miércoles, 17 de julio de 2013

«Así en la tierra como en el mar»: Escribir, escribiendo, escritores

escritores
Todos los días bajo a la mina donde habitan los personajes de novela. Hay noches que duermo dentro.
Rafael R. Costa
Más de uno, como yo sin duda, escribe para perder el rostro. No me pregunten quién soy ni me pidan que permanezca invariable: esa es una moral de registro civil y atañe a nuestros papeles. Que  nos deje libres cuando se trata de escribir.
Michel Foucault
 
Necesidad de crear: no la gran obra […], sino eso que te falta para sentirte fugazmente completo y que solo tú  puedes hacerlo: Dios en los primeros seis días.
Jorge Enrique Adoum

Tanto nos ha gustado a los seres humanos desde el origen de los tiempos dejar rastro de nuestra presencia y pensamiento con huellas de manos,  muescas, rayas y todo tipo de representaciones más o menos figurativas que incluso se llegó a pensar que las escrituras eran previas al lenguaje verbal articulado. Sin embargo, hoy la opinión generalizada es que la escritura sirvió para reforzar al habla como doble memoria, que además permitía una reflexión adicional sobre los hechos. Y desde los comienzos de la escritura hubo personas más cultas que se especializaron en ella, ahondaron en sus arcanos y se esforzaron en desarrollarla: los escribas, copistas y amanuenses anónimos. Después llegaron los escritores con otras ínfulas, y a partir de Homero, ciñéndonos al mundo occidental, cabe afirmar que han abundado tanto como las estrellas de los cielos y las arenas de la mar.
Escribimos y escribimos, unos mejor que otros y unos pocos con mayor éxito que la mayoría, pero todos sin descanso. ¿Por qué lo hacemos? ¿Qué oculto resorte nos mueve a poner por escrito lo que se nos ocurre? Paul Auster asevera que no lo sabe: «Lo único que puedo decir,  y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia». Otros intuimos esa inclinación incluso antes. Yo quise escribir desde que me enseñaron a leer, antes incluso de tener uso de razón, porque en mi inocencia me vi capaz de crear mis propios cuentos y cambiar del mundo lo que no me gustara. ¡Zas, de un plumazo!: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el mar», repetía terca al rezar el padrenuestro, porque me parecía muchísimo más justo y estético (rima inconsciente de mis pocos años) que lo que se empeñaban en enseñarme.

 ¿Buscaba ya sin saberlo, como diría César Vallejo, le mot rare  y después vino la preocupación por le mot juste? Ay, esas palabras raras de los primeros escritos, demasiado indómitas para riendas todavía flojas, en un intento de emular a los grandes, decir lo que nunca se había dicho, llegar más lejos. Las palabras justas brotarían después, investigando, una vez que se va aprendiendo a calibrar y se dominan los dobles sentidos: la más precisa y la que mejor exprese la justicia (o injusticia) que percibamos.

Primeros pasos. Recuerdos infantiles y literatura. Mónica Rouanet cuenta que cuando era pequeña, su madre empezó a preocuparse por ella: todos los días, al ir andando por la calle, se caía al suelo. Consultado un médico, concluyó que no le pasaba nada grave, que su vista era buena, su oído también, y lo mismo pasaba con su aparato locomotor. «¡Ha tenido usted una hija despistada, así de simple!». ¿Era eso cierto, era un simpe despiste lo que hacía tropezar a Mónica? No, ni mucho menos: «Ellos no sabían que para mí era (y es) imposible caminar por la calle y no mirar por las ventanas de los edificios que voy dejando atrás. Desde abajo alcanzo solo a ver muy poco; con suerte puedo apreciar un techo con alguna lámpara, el color de las paredes, un cuadro, unas cortinas... Eso me basta. Con eso puedo imaginar la vida de los que han hecho de ese espacio su hogar. Algunas de esas historias son tan bonitas, o tan raras, o tan interesantes, que no quiero olvidarlas».
Pilar Alberdi también se remonta a la infancia al explicar por qué escribe: «Los años de la niñez me regalaron la lectura de varias obras literarias (Platero y yo, El viejo y el mar...) en las que reconocí una experiencia de vida que, aunque no era igual a la mía, me hablaba de lo que yo sentía. Así percibí el mundo en pequeño y más allá de las fronteras de mi familia o mi país. Un día escribí mi primer poema». ¿Y cómo era, Pilar? ¿Se parecía a los hermosísimos que publicas ahora? La semilla de la creación, el germen de la luz futura…
La infancia, la adolescencia: unos pocos años y un puñado de libros que marcan nuestras vidas. Sin embargo, hay más palancas listas para mover nuestro mundo interior al más leve toque si se les presta atención. Rafael R. Costa declara que no ha descubierto la razón que le impulsa a escribir, a pesar de haber intentado «con ahínco y linterna en mano» ahondar en su experiencia: «todo resultó en vano, pues no he logrado extraer de mi agujero más que agua y muy raramente una pepita de oro que a veces, en lugar de guardarla como hacen otros buscadores, arrojo a mis espaldas». He aquí una de esas pepitas, la revelación de otra poderosa palanca: «He de confesar, no obstante, que mi primer contacto con la literatura no surgió con libros y mucho menos con el acto de escribir. Hasta lo que ahora se denomina adolescencia viví en una gran casa, apartada del mundo, con una ría, un patio y membrilleros, a solas con una persona que me llevaba setenta años de edad y no sabía leer. Pero casi todas las noches me contaba una historia».

