saludan al pasar. Muchos viven la mayor parte del día fuera, sentados conversando en las stoops aunque lo tengan prohibido, porque están en paro y no se les ocurre nada mejor que hacer. Los ancianos también sacan sus sillas a las aceras porque en sus apartamentos diminutos hace calor y no disponen de aire acondicionado. Salen a tomar la fresca, como se ha hecho de siempre en los pueblos castellanos de mi infancia, y los domingos además cantan góspel con micrófonos, bailan al son de la música y hacen barbacoas en mitad de la acera. Es gente amable y algo cotilla, como en los pueblos, y se ofende si no respondes a los saludos con frases de cortesía.
Placa en un banco de Riverside Park
El hito en nuestra estancia neoyorquina lo marcó el 4 de julio. Fue la prueba de fuego, nunca mejor dicho, que nos hizo perder el miedo. Caía la tarde cuando tomamos un autobús que nos llevó por la Quinta Avenida hasta la zona recomendada del río Hudson desde donde obtendríamos las mejores vistas de los fuegos artificiales. Nos mezclamos con el mar de gente, estadounidense y de todas partes del mundo, que se iba congregando y seguimos las indicaciones del impresionante despliegue policial hasta encontrar un buen sitio en lo alto de una autopista cortada para la ocasión donde aguardamos pacientes a que comenzara el espectáculo. Los fuegos no fueron mejores que los de cualquier pueblecito español en fiestas pero, eso sí, estos no los pagaron los contribuyentes, sino las empresas comerciales que los patrocinaban. Lo mejor de la noche fue que, a la vuelta a casa ya de madrugada, nos rodearon en brillante vuelo las luciérnagas que pueblan la Quinta Avenida junto a Central Park, como rutilantes estrellas diminutas que se apagan y encienden a voluntad. Desde entonces nos hemos atrevido a pisar los parques después de esa hora prohibida del lubricán, cuando se confunden los perros y los lobos, y nada malo nos ha ocurrido. No nos hemos topado con el lobo pero si con muchas abuelas de la Caperucita que arrastran presurosas sus pertenencias hacia no se sabe dónde. Por respeto, no las hemos fotografiado, pero sí a las luciérnagas y los hermosos anocheceres entre árboles altísimos. También a las placas de los bancos con sentidas dedicatorias en recuerdo de alguna persona ya fallecida que se sentaba en ellos. 

The Hamptons, Long Island
Y aquí seguimos, sabiendo que ya ha empezado la cuenta atrás para nuestra marcha y que nos quedan todavía muchos rincones por conocer y muchos museos por visitar. Los colores y los olores ya no son extraños sino cotidianos. Nos hemos acostumbrado a escuchar miles de idiomas distintos y multitud de acentos del español, que se habla tanto como el inglés. La vida es casi siempre fácil en esta ciudad suma de ciudades y gentes. Si quieres, siempre hay alguien con quien charlar o a quien orientar; si lo prefieres, nadie interrumpirá tus paseos o lecturas solitarios.
De los museos, diré que mi favorito es el Metropolitan porque, entre otras cosas, descubrí en él a una pintora retratista al estilo de Sargent que me entusiasma: Cecilia Beaux. Hemos visitado los imprescindibles y algunos prescindibles, aunque esto, como los colores, es cuestión de gustos y no me extenderé. En las guías están todos y hay donde elegir. Y en cuanto a la comida, nunca tengo problemas donde voy ni echo en falta nada. Aquí puedes probar los sabores más exóticos de las cocinas del mundo y comer frutas deliciosas. Me gustan en especial los bagels con queso y salmón, los knishes de patata, los aguacates rellenos con recetas del Caribe y las fresas y cerezas de la zona, además de las muchas variedades de ciruelas, mi fruta favorita por los recuerdos de la infancia, que llegan de California. 
Morningside Park
Nos sentimos contentos y a gusto. Se han cumplido nuestras expectativas de trabajo y nos hemos integrado en la ciudad sin apenas esfuerzo, pero los meses han pasado en un abrir y cerrar de ojos, y ya se va acercando el desagradable momento de hacer las maletas y emprender viaje a nuestro próximo destino, que todavía no será España.