Ese mismo gusto por las historias, esa urgencia imperiosa de contar, es la palanca que impulsa a Amelia Noguera: «Me preguntas por qué escribo, pues bien, escribo porque lo necesito, porque inventarme otros mundos me obliga a pensar en este e intentar entenderlo, porque vivir la vida ficticia de otros me lleva a valorar más la mía, porque comprender a los personajes que creo como para conseguir que a otros les parezcan verosímiles me lleva a ponerme en el lugar de las personas de verdad, con quienes me relaciono cada día, a verlas tal como son y no como me gustaría que fueran».

Otros se definen desde el comienzo para que no haya lugar a error: «Me llamo Santiago Casero González y me gusta decir que soy narrador. Disfruto contando, desdoblándome en otros a través de los personajes, inventando otras vidas. He escrito cinco novelas y tres libros de relatos (alguno de ellos todavía buscando editor), aunque a menudo digo que en realidad he imaginado cientos de libros que aún no han saltado al espacio tangible del papel. De momento descansan solo en mi imaginación, un soporte que todavía no se puede leer».
Y hay más motivos para escribir. La viajera Carmen Grau añade los suyos: «Escribo porque lo he hecho toda la vida y, como la lectura, la escritura es parte esencial de mí. Empecé de niña por un ansia de ser comprendida y así descubrí que plasmar mis pensamientos y emociones en el papel era un tipo de comunicación que iba más acorde con mi manera de ser, rebelde y solitaria. Escribo, primero de todo, teniendo en mente mi perfil de lectora.  Jamás escribiré nada que yo misma no leería».
Isabel Martínez Barquero avanza un paso más al revelar: «No sé cuál es exactamente el móvil que me impulsa a escribir, pero sí he identificado en muchas ocasiones esa “cosquilla interior” a la que se refería Julio Cortázar: la extrañeza ante determinadas actitudes, relaciones, situaciones, hechos o pensamientos, un pasmo que se instala en mi mente y se adueña de ella hasta que consigo que circule en palabras. Mediante la escritura logro dar forma al hecho o hechos que me han asombrado de manera mayúscula, bien sea porque los he presenciado, los he intuido en la observación minuciosa o han surgido en mi pensamiento sin más».

El pasmo ante lo extraordinario o el sobrecogimiento ante la magnitud de la historia menuda, esa que pasaría inadvertida si no hubiera escritores dispuestos a narrarla. Y además, el reto personal como móvil, aunque Pablo de Aguilar González lo denomine evasión: «Empecé a escribir por una necesidad creativa que me evadiera de la informática. Un día me puse a pensar en qué podría consistir esta actividad; quien me conozca sabe que no podía tener nada que ver con el dibujo, la plástica o la música. ¿Qué me quedaba? Me apunté a un taller de escritura creativa a ver qué tal se me daba y, poco a poco, texto a texto, aquí sigo. Nunca sabré si el hecho de haber ganado algún concurso o publicado dos novelas ha conseguido que continúe escribiendo, si lo habría dejado de no haber logrado algún pequeño éxito. El caso es que, ahora, ya forma parte de mi vida, y no concibo el tiempo libre sin dedicar un rato a la escritura. Porque, eso sí, como siempre digo, yo soy un informático que escribe».

Antonio Jareño también habla de reto y éxito al explicar por qué sigue en la escritura: «Sería una exageración considerarme a mí mismo escritor, sobre todo porque ninguno de mis textos ha nacido de la pura necesidad de escribir. La mayoría fueron escritos con la finalidad de presentarlos a un concurso literario (y allí fue donde el éxito llevó a la repetición de hábitos). El salto del relato breve a la novela partió de una especie de autodesafío en las redes sociales, una manera de demostrar(me) que era capaz de escribir un texto largo con un argumento original que consiguiera entretener al lector de la primera a la última página. Ese fue el origen de mi novela No todos moriréis».
Los escritores somos demiurgos: si no dioses, sí al menos semidioses creadores de nuestros mundos e impulsores y ordenadores de nuestros universos inventados. Por suerte para los lectores, el aliento creativo se manifiesta a veces mezclando dosis de humor e ingenio a partes iguales. Es el caso de Manuel Merenciano: «Dice el protagonista de uno de mis relatos que el hombre es un ser caracterizado por un principio de movimiento que determina su impulso para la creación, para la transformación de la realidad, y supongo que algo de ello hay en la motivación de mi escritura. De todas formas, si hago una introspección y hurgo más en las emociones que en el pensamiento, no utilizaré reflexiones sublimes para argumentar por qué escribo, sino más bien razones basadas en mis bajos instintos. Así que… ahí va: escribo por miedo y por venganza. Miedo a que se vengan abajo los frágiles cimientos que sustentan nuestra vida cotidiana, y venganza contra la estupidez que conforma la estructura de esos cimientos. Se trata de una catarsis que me resulta no solo liberadora sino también divertida. De modo que para que se divierta el psiquiatra prefiero divertirme yo mismo, y divertir al lector. Aunque si estas líneas las escribiera mañana, seguramente diría todo lo contrario, pero al revés».
Santiago Casero González aprieta más esa misma tuerca: «Yo he dicho en alguna parte que para mí la creación literaria es una necesidad y una obligación. No puedo entender cómo hay quien no escribe. No existe una actividad más sencilla y más natural que la escritura, realizable en cualquier sitio y casi bajo cualquier circunstancia. Obviamente, no estoy hablando de la obligación de crear (aunque sí de intentarlo) La montaña  mágica ni Los demonios, productos que ya caen en el territorio del prodigio». Amelia Noguera añade: «Escribiendo te das cuenta de que los temas fundamentales son siempre los mismos: el amor, la vida y la desigualdad. Escribir es psicoanalizarte y es vivir más plenamente; eso me basta para seguir haciéndolo».

Sin embargo, aunque bajemos todos los días con Rafael R. Costa a la mina donde habitan los personajes de novela, no siempre logramos atraerlos a la nuestra; a veces, como se queja un personaje de Jorge Enrique Adoum, la novela no se deja decir. «En ocasiones, pasan años hasta que consigo nombrar, y quizá conjurar, determinados hechos que se quedan en mí con vocación de permanencia. La cosquilla solo cesa cuando me siento vacía y feliz por haber expresado aquello que deseaba, aquello que me instiga a escribir y a hacerlo de determinada manera, con el tono que me parece exacto para la historia»,  declara Isabel Martínez Barquero. Y continuamos en la brecha: «Por eso escribo, porque no quiero que los millones de historias que invento cada día caigan en el olvido», según palabras de Mónica Rouanet. Pero no todo vale. Igual que muchos otros escritores, Carmen Grau pone alto su listón al afirmar que jamás escribirá nada que ella misma no leería: «Eso descarta de un plumazo varios de los géneros literarios más populares, pero creo que solo siendo fiel a mí misma logro gustar a un público lector más amplio y desconocido. Lo hago primordialmente para inspirar, emocionar y dar que pensar. Y si encima logro entretener, mejor que mejor».
La persistencia y el paso de los años se notan y dejan poso: «Aquellos impulsos juveniles no son los mismos hoy tras un recorrido lector, una trayectoria como escritora y un conocimiento personal y social. Hoy sé, además, la razón  por la que muchas personas tienen vidas de intensa creatividad artística. Se lee y se escribe para conocer.  Y, si además de eso, una obra personal puede llegar a gustar a otros, lo agradezco», concluye Pilar Alberdi. Por su parte, Santiago Casero González observa: «Comparto con Borges la idea de que al escritor le está dado inventar una fábula, pero no escribir la naturaleza de esa fábula. Siempre he creído que si un narrador habla demasiado sobre su obra y la empeora, es malo; pero si la mejora, es peor todavía. Sin embargo, es inevitable que todo escritor acabe preguntándose por qué escribe, de qué, cómo lo hace… Yo disfruto singularmente con la confusión de identidades, con las contradicciones de los personajes, que a menudo son las mías, ya que creo que ahí, en la identidad, reside uno de los mayores enigmas del ser humano. En ocasiones, lo más cercano es lo más desconocido, por eso extraigo mi material narrativo de lo que me rodea, de lo que puedo ver y me asombra. A veces tengo la impresión, un poco vanidosamente, de que narro porque sospecho que detrás de la apariencia hay algo más y no estoy seguro de que los demás lo hayan visto. Sin embargo, mi vanidad no me llega para creer que haya que invocar la existencia de un estado privilegiado de conciencia en el proceso creativo, a la manera de Rimbaud (¡Je est un autre!)). Siempre he pensado que los escritores no somos médiums de la divinidad, pero también es cierto que la mera explicación del esfuerzo tal vez no alcance para aclarar la creación artística. La obra literaria es sin duda un artefacto, pero cuando la sostienes en tus manos casi puedes llegar a percibir algo parecido a lo animado».
Escribimos, nos preguntamos por qué lo hacemos, seguimos escribiendo, queremos provocar en el lector el mismo placer que obtenemos nosotros al crear, seguimos escribiendo, bebemos de las fuentes literarias pretendiendo ensanchar sus límites, seguimos escribiendo… y, sin embargo, todos sabemos que nuestro oficio es incierto, que las más de las veces hay que tener otro para ganarse la vida. Pablo de Aguilar González señala: «La literatura es una afición. ¿Me gustaría vivir de ella? Supongo que sí, aunque me da mucho miedo convertirla en un trabajo. De todos modos, como sé que es algo imposible, tampoco me lo planteo, y esto me proporciona cierta libertad que me agrada. ¿Me gustaría publicar un bestseller? Claro, a quién no. No obstante, siempre escribo lo que me apetece escribir, con una voz y un estilo que he hecho míos y que, a la vista de los resultados, no es comercial. En realidad, lo que de verdad persigo es el arte. Sé que estoy muy lejos de él, que, probablemente, sea una meta inalcanzable; pero solo si un día lo consiguiera, sería cuando me sentiría un escritor que programa. Si persiguiendo el arte, si utilizando mi propia voz, si escribiendo siempre el libro que me gustaría leer, un día consigo convencer a una editorial o a un pequeño grupo de lectores, bienvenido sea. Si no, lo seguiré intentando. Pero siempre de un modo que me proporcione placer, sin pensar en las ventas; porque yo ya tengo un empleo que me absorbe demasiado tiempo. Y no necesito otro». Antonio Jareño juzga la experiencia hasta el momento: «¿Los resultados? Podemos decir que el mundo literario y la publicación digital en Amazon me han dejado un poco perplejo: por un lado, tengo agente literario, y los blogs de reseñas han sido abrumadoramente favorables, igual que los de los lectores que han dejado su comentario. Pero, por otro, a día de hoy todavía no tengo editorial, y el puesto en las listas amazonianas se hunde en cuanto dejas de hacer publicidad. Así que digamos que la experiencia está siendo positiva, aunque después de descubrir que la literatura exige más dedicación de la que uno piensa de antemano».
No obstante, seguiremos escribiendo, buscaremos el tiempo necesario a pesar de todos los pesares, porque Paul Auster está en lo cierto: «Sin duda, es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer eso? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa».  Acaso en el futuro, con el paso de los años, llegaremos a la misma conclusión que Miguel Delibes: «si la vida siempre es breve, tratándose de un narrador, es decir de un creador de otras vidas, se abrevia todavía más, ya que este, antes que su personal aventura, se enajena para vivir  las de sus personajes. Encarnado en unos entes ficticios, con fugaces descensos de las nubes, transcurre la existencia del narrador inventándose otros “yos”, de forma que cuando medita o escribe, está abstraído, desconectado de la realidad. Y no solo cuando medita o escribe. Cuando pasea, cuando conversa, incluso cuando duerme, el novelista no se piensa ni se sueña a sí mismo; está desdoblado “en otros seres”, actuando por ellos».
Nadie escarmienta en cabeza ajena, sin embargo, y mientras vienen los días de la melancolía, seguiremos pendientes de las avispas que habitan nuestra mente para guiar su vuelo cuando el enjambre se alborote y quiera salir fuera. Porque el mejor libro, la mejor novela, son aquellos todavía en ciernes, cuando aún queda todo por decir, todo por lograr.  Cuenta Rafael R. Costa de la persona que cada noche le relataba una historia: «Se sentaba en su mecedora, daba un traguito a su ginebra de naranja, y entraba en un sopor indefinible cuando comenzaba su narración. Ese sopor, creo, es la literatura». Yo también lo creo.