 

viernes, 23 de agosto de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 3)

Angelina y el Nuevo Mundo
Buscando una ilustración para el tubo donde duermen doña Virtudes y Angelina en el parque del Buen Retiro de Madrid, he encontrado esta fotografía de un hotel australiano. Al parecer, hay otros más que utilizan tubos de hormigón como habitaciones en parques de diversos lugares del mundo. Sin embargo, el hotelito de verano de doña Virtudes no lo imaginé con puerta; el tubo es más largo y estrecho, y apenas cabe al fondo una colchoneta donde se acuestan apretadas la anciana y su invitada. Y esto es lo que ocurre durante la noche:


Capítulo 3

O
FRECÍA en sueños su dulce mercancía al lado de su abuela, cuando un sonido ronco sobresaltó a Angelina. Se había quedado dormida junto a doña Virtudes, que respiraba con dificultad. La movió con cuidado por si el cambio de postura le servía de alivio y ella se deslizó a gatas hasta el borde del tubo. Como se había desvelado, quiso distraerse contemplando el cielo. Jicarita azul y negra, palomitas de maíz... Las estrellas le parecieron menos brillantes que las que conocía de su tierra, acaso porque les robaba luz una enorme luna rojiza que iluminaba la noche con resplandor espectral. Era una luna de sangre, y un escalofrío le recorrió la espalda. Cerró los ojos, y los recuerdos se agolparon en su mente. Se vio chiquita, agarrada de la mano de su abuela, saliendo de la cueva donde acababan de enterrar a su mamá. «Tenía nombre de flor y como las flores fue le dijo esta. Vivió para alegrarnos, pero apenitas duró». Luego vio a su mamá cantando en voz baja mientras atizaba el fuego dentro de la choza y a su papá que corría hacia la puerta. Pero de improviso se oyeron disparos, dejó de avanzar y se desplomó en el suelo. Su mamá se apresuró a abrazarla y le tapó con fuerza la boca para que nada dijera, para que no saliera afuera. Las dos lloraron en silencio mientras unos hombres uniformados se acercaban al caído, golpeaban el cuerpo con sus botas y decían: «Muerto está. Vamos por los otros cabrones. Esta noche regresamos y prendemos fuego a la casa». Cuando se marcharon, su mamá estrechó contra sí a su marido y le limpió la sangre de la cara y de las manos. Luego cogió dos palos fuertes, los sujetó a una manta y colocó encima el cadáver. A continuación hizo un atado con sus escasas pertenencias y se lo entregó a Angelina, anunciándole: «Nos vamos, mi hijita, apúrate». Y así, tirando de la improvisada parihuela, recorrieron los cerros que las separaban de la cabaña de su abuela. Una luna tan roja como la que hoy veía en el firmamento las iluminó parte del camino, mientras su mamá no paraba de repetir: «Apúrate, mi hijita, no nos vayan a encontrar», y Angelina se esforzaba en no tropezarse con las piedras del camino y lloraba en silencio, igual que su mamá, tragándose las lágrimas, sin quejarse, para que nadie supiera, solo la luna, cómplice o traidora según se le antojara. Llegaron a su destino al amanecer: «Acá le entrego a su hijo para que lo entierre», alcanzó a decir su mamá antes de desmayarse cuando la abuela acudió a la puerta. Después de lavar el cadáver y envolverlo en una tela bordada con árboles de la vida y pavos reales, lo condujeron al fondo de la cueva donde descansaban sus antepasados. «Hijo se despidió la abuela—, me duele regalarte mi sudario. Si hubiera sabido que era para ti, me habría cortado las manos antes de tejerlo. No les deseo la muerte a quienes a ti te la dieron, sino que les escuezan los ojos como a mí me escuecen, que les arda el corazón como le arde a tu esposa, para que así comprendan y se arrepientan, para que así sus hijos no tengan que saber chiquitos lo que tu hija ya sabe». Su mamá no había podido acompañarlas porque apenas se tenía en pie. Cuando regresaron a la choza, la encontraron acostada en el petate, abrasándose de fiebre. «Ahí le encargo a su nieta dijo con un hilo de voz. Apiádese de su soledad, pues su sangre es y a nadie más tiene, búsquele su maíz, dele un techo, vea que no le falte el agua ni la sal, enséñele a respetar. Está bien chiquita, muéstrele el camino. Enderece su suerte, yo ya no puedo...». Fueron sus últimas palabras. Murió llevándose al niño que cargaba en su vientre. Después de enterrarla, quemaron la choza y huyeron del lugar. La abuela tenía miedo de que vinieran por ellas también. Un fuerte estertor sacó a Angelina de sus recuerdos.
¿No puede dormir, señora? preguntó, girándose hacia el interior del tubo.
La anciana no contestó.
¿Se encuentra bien? insistió.
No hubo respuesta. Angelina se esforzó por ver, pero estaba demasiado oscuro. Se arrastró hasta su lado y la sacudió suavemente por el hombro: doña Virtudes permaneció inmóvil. Empezaba a apoderarse de ella un mal presentimiento, cuando se topó con una de sus manos y comprobó aliviada que la tenía caliente. Nada más estaba dormida. Profundamente dormida. Más tranquila, regresó al borde del tubo. Jicarita azul y negra, palomitas de maíz... La luna había quedado medio oculta entre las frondosas copas de los árboles. Soplaba una brisa fresca que movía las hojas produciendo un agradable murmullo. A lo lejos se escuchaba el zumbido constante de los coches que circulaban por las calles vecinas y alguna sirena aislada. Un gato maulló requiriendo de amores, y Angelina sonrió, aguzando el oído para comprobar si era correspondido. Pero un repentino chasquido que percibió en el aire justo encima de su cabeza distrajo su atención:
¡El Yalambequet! exclamó, cobijándose en el interior del tubo.
Sabía bien que los jueves y los viernes de luna, los brujos se encaminan hacia una cruz y con solo pronunciar una palabra mágica, Yalambequet, que significa «despréndete carne», esta se les separa de los huesos. Convertidos en esqueleto, son capaces de volar y de penetrar en las casas, atravesando puertas y tejados, para robarles el alma a sus víctimas. Después vuelven a la cruz y pronuncian otra palabra mágica, Muyambequet, que quiere decir «súbete carne», para recobrar la apariencia humana.
Ya temblaba de miedo cuando se acordó de que estaba en España. No, no podía ser el Yalambequet, razonó. Ningún brujo sería capaz de volar tan lejos, y además estaba a punto de amanecer: la luz es su principal enemiga. Nunca jamás vuela un esqueleto si ha salido el sol. Tal vez ni siquiera era jueves o viernes. De todos modos, se arrastró hasta la altura de doña Virtudes y se tumbó a su lado. Seguro que ella sabría defenderse si las atacaba.
Se mantuvo un rato inmóvil, tapada la cara con las manos. Luego, cuando la luz comenzó a penetrar, quiso despertar a la anciana y se dio cuenta de que tenía la boca y los ojos abiertos. Al tocarle la cara helada, se percató de que estaba muerta. Pero no sintió miedo. Sabía lo que tenía que hacer, pues había visto actuar en circunstancias parecidas a su madre y a su abuela. Le cerró los ojos con cuidado, le colocó las manos sobre el pecho, le dijo al oído unas palabras de despedida y salió al exterior para buscar a alguien que supiera cómo enterrarla. Pretendía volver a la terraza donde la tarde anterior habían tomado horchata, cuando se encontró con un barrendero.
Ay, señor le dijo, ¿no querría ayudarme a enterrar a una señora doña Virtudes que se murió esta noche mientras dormía? Ya ve que soy de fuera y no conozco las costumbres de acá.
¿Doña Virtudes? ¿La viejecita del tubo?
Angelina asintió, y el barrendero quiso ir a cerciorarse.
Está muerta confirmó—. Pobrecilla. Habrá que avisar a la policía. Siempre andaba sola. Creo que no tenía parientes.
¿No quiere que la enterremos nosotros? insistió Angelina.
No, no, cómo se te ocurre. Tendrá que venir el juez a levantar el cadáver. A lo mejor, hasta le hacen la autopsia. Uff, menudo lío se va a montar... Si estabas con ella, te interrogarán, seguro.
Angelina miró con ojos asustados cómo se sacaba del bolsillo posterior de su mono naranja un pequeño aparato por el que se puso a hablar. No comprendía el porqué de tanto alboroto y quería irse, tenía que desaparecer cuanto antes.
Ya está anunció el hombre—. Me han dicho que enseguida llegan. ¿Tú la conocías mucho?
No, señor. Nada más de ayer, que pasé el día con ella. No soy de acá. Apenitas estoy llegando de Guatemala.
Pues menudo recibimiento te hemos preparado. Escucha, parece que ya suenan las sirenas de la policía...
Tal fue la expresión de espanto de Angelina que el barrendero se apiadó:
Total, ya está muerta, nada gana metiéndote en líos. Corre, vete.
Angelina no lo pensó dos veces. Apretó a correr cuanto pudo y no paró hasta verse fuera del Retiro. Casi sin resuello, buscó la estación del metro. Iría de inmediato a la calle de Verilla. Pero al llegar a la taquilla se detuvo, pues seguía sin dinero. Lo pediría, resolvió, se pondría al lado de esas personas que había visto en las escaleras, pero cuando se dirigía hacia ellas, vio a un grupo de chicos saltarse los torniquetes de entrada y cambió de idea. Ella haría lo mismo. Para algo le habría de servir que su papá no estuviera en la casa en el momento en el que se le cayó la tripa seca del ombligo. Él la tenía que haber atado de la rama baja de un árbol si hubiera querido que no fuera atrevida sino apocada, pero se había despreocupado de sus obligaciones y por eso ahora fue capaz de cruzar con maleta y todo de un limpio salto. A nadie pareció importarle y la joven prosiguió su camino.
Pensaba preguntar cómo llegar hasta la estación de la dirección que llevaba apuntada, cuando escuchó una música conocida. Los chicos que se habían colado como ella eran quienes tocaban y no debían de saberse la letra, porque solo interpretaban la melodía. Angelina comenzó a tararear en voz baja, pero poco a poco fue subiendo el tono:
Pajarito, pajarito,
que en tu jaula vives prisionero,
yo también, igual que tú,
por un amor de penas muero...
Cantas bien le dijo uno de los chicos cuando terminaron la actuación—. ¿Sabes la de Botellita perfumada?
Cómo no.
Angelina cantó al son que le tocaron, y algunos viajeros arrojaron monedas en la bolsa que habían colocado delante. Después vino otra canción y otra más... hasta que uno de los chicos gritó:
¡Los rusos!
Y recogiendo de inmediato la bolsa del dinero, echaron a correr. Angelina vio que se le acercaban unos chicos grandes y rubios de mirada amenazadora, y emprendió la huida detrás de sus efímeros compañeros. Se los encontró en el andén.
Al ratito repartimos se excusó uno de ellos—. Te ganaste tu parte.
Yo ya me quiero ir advirtió molesta Angelina.
Esos rusos abusadores creen que el lugar es suyo y meten bronca a todo el que lo ocupa explicó otro. Por eso corrimos. Pero ahorita tocaremos en los trenes. ¿Por qué no te quedas?
Me quedo si me explican cómo llegar a la dirección donde me esperan ofreció Angelina.
Pasó la mañana cantando de vagón en vagón y comió con sus nuevos compañeros un bocadillo de chorizo que le gustó. Luego quiso irse, pero le rogaron que se quedara un rato más, asegurándole que la acompañarían hasta la misma puerta de la dirección que llevaba. Y así fue. A las diez y diez de la noche, se encontró ante el portero automático de Verilla, 27. Uno de los chicos que la acompañaban pulsó el botón del 3º C.
¿Quién? respondió una voz metálica.
Soy Angelina Jelik, de Guatemala.
Tras unos instantes de silencio, se oyó el zumbido de la puerta al abrirse, y la misma voz ordenó:
Suba.