Agradezco a todos los escritores que aparecen citados su generosa colaboración en la escritura de esta entrada.
Sobre estos escritores
Jorge Enrique Adoum, escritor ecuatoriano muerto en 2009. Su novela más conocida es Entre Marx y una mujer desnuda, de donde provienen las dos citas de la entrada. Más información en Wikipedia.
Pablo de Aguilar González, escritor e informático español nacido en Albacete y afincado en Molina de Segura (Murcia). En pocos años ha ganado varios premios literarios y ha publicado dos novelas, Intersecciones y Los pelícanos ven el norte. Más información en su blog Echándolecuento.
Pilar Alberdi, escritora y psicóloga argentina afincada en España. Ha ganado diversos premios, como el de la Ciudad de Segovia, 1997; Lazarillo (Teatro de cámara y ensayo), 2000; II Premio de Relatos Feria del Libro de Madrid- Plaza & Janés Editores, 2000, y ha sido finalista de otros muchos. Entre sus libros están Las fotos del inglés, Isla de Nam, Escribir, Cuentos para niños, Los cuadernos de la señora Bell, Alas de mariposa y La niña que no quería nacer, todos disponibles en Amazon. Participa en el Circuito del libro infantil y juvenil del Centro Andaluz de las Letras y tiene este blog. 
Paul Auster, escritor, guionista y director de cine estadounidense. Entre sus muchas novelas, destacaría Mr. Vértigo, El libro de las ilusiones o Invisible. Los textos citados en esta entrada pertenecen a su discurso de aceptación del Premio Cervantes de Literatura. Más información en Wikipedia.
Jorge Luis Borges, escritor argentino muerto en 1986. De su abundante obra escogería El Aleph, Historia universal de la infamia y El libro de arena. Más información en Wikipedia.
Santiago Casero González, escritor español nacido en Ciudad Real. Licenciado en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid, se dedica a la enseñanza desde 1989. Su novela  Huellas de lo humano resultó finalista en la 66ª edición del Premio Nadal, así como en otros varios, y ha sido publicada con el título Salvo la culpa por la Editorial Intangible en 2013. Otras de sus obras son La memoria de las heridas, Ayuntamiento de Navalmoral de la Mata, 2013; El verano de las bestias, Ayuntamiento de Alcobendas, 2012; Los huérfanos del tiempo, Diputación de Cáceres, 2012; Eso te salvará,  Diputación de Ciudad Real (BAM), 2011; y Varadero de poetas, Segorbe, Fundación Max Aub-Valencia, Editorial Pre-Textos, 2008. Más información en Wikipedia.
Miguel Delibes, escritor español, miembro de la RAE, muerto en 2010. Entre sus abundantes libros, resaltaría La hoja roja, Cinco horas con Mario y El hereje. Los textos citados pertenecen a su discurso de aceptación del Premio Cervantes de Literatura. Más información en Fundación Miguel Delibes.
Michel Foucault, escritor francés muerto en 1984. De sus libros resaltaría Las palabras y las cosas, La arqueología del saber  y Esto no es una pipa. David Macey escribió una completa biografía en la que analiza su obra, Las vidas de Michel Foucault, trad. de Carmen Martínez Gimeno, Madrid, Cátedra, 1995. La cita de la entrada pertenece a La arqueología del saber; la traducción del francés es mía. Más información en Wikipedia.
Carmen Grau, escritora española que vive en Australia. Ha publicado la novela Trabajo temporal y el libro de viajes Amanecer en el Sudeste Asiático. Su segundo libro de viajes, Hacia tierra austral. Un viaje en tren de Barcelona a Perth, está a punto de salir a la luz. También publica relatos y ensayo en su blog. Para más información visita su página de Amazon.
Antonio Jareño, escritor español, profesor de Filosofía en un instituto. Ha ganado diversos premios en concursos literarios y publicado una novela, No todos moriréis, disponible en Amazon. Tiene una página web donde se puede obtener más información.
Isabel Martínez Barquero, escritora española nacida en Murcia y licenciada en Derecho. Obtuvo el  Premio Hucha de Plata en la XXIV edición del concurso de cuentos Hucha de Oro. Ha publicado un libro de relatos, Linaje oscuro (Ediciones Oblicuas), así como dos novelas, La historia de los mil nombres y Aroma de vainilla, y un libro de poesía, Lunas de ausencia, todos en Amazon. También ha publicado relatos en los libros Amigos para siempre (Ed. Hipálage) y París (M.A.R. Ed.), además de poemas y relatos en diferentes revistas y páginas virtuales. Es autora del blog literario El cobijo de una desalmada.
Manuel Merenciano, escritor español nacido en Elche de la Sierra (Albacete) y licenciado en Medicina y Cirugía. Afincado en L’Eliana (Valencia), inició su obra literaria en 2004. Ha sido galardonado en diversos certámenes literarios, como el Premio Nacional del Certamen Los Cuentos de La Granja y el IV Certamen de Poesía y Relato Grupo Búho. Ha sido finalista en el Premio de Libro de Cuentos Manuel Llano, del Gobierno de Cantabria, en las ediciones de 2006 y 2007. Cultiva sobre todo el cuento y el microrrelato, y recientemente ha publicado su primera novela, El dulce aroma de la madreselva, en Amazon, donde también tiene otros libros. Más información en su blog.
Amelia Noguera, escritora, traductora e ingeniera informática española. Ha publicado tres novelas en Amazon, Escrita en tu nombre, La pintora de estrellas y Prométeme que serás delfín. En este momento valora diferentes opciones para publicar sus siguientes trabajos. Más información en su blog.
Rafael R. Costa, escritor español nacido en Huelva y afincado en Madrid. Ha ganado varios premios literarios y su única dedicación actual es la literatura. En Amazon pueden encontrarse algunas de sus obras publicadas, como  El niño que quiso llamarse Paul Newman, La interpretadora de sueños, La novia de Txeroki, El caracol de Byron, El cráneo de Balboa, El jardín de Golem y Blog Story. Más información en esta entrevista de Eriginal Books.
Mónica Rouanet, escritora española que vive en Madrid. Es licenciada en Filosofía y Letras, Pedagogía y Psicología,  y ha publicado una novela en Amazon, El camino de las luciérnagas. En la actualidad está en proceso de creación de su segunda novela.
César Vallejo, escritor peruano, muerto en París en 1938. Publicó en Lima sus primeros poemarios, Los heraldos negros y Trilce; su única novela, El tungsteno, se publicó en Madrid. Es autor además de obras de teatro, ensayo y numerosos artículos periodísticos. La cita que aparece en la entrada pertenece a uno de ellos, escrito desde París para una revista peruana. Más información en Wikipedia.