© Carmen Martínez Gimeno

¿Te has perdido algún capítulo? Aquí tienes los enlaces desde el comienzo:
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 4
Capítulo 5

viernes, 16 de agosto de 2013

Una novela por entregas: Angelina y el Nuevo Mundo (capítulo 2)

Angelina y el Nuevo Mundo
Muchas ciudades del mundo disponen de un sistema rápido de transporte subterráneo. Recibe diversos nombres según el lugar metro, subte, tube, subway, underground—; unos son nuevos y otros viejísimos; algunos están bien señalizados y otros son un auténtico rompecabezas, pero todos comparten una característica: los viajeros que utilizan sus trenes se transmutan cuando bajan a las entrañas de las ciudades por donde circulan.

No hay más que fijarse para percibir la actitud ensimismada de los compañeros de vagón. Incluso en los andenes la gente no se mira, está a sus cosas. Por eso sorprende cruzar los ojos con alguien y enseguida los apartamos, como pillados en falta, para recuperar el recogimiento, mirar al techo, al vacío; mirar sin ver.

Angelina viene de muy lejos. A su alrededor, todo le resulta ajeno. Desconoce normas y costumbres. Tiene que aprender sobre la marcha para subsistir. ¿Será capaz?      

CAPÍTULO 2

T
ILÍN, tolón, tilín tolón, repicaban una y otra vez las alegres campanas anunciando fiesta y sol, y Angelina abrió los ojos a su llamada, pero al hacerlo descubrió para su pesar que no había campanas ni fiesta ni sol, que ese sonido no era más que el tintineo que provocaban los útiles de limpieza empujados por las dos mujeres que se dirigían a guardarlos, y que seguía abandonada a su suerte en el aeropuerto de una ciudad desconocida. Al pasar frente a ella, una de las mujeres se la quedó mirando.
—Pobrecilla —susurró a su compañera—. Lleva aquí desde anoche.
—No te metas —replicó la otra—. Esta gente tiene líos que no entendemos. Anda, vámonos.
Pero Angelina aprovechó para volver a preguntarles la hora.
—Las seis y media de la mañana —contestó la primera mujer—. ¿Esperas a alguien?
—Sí. Llegué de Guatemala y debían haber venido a recibirme, pero nadie apareció.
—A lo mejor se les olvidó o se confundieron de día —quiso animarla la mujer—. ¿No tienes un número de teléfono para preguntar?
—Sí, sí tengo, pero no sé desde dónde hablar.
—Nosotras te ayudaremos. Espéranos aquí. En cuanto recojamos, volvemos.
Angelina les dio las gracias y se puso a buscar en su maleta la carta con el teléfono y la dirección de las personas a las que habían pagado para que la invitaran a viajar a España. Se levantó de su asiento en cuanto las vio acercarse y las siguió hasta un aparato de teléfono. Le prestaron una moneda, y una de las mujeres marcó el número. Luego le tendió el auricular. Le respondió la voz de un contestador automático que la invitó a dejar su recado después de escuchar la señal, pero permaneció callada.
—No entendí lo que la señora dijo y enseguida sonó como un pito.
—Era el contestador. Vuelve a llamar y di que ya has llegado.
Pero Angelina puso tal cara de impotencia que la mujer le cogió el auricular de las manos, marcó el número de nuevo y, tras escuchar el mensaje y la señal, comunicó que la chica que esperaban procedente de Guatemala ya se encontraba en el aeropuerto y que por favor pasaran a recogerla cuanto antes.
—A lo mejor te tiras todo el día aquí esperando —opinó la otra mujer una vez que hubo colgado—. Tienes la dirección, yo creo que podrías ir tú misma a la casa.
—A ver dónde es —intervino su compañera, mirando la carta—: Calle de Verilla. Eso está por Ciudad Lineal. Te podemos acompañar en el metro hasta Avenida de América y luego explicarte cómo llegar a tu estación. En cuanto desayunemos nos vamos. ¿Qué te parece?
Angelina se mostró vacilante.
—Anda, vente. Te invitamos y lo piensas. Estarás muerta de hambre.
Las mujeres la cogieron de los brazos y la obligaron a acompañarlas a la cafetería. En la barra pidieron dos cafés cortados y le preguntaron cómo quería el suyo.
—Igualito —respondió por cortesía, aunque ella solo conocía el café de olla, hecho con agua y canela, y endulzado con una pizca de azúcar de piloncillo.