 

 

miércoles, 10 de julio de 2013

Pautas de corrección para mejorar un texto

corrección de textos
La duda es uno de los nombres de la inteligencia.
Jorge Luis Borges
Un texto nunca queda perfecto a la primera. Es algo que saben bien quienes tienen experiencia en la escritura. Por eso, es fundamental dedicar esfuerzo y tiempo adicionales a la revisión antes de hacer pública nuestra entrada en un blog, nuestra reseña, nuestro cuento, nuestro trabajo de investigación o nuestra novela. Todo escrito, prescindiendo del objetivo que persiga, necesita una corrección minuciosa para evitar errores ortográficos y sintácticos, así como para mejorar la redacción. Una vez que se adquiere práctica, es igual de fácil escribir con claridad que de manera confusa. Depende del empeño personal.
Ahora bien, para corregir con eficacia debemos tomar distancia de lo que hemos escrito, olvidarnos de que somos los autores y contemplarlo con mirada ajena, despiadada. Y nada mejor para lograr esta perspectiva que dejar pasar un tiempo, más o menos prolongado según la extensión del texto.
Pero antes de ese distanciamiento necesario, habremos utilizado la herramienta de corrección que ofrecen los procesadores de texto. El corrector ortográfico de Word, por ejemplo, es fundamental para aligerar el trabajo, pues aunque es cierto que tiene fallos y no siempre es de fiar porque no ofrece la solución acertada, existe la posibilidad de mejorarlo para amoldarlo a nuestras necesidades. Por ejemplo, descubrí que no discriminaba entre elige y elije, ni entre huida y huída, así que añadí en Opciones (opciones de autocorrección) el cambio automático a las dos formas correctas, elige y huida, cuando me confundiera en la escritura. Del mismo modo, se puede agregar la corrección automática de los errores más habituales que solamos cometer, así como las novedades en acentuación de la RAE. Es importante que nos aseguremos de incluir todas aquellas palabras con las que tengamos problemas particulares.
Una correctora o editora experta revisa en la misma lectura los aspectos ortotipográficos, morfológicos, sintácticos y estilísticos de un texto, así como el aparato crítico formado por las notas y la bibliografía en caso de que lo haya, realizando los cambios pertinentes. Repasemos las cuestiones primordiales a las que presta atención dentro de cada uno de los diferentes planos.
Ortotipografía
·        Uso de mayúscula inicial para los nombres propios, y lo son, entre otros, las marcas de coches, los nombres de establecimientos, las calles o plazas, pero no los días de la semana, los nombres de los meses, las estaciones del año ni los puntos cardinales. Tampoco se escriben con mayúscula inicial las preposiciones y conjunciones que formen parte de un nombre propio. Los títulos de libros se escriben con mayúscula inicial la primera palabra y el resto en minúsculas; los de revistas y periódicos, con mayúscula inicial cada uno de sus componentes, menos preposiciones y conjunciones: La historia escrita en el cielo (novela); La Vanguardia; El Heraldo de Aragón (periódicos).