—Tómate algo más, que llevas muchas horas sin comer —le ofrecieron—. ¿Qué te apetece?
Angelina contempló el gran surtido de bollería que ofrecía la barra y se le hizo la boca agua. Todo parecía apetitoso, pero los ojos se le fueron hacia algo que había visto a veces en los escaparates de las pastelerías de su tierra y nunca había llegado a probar.
—Una orejita —dijo con su suave voz.
Las dos mujeres se rieron, y el camarero le pidió:
—Señálame cuál es.
Angelina alargó el labio inferior en dirección a su elección, a la vez que expresaba:
—Esa, pues.
Sus palabras resultaron ininteligibles para el camarero y las dos mujeres, que le repitieron la pregunta. Comenzaba a sentirse incómoda, pero no quería ser maleducada y señalar con los dedos, algo que su abuela siempre le había afeado.
—A ver, yo te voy diciendo los nombres y tú eliges el bollo que quieres —resolvió la situación una de las mujeres.
Y resultó que la orejita era una palmera. «Chistoso nombre», pensó Angelina, pues en nada se parecía al árbol y en cambio era igualita a la oreja dorada de los conquistadores por quienes se la había bautizado según su abuela.
—Nosotras nos vamos, pues se está haciendo tarde —anunciaron las mujeres—. Si quieres, puedes acompañarnos. Aquí en el aeropuerto no pintas nada.
Angelina aceptó ante la disyuntiva de quedarse sola otra vez. Con ellas al menos sabría cómo llegar hasta la calle de Verilla. Pero no contaba con el metro. Qué extraña impresión le causaron los túneles repletos de olores que desconocía y ese tren que iba por debajo de la tierra, como una lombriz gigante, transportando pasajeros de mirada impasible. Sintió vértigo al subir al vagón y se aferró de inmediato a la barra que había junto a la puerta para no caerse cuando emprendiera la marcha. Las mujeres tiraron de ella para que se sentara y la tranquilizaron explicándole su funcionamiento nada peligroso. Un poco antes de llegar a la estación donde tenía que hacer trasbordo, le reiteraron el recorrido, mostrándoselo en el plano que habían pedido en la taquilla. Casi tuvieron que empujarla para que se apeara:
—Aquí es —le indicaron—. Mucha suerte. Que te vaya muy bien.
Sujetando su maletita verde, Angelina las vio alejarse, agitando la mano como despedida desde la ventanilla, y repitió mentalmente dónde tenía que dirigirse. Primero a la línea 7 y luego a la 5. Buscó los letreros indicadores e intentó seguirlos, pero había una maraña de pasillos y escaleras mecánicas altísimas que avanzaban solas, y acabó confundiéndose. Después de dar vueltas y más vueltas, desembocó en un andén, pero ya había olvidado el nombre de la estación en la que le correspondía hacer el segundo trasbordo. Desalentada, se encaminó hacia un banco para mirar el plano y tratar de recordar. Como ya estaba ocupado, antes de sentarse, dijo:
—Con permiso.
La anciana ocupante la miró sorprendida y repuso, a la vez que se apartaba hacia un lado:
—Siéntate, hija. Hay sitio de sobra.
Angelina le dio las gracias y se puso a examinar su plano. La anciana la observó con detenimiento antes de preguntar:
—¿Eres de fuera?
—Sí, señora. Apenas llegué ayer de Guatemala.
—Estaba segura de que eras latinoamericana. Por la forma tan dulce de hablar, ¿sabes?, y por los buenos modales. Aquí se han perdido, es una pena.
La joven le sonrió sin saber qué añadir y volvió a mirar su mapa.
—Se ve que estás perdida —prosiguió la anciana—. No me extraña, pues esta ciudad es muy grande y complicada. Yo no tengo nada que hacer, así que te puedo acompañar a donde vayas, si quieres.
—Ay, señora, muchas gracias. He de ir a la calle de Verilla, que está en Ciudad Lineal, pero no sé si acá es donde debo tomar el tren.
—Pero tú, ¿adónde vas? —insistió la anciana.
—A la calle de Verilla, señora, allá me esperan. ¿No me haría el favorcito de mostrarme en mi mapa cómo se llega hasta Ciudad Lineal?
—No, no, en el mapa no —replicó la anciana, retirándolo con la mano—. Sin las gafas no lo veo. Dime adónde quieres ir.
—A la calle de Verilla, a la estación de Ciudad Lineal.
—Yo te llevaría con mucho gusto, pero tengo muchas cosas que hacer. Claro que si me acompañas tú a mí primero, luego, cuando termine, te dejo donde quieras.
Angelina vaciló unos instantes para reponer:
—No, no se moleste. Solo explíqueme cómo llegar a la estación que le dicen de Ciudad Lineal, no más eso. ¿Es por aquí?
—Ay, hijita, es más complicado de lo que parece. No te creas que es llegar y besar al santo. Hay gente que se pasa toda la vida tratando de aprender a orientarse en el metro. Muchos de los que se ven subiendo y bajando escaleras con cara de aburrimiento son personas que se perdieron hace tiempo y ya no tienen esperanzas ni ánimos para preguntar cómo salir fuera —se detuvo un momento, como si reflexionara, y luego prosiguió—: Es un problema, porque a veces las aglomeraciones son tremendas. Las autoridades deberían tomar cartas en el asunto... Pero basta de charla, que se nos va a hacer tarde. Ale, vente conmigo, y así te das un paseo por la ciudad. Verás qué bonita es.
La anciana se puso en pie y se dirigió hacia un pasillo, tirando de un carrito de la compra. Angelina la siguió sin saber bien lo que hacía, y al cabo de unos minutos de subir escaleras, se encontraron en la calle. Un sol radiante las deslumbró, y la joven sintió alivio al verlo. Al menos era el mismo que conocía de su tierra. Qué altas le parecieron las casas y qué extraños los ruidos. Caminó un paso detrás de la anciana y por el borde de la acera, dispuesta a bajarse de ella en cuanto algún transeúnte se lo requiriera. Pero no hizo falta. Era ancha y hubo espacio para todos. Llegaron ante el pequeño atrio de una iglesia, y la anciana se encaminó hacia un banco. Se sentó y sacó de su carrito un recipiente de plástico, repleto de miga de pan mojada. Lo abrió, se lo colocó en el regazo y comenzó su retahíla:
—¿Dónde están hoy mis niños? ¿Es que no tenéis hambre? ¡Pajaritos... pajaritos...!
De los árboles cercanos acudieron bandadas de gorriones que se posaron a su alrededor picoteando la comida, subiéndosele a los hombros y la cabeza. La anciana resplandecía de contento. Pasado un rato, guardó el recipiente en el carrito, se sacudió la falda, dio un par de palmadas y proclamó:
—Se acabó lo que se daba. Ale, todos a volar.
Y los gorriones la obedecieron. Entonces se levantó y anunció:
—Me han invitado a comer unas amigas, pero puedes acompañarme. Les encantará conocerte.
Angelina volvió a colocarse un paso detrás para seguirla, pero la anciana la agarró del brazo y le dijo:
—No, hija, basta de formalidades. Qué gusto que seas tan educada, pero camina a mi lado, no vayas a perderte. Donde vamos es un lugar muy concurrido, pues está de moda.
Después de recorrer varias avenidas, llegaron a un edificio antiguo, rodeado de jardines, ante cuya puerta hacían cola multitud de personas.
—Vaya, nos va a tocar esperar un poco, pero merece la pena. La comida es riquísima —comentó la anciana.
Las letras mayúsculas eran las que mejor leía Angelina, así que se entretuvo tratando de descifrar un letrero colocado a la entrada del jardín: MADRES OBLATAS. HORARIO DE COMIDAS 1,30-2,30.
—Buenas tardes, doña Virtudes —la saludó una monja ataviada con un delantal blanco cuando les tocó entrar en el edificio.
—Para nosotras todavía son días, madre, pero sí, son buenos —respondió la anciana—. Hoy vengo bien acompañada. Es mi nieta, hija del virrey de Guatemala. Saluda, bonita.
Angelina abrió de par en par los ojos sin saber qué palabras emplear, pero ya hablaba la monja:
—Muy guapa su nieta. Se le ve en la mirada que es hija de virrey. Pero pasen, que hay mucha gente esperando.
Penetraron en una espaciosa habitación amueblada con mesas alargadas, se sentaron ante una de ellas y de inmediato recibieron sendas bandejas con sopa, carne guisada, un trozo de pan y un yogur.
—Eso que contó de mí... —comenzó a decir Angelina.
—No está de más presumir un poco —la interrumpió la anciana, haciéndole un guiño—. Así nos tratarán mejor.
Angelina sonrió y permaneció callada. Cómo le habría gustado que su abuela hubiera podido escuchar lo de su mirada...