·        Uso de la letra cursiva para los títulos de libros, revistas, periódicos, películas y obras de arte; los nombres de barcos, aviones y animales; las locuciones latinas que no están castellanizadas; las palabras escritas en otras lenguas que no están castellanizadas; o los apodos cuando acompañan al nombre propio.

·        Uso de las comillas en títulos de artículos o conferencias; en citas textuales y en los diálogos (comillas de seguir, cuando hay un punto y aparte). Recuérdese que siempre que se abren comillas deben cerrarse, menos en el caso de las comillas de seguir. Asimismo, tras las comillas debe colocarse la puntuación que corresponda. Se ha de prestar una atención especial a no mezclar el estilo directo y el indirecto cuando se utilizan comillas en una cita. Si es textual, debe emplearse el estilo directo y comillas: «Yo estuve ahí», dijo el testigo, pero nunca: El testigo dijo que «yo estuve allí». Al emplear el que es estilo indirecto y sería el testigo dijo que él estuvo allí o bien el testigo dijo que él «estuvo allí».

·        Uso de la raya o guion largo (—) en los diálogos en discurso directo o en los incisos dentro de un texto. Recuérdese que es un signo distinto al guion o símbolo menos (-) empleado para unir dos palabras que siguen manteniendo su identidad separada: tratado franco-alemán. Si se suprime el guion, el significado es conjunto: comunidad francoalemana.

·        Uso de los paréntesis: Recuérdese que siempre que abren han de cerrar; que cuando sea preciso abrir nuevos paréntesis dentro de otros se utilizan los corchetes y que la puntuación que corresponda se coloca siempre detrás del paréntesis de cierre, menos en el caso del punto y seguido cuando el texto entre paréntesis es independiente. Ejemplo: Los alienígenas llegaron a España (país de la Unión Europea [poco unida] cercano a África), pero no quedaban habitantes. (Extracto de «Crónicas inconexas», manuscrito que nunca se publicará).

·        Puntuación: Recuérdese que nunca se escribe coma (,) entre el sujeto y el verbo ni entre el verbo y sus complementos si siguen un orden lógico. ¿Demasiadas comas en el texto? En caso de duda, siempre es mejor suprimirlas. ¿No se emplea el punto y coma? ¿Y los dos puntos? Probablemente algunas de las comas deban sustituirse por estos signos de puntuación. ¿Es adecuado el empleo de los puntos suspensivos? Recuérdese que siempre son tres y que son incompatibles con el punto, sea seguido o aparte.

·        Mancha de la página: ¿Escribimos sin puntos y aparte, y queda el texto muy cerrado o, por el contrario, abusamos de ese signo y queda el texto muy abierto? Busquemos qué párrafos unir y cuáles separar para facilitar la lectura y su comprensión. Por lo general, la página de un libro suele incluir como mínimo dos o tres párrafos, pero no es una norma rígida: hay que usar el sentido común.

·        Acentuación: Hemos pasado el corrector del procesador de textos, pero recordemos que no siempre es fiable. No lo es, en especial, con palabras homónimas como aún con tilde, equivalente a todavía, y aun sin tilde, equivalente a incluso. Ni en el caso de qué y que. El primero es un pronombre interrogativo o exclamativo, pero no siempre se puede distinguir por llevar los signos de exclamación o interrogación: ¿Qué quieres?, pero también dime qué quieres. ¿Qué me pongo?, pero también no sé qué ponerme. Además, aunque que aparezca escrito entre signos de interrogación o admiración, no siempre es pronombre interrogativo o admirativo: ¡Qué buen día hace!, pero ¡que llega el verano! o ¡que llegue el verano! O también: ¿Qué quieres que te diga?, pero ¿que yo diga eso? Adviértase que el verbo que introduce la conjunción que sin tilde suele ir en subjuntivo y que siempre hay una palabra o verbo principal implícitos (cuidado, que llega el verano; deseo que llegue el verano o ¿quieres que yo diga eso?, por ejemplo).

Otras palabras que requieren vigilancia especial son porque (causal); por qué  (interrogativo o exclamativo) y por que (final o la unión de la preposición por con el relativo que), así como los adverbios dónde, donde, adónde, adonde y a donde. Recuérdese que adónde, adonde y a donde solo se emplean con verbos de movimiento, así como que dónde y adónde son interrogativos o exclamativos. También precisan un cuidado particular para diferenciarlos quién, quien (y sus plurales); cómo, como; cuándo, cuando; cuánto, cuanto (y sus respectivos masculinos, femeninos y plurales). En todos los casos llevan tilde siempre que son interrogativos o exclamativos: no sé cómo llegó; llegó como pudo. Dime cuándo llegas; llegó cuando nos habíamos ido. ¡Cuánto tiempo sin verte! Aguanta cuanto puedas.

Nótese que las mayúsculas se escriben con tilde cuando les corresponde según las reglas generales y que la conjunción o no se acentúa ya cuando se escribe entre cifras.