Doña Virtudes la sacó de sus pensamientos. Ya había acabado de comer y la urgía a hacer lo mismo, pues quería irse cuanto antes. La joven se esforzó en terminar el guiso de carne y decidió que el yogur lo guardaría para el día siguiente. Al salir a la calle, miró su reloj, puesto en la hora española por una de las mujeres que había conocido en el aeropuerto. Eran las dos de la tarde, y picaba el sol.
—Vamos al metro —dispuso su acompañante.
Angelina no tenía billete ni euros para comprarlo.
—No importa. Yo te invito —ofreció doña Virtudes.
Y se dirigió a la ventanilla, arrastrando su carro:
—Buenas tardes, guapa —saludó a la taquillera—. ¿Serías tan amable de abrirnos la puerta para que pasemos mi nieta y yo, que vamos muy cargadas?
—Claro, pasen —le respondió amable.
Una vez en los andenes, la anciana buscó el banco más próximo al túnel, colocó el carrito pegado a la pared para que no molestara y se sentó.
—Qué fresquito se está aquí, ¿verdad? Vamos a dormir la siesta para hacer bien la digestión.
Y antes de que a Angelina le diera tiempo a opinar, comenzó a escuchar sus suaves ronquidos. «¿Qué hago», reflexionó. Sacó el plano del metro e intentó descifrar cómo llegar a la calle de Verilla. Recordaba que tenía que bajarse en Ciudad Lineal, pero no cómo ir hasta allí y, aunque dedicó un buen rato a intentarlo, no fue capaz de descubrir cuál era el trayecto. Preguntaría a otra persona, decidió. Abrió mucho sus ojos de hija de virrey y se levantó para dirigirse a una persona que había cerca. Pero en ese momento se despertó doña Virtudes.
—Vaya, justo a tiempo. Vamos, bonita, que perdemos el tren.
Y se aproximó al borde del andén donde en ese instante se detenía el convoy. Angelina la siguió y recorrieron varias estaciones, hasta que doña Virtudes determinó que habían llegado a su destino. Luego se encaminaron a un hermoso parque.
—Es el Retiro, y aquí tengo a muchos familiares que alimentar. Mira, mira, ya aparecen los primeros...
De los árboles y arbustos de alrededor comenzaron a acudir ardillas que se acercaban sin miedo a solicitar su comida. La anciana sacó de su carro una bolsa con cacahuetes y los fue repartiendo. Era gracioso ver cómo los pelaban con sus ágiles dedos y enseguida querían más. Cuando se acabó la bolsa, doña Virtudes les pidió que se marcharan, pero no resultaron tan obedientes como los pájaros y se quedaron remoloneando a su alrededor, siguiéndolas un buen trecho del camino.
—A estas no hay quien las eduque —se quejó la anciana—, y mira que me esfuerzo, pero no sirve de nada. ¡Ale, marchaos antes de que me enfade! Lo que queda no es para vosotras, glotonas.
Por fin lograron librarse de ellas justo cuando llegaron a una montaña artificial de la que salieron decenas de gatos que maullaban y ronroneaban zalameros en torno a la anciana. Se repitió la misma ceremonia, repartiendo esta vez restos de pescado de olor nauseabundo que no parecía molestar a los felinos.
—No hay nada como cumplir con el deber —dijo cuando los gatos terminaron con las provisiones—. Para celebrarlo, vamos a tomarnos algo.
—No, señora, yo no tomo —replicó Angelina.
—No te preocupes por el dinero. Estando conmigo no te hace falta. Yo corro con todos los gastos. Para eso soy quien soy.
—No, yo le agradezco —insistió la joven—, pero es que no tomo. Ni aunque tuviera mis centavitos...
Doña Virtudes la agarró fuerte del brazo y se dirigió con ella a una terraza.
—Hola, Perico —saludó al camarero—. ¿Nos podemos sentar?
—Donde usted quiera, condesa. Ahora le traigo una  horchata.
—Hoy vengo acompañada.
—Pues otra para la chica. ¡Marchando dos horchatas y unas patatas fritas!
—Gracias, majo. Ponlo en mi cuenta —dijo la anciana cuando les sirvieron.
—A mandar, condesa.
Horchata de chufas. Era la primera vez que Angelina la probaba. Solo conocía la de arroz que ella y su abuela solían vender en Los Encuentros a los viajeros que allí se congregaban a la espera de sus autobuses. Estaba sabrosa y dulce. Y las papas fritas, no acá en España le decían patatas, qué chistoso. Y tomar no era beber alcohol. Doña Virtudes se rio cuando le explicó el malentendido. Cuantas cosas nuevas...