Si se sigue utilizando la tilde en los pronombres demostrativos a pesar de la recomendación de las Academias de la Lengua, téngase en cuenta que este, ese y aquel (más sus femeninos y plurales) son adjetivos y no pronombres cuando se colocan pospuestos al nombre y no en su lugar: la niña esa (y nunca la niña ésa); la esquina aquella (y nunca la esquina aquélla). La tilde en estos casos es una falta de ortografía. Para evitar esta confusión y muchas otras semejantes, lo mejor es simplificar y prescindir de la tilde en todos los casos.

Fijemos nuestra atención, por último, en los monosílabos que se escriben con tilde para diferenciarlos de sus homónimos, por ejemplo, más y mas; él y el; mí y mi; tú  y tu; té y te; sé  y se; sí y si.

·        Escritura de cifras y números: Aunque en la mayoría de los casos se prefieren los números a las letras, hay excepciones que deben tenerse en cuenta. Por ejemplo, se escriben con letras los números cardinales que indican espacio de tiempo, edad y duración o los números cardinales dígitos: ochenta años; dos horas; nueve relojes.

Ha de prestarse una vigilancia especial al uso erróneo de los numerales partitivos como ordinales: decimoquinto día de huelga y no quinceavo día de huelga. Sin embargo, hay casos en que el número ordinal y el partitivo coinciden: cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno y décimo. Pero undécimo y onceava parte, etc.

·        Jerarquización y sistematización de las divisiones dentro del texto mediante la utilización de la tipografía (letras versales, versalitas, cursivas, etc.) y la numeración. El criterio empleado ha de ser uniforme a lo largo de todo el texto.

Cuanto más simple sea la estructura, más sencilla resultará de comprender. Y casi siempre lo que parece más sencillo es resultado de un minucioso trabajo de reflexión.

·        Notas y bibliografía: El empleo de notas, ya sean a pie de página o al final del texto, ha de estar fundamentado. Es irritante para el lector interrumpir la lectura y ser dirigido a una información que bien podría haber sido incorporada en el texto o que resulta intrascendente. Ahora bien, cuando se citan palabras textuales de otra persona, hay que entrecomillar e indicar la procedencia exacta. En las notas, se escribe el nombre y los apellidos del autor, el título de la obra, el lugar de edición, la editorial, el año de edición y las páginas donde aparece la cita.

Existen varios modos de elaborar una bibliografía. El más extendido en el ámbito hispanohablante es la enumeración alfabetizada por apellidos y nombre del autor, título de la obra, lugar de edición, editorial y año. Cuando un autor tiene varias obras, se pueden ordenar por el año de edición o alfabéticamente por el título:

Martínez Gimeno, Carmen (ed.), Historia general de la emigración española a Iberoamérica, 2 vols., Madrid, Historia 16, 1992.
—, El ala robada, Zaragoza, Edelvives, 2000.
—, Viruta, Zaragoza, Edelvives, 2004, 2ª reimp., 2011.
—, «Corazón de manzana», en Cuentos con corazón, Madrid, Ediciones B, 2005.
Morfología y sintaxis
·        Concordancia de número entre sujeto y verbo; de género, entre el sujeto, su artículo y sus adjetivos. Debe prestarse atención particular al uso de los artículos contractos (del; al) y a los artículos el y un ante palabras femeninas que comienzan por a o ha tónica: el alma, un alma, ningún alma, pero esta alma, toda alma.

Los nombres propios de ciudades se consideran de género masculino cuando terminan en –o  como Bilbao o Toledo; femeninos cuando terminan en –a como Salamanca o Soria. Los de las restantes terminaciones se consideran masculinos: Teruel, Cáceres. Los artículos y adjetivos que los acompañen concordarán según dichos géneros: el Toledo judío; el Madrid antiguo; la lejana Soria.

·        Régimen de los verbos: fiarse de, pero confiar en; advertir que cuando es notar u ordenar, pero advertir de que cuando es avisar; debe cuando es obligación, pero debe de cuando es posibilidad, etc. Se debe evitar el queísmo y el dequeísmo, así como verificar si se trata de verbos transitivos o intransitivos para corregir los posibles loísmos, laísmos y leísmos.

Se limitará también el uso de los verbos muy polisémicos como hacer, haber, tener, ser, cambiándolo por otros de significado más preciso.

·        Uso del gerundio, evitando sobre todo el gerundio de posterioridad y el gerundio con valor de adjetivo especificativo.

·        Uso impersonal de los verbos haber y hacer: siempre en tercera persona del singular: hubo muchos incendios; hace 40 grados a la sombra.

·        Uso de la voz pasiva. En español no es tan habitual como en otras lenguas, y su empleo abusivo suele ser una mala traducción del inglés. Casi siempre resulta mejor cambiar la pasiva por la pasiva refleja con se o la forma impersonal: fue acordado hacer huelga, mejor, acordaron hacer huelga o se acordó hacer huelga.

·        Uso de estar siendo más participio. Es un calco del inglés que ha llegado para quedarse. Se debe emplear cuando sea la mejor opción: Me di cuenta de que estaba siendo observada o me di cuenta de que me estaban observando. La huelga está siendo decidida en la reunión o la huelga se está decidiendo en la reunión.

·        Oraciones de relativo: Nunca se debe omitir la preposición que corresponda delante del que en los complementos circunstanciales, de régimen, indirecto o directo de persona. Asimismo, se deben corregir los casos de quesuismo.