Se estaba muy a gusto en el parque y la anciana era amable, pero la tarde avanzaba y Angelina creyó que había llegado el momento de pedirle que cumpliera su promesa de acompañarla a la calle de Verilla.
—Ay, hija, con lo lejos que queda. Mejor lo dejamos para mañana. Además, no es de buena educación presentarse sin avisar. Mañana llamamos por teléfono y anunciamos nuestra visita. Hoy te invito a dormir conmigo en el hotelito de verano. Verás qué agradable es.
Angelina quiso protestar, pero doña Virtudes no se lo permitió. Total, qué más daba un día que otro, qué prisas tenía. A esas personas no las conocía de nada y quizá no fueran como esperaba; en cambio, ella la estaba tratando bien porque sabía lo que era encontrarse sola. Además, tenía que enseñarle algo importante.
 —Acompáñame —le dijo, poniéndose en pie.
Angelina la siguió hasta un puentecillo de madera que salvaba un turbio arroyo.
—Hace años, estas aguas eran cristalinas y servían para beber, los árboles eran frondosos y se podían enterrar tesoros a sus pies sin miedo a que nadie los descubriera. Ahora todo ha cambiado. Nada es para lo que era ni dura lo que debía. —Sacó un envoltorio de plástico y añadió, mirándola con solemnidad—: Toma. Guárdalo en tu maleta que es más segura que mi carro, ¿quieres?
Angelina lo cogió indecisa.
—Guárdalo —insistió doña Virtudes, empujándole la mano con la suya—. Ya sé que mañana te vas y tal vez no nos volvamos a encontrar, pero quiero que lo tengas tú. Eres más de fiar que las raíces de los árboles, y algún día puede que te venga bien.
La joven abrió la maleta y colocó el paquetito entre sus pertenencias, mientras la anciana se aseguraba de que quedaba bien protegido.
—Hora de retirarse —decidió entonces, lanzando un suspiro—. Mañana será otro día.
Angelina la siguió por el Retiro hasta que llegaron a un paraje solitario donde había un enorme tubo de cemento, sobrante de alguna obra, medio oculto por la abundante vegetación.
—Ya hemos llegado. Aquí duermo en el buen tiempo por el fresco y porque me gusta ver las estrellas, pero en invierno me traslado al piso de Serrano. Supongo que querrás lavarte un poco antes de acostarte. Ahí tienes la fuente —observó, señalándole una próxima—. El agua es de Lozoya, la mejor del mundo. Por eso me gusta este lugar.
La joven se enjuagó la cara y las manos, se las secó con la punta de la blusa y siguió a doña Virtudes hasta la entrada del tubo. Antes de adentrarse en él, la anciana miró a su alrededor y dijo sonriente:
—A ver si aciertas la adivinanza:
Jicarita azul y negra,
palomitas de maíz,
lucecitas que no duermen
y que te miran dormir.
Angelina puso ojos de asombro y el corazón le dio un vuelco. Esa misma adivinanza la había escuchado con frecuencia de labios de su abuela.
—¿Sabes lo que es? —insistió doña Virtudes.
—El cielo de la noche —respondió Angelina, ahogando la emoción.
La anciana asintió y luego se agachó para meterse en el tubo. Angelina la siguió. Colocaron el carrito y la maletita verde al fondo, y se tumbaron una al lado de la otra.
—Para tener buenos sueños, no hay nada como terminar el día con un pensamiento feliz, no lo olvides. Hasta mañana, que descanses —se despidió la anciana.
—Gracias, igualito le deseo —respondió Angelina.
Pensamiento feliz... en las extrañas circunstancias en que se encontraba, no se le ocurría ninguno. ¿Quién era esta señora que sabía recitar la adivinanza favorita de su abuela? ¿Qué quería de ella? No acertaba a comprender lo sucedido y se sentía desamparada, tan lejos de la única persona que siempre la había cuidado. No, no se le ocurría ningún pensamiento feliz, sino lúgubres presentimientos que la llenaban de angustia. Si su abuela pudiera contemplarla ahora, durmiendo en un parque después de un viaje tan largo y tan caro... No, seguro que no era esto lo que deseaba para ella y no debía defraudarla. ¿La dejaría marchar doña Virtudes?

© Carmen Martínez Gimeno

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