·        Uso de sino y si no. La primera es una conjunción adversativa que contrapone un concepto a otro: no está muerta, sino dormida. También es conjunción adversativa en oraciones negativas donde sino tiene el significado de más que: No hace sino llorar. Escrito por separado, si no introduce una oración condicional: si no sales, no verás el sol.

La regla nemotécnica para evitar confusiones es que siempre se escribe si no separado cuando es posible intercalar una palabra entremedias: si (tú) no sales, no verás el sol.

El sustantivo sino (destino) también se escribe junto: Don Álvaro o la fuerza del sino.

·        Uso redundante de los pronombres:

A veces, por analogía con las construcciones en las que es preciso repetir el mismo pronombre para evitar la ambigüedad (se lo conté a él, a ella, a ellos, a ustedes, etc.), se ha extendido el empleo de le, les  a oraciones en las que no es necesario: escribo para comunicarles a los amigos que llego mañana. Aún peor es su uso en singular con un complemento plural: No le tenía miedo a los terremotos.

·        Abuso de los posesivos: En español se emplean menos los posesivos que en francés, inglés o alemán. Frases como he olvidado mi bolso en mi casa o sacó su billetera de su bolsillo nos suenan redundantes. El buen castellano prefiere he olvidado el bolso en casa o sacó la billetera del bolsillo. O incluso el uso del dativo de los pronombres personales y reflexivos: me he olvidado el bolso en casa o se sacó la billetera del bolsillo. Un traductor inexperto escribiría sus ojos se llenaron de lágrimas en lugar de los ojos se le llenaron de lágrimas. Y lo que es mucho peor, repetiría el ambiguo su español en oraciones como puso sus manos sobre su rostro  (¿las manos de quién; la cara de quién?) en lugar de puso las manos sobre el rostro de él (o ella) o se puso las manos sobre el rostro.

·        Adverbios. No debe pasarse por alto el uso de adverbios de lugar con adjetivos posesivos pospuestos, error cada vez más extendido: delante de mí y nunca delante mío; encima de él y nunca encima suyo. Recuérdese la regla nemotécnica: solo se puede escribir un posesivo detrás si también se admite delante: a mi lado y al lado mío (porque lado es sustantivo y no adverbio), pero no en su encima ni encima suyo.

Debe remediarse el uso reiterado de adverbios en –mente; cuando sea necesario escribir dos seguidos, solo se emplea la terminación –mente en el último: suave y silenciosamente. Es sencillo cambiar los adverbios en –mente por los adjetivos o los sustantivos con preposición correspondientes: suavemente, con suavidad; Pedro respondió educadamente, Pedro respondió educado; repetidamente, repetidas veces; silenciosamente, en silencio.

·        Adjetivos. Los superfluos o de uso manido deben suprimirse: estupendo, maravilloso, precioso, bonito, fabuloso, etc. También se corregirán los epítetos tópicos como fiel reflejo, verdadera pena, claro exponente, blanca nieve, negro carbón, mansos corderos, auténtica pena, a no ser que posean un uso expresivo exigido por el texto. En caso de duda, mejor sin adjetivos. Una adjetivación excesiva denota escaso dominio de la lengua y suele ser propia de escritores noveles.

·        Nexos entre oraciones y periodos. Los nexos conjuntivos han de ser variados y responder a las necesidades del texto, bien de unión (asimismo, también, además, así como), de contraste (sin embargo, no obstante, por el contrario, a pesar de, en cambio, mas, sino), de explicación o conclusión (así pues, en suma, por consiguiente, por cuanto, habida cuenta, sea como fuere), o temporales (luego, entonces, pasado un tiempo, apenas hubo, tan pronto como, una vez que).

·        Corrección de redundancias y pleonasmos como mendrugo de pan, erario público, volver a reiterar, releer de nuevo, seguir detrás, párpados de los ojos, hijo primogénito, periodo de tiempo, subir arriba, entrar adentro, bajar abajo, etc., a no ser que adquieran un significado expresivo dentro del texto.

·        Corrección de anacolutos y coordinación indebida de elementos que presentan regímenes diferentes: el sujeto es cuando la palabra realiza la acción del verbo; el sujeto es la palabra que realiza la acción del verbo. Elisa se preocupó y atendió a sus sobrinos muchos años; Elisa se preocupó por sus sobrinos y los atendió durante muchos años. 

El orden sí importa

Las oraciones en español siguen un orden lógico de sujeto, verbo y complementos, o sujeto y predicado, pero existe bastante libertad de construcción, siempre dentro de ciertos límites y jerarquías. La alteración del orden lógico recibe el nombre de hipérbaton, y es un recurso estilístico eficaz para resaltar lo que más interesa: A mí nadie me manda. Con la Iglesia hemos topado. De eso no quiero saber nada.

A veces, el orden elegido para los elementos de una oración causa ambigüedad: Vi a tu hermano esperando el autobús. Si soy yo quien esperaba el autobús, se evita el equívoco escribiendo: esperando el autobús, vi a tu hermano. Existen además ejemplos hilarantes de ambigüedad causada por el (des)orden de las palabras en la construcción de una oración: Tenemos calcetines para niños de lana (calcetines de lana para niños); se alquilan habitaciones para estudiantes con balcón (habitaciones con balcón para estudiantes). 

El tamaño también importa

La lengua española nos permite dar muchos más rodeos para expresarnos que otras. Digamos que cuando escribimos avanzamos paseando en lugar de correr a la meta. Esta propensión a las divagaciones en español se plasma en su aceptación de oraciones larguísimas con subordinadas que se van sucediendo sin más impedimento que un conocimiento preciso de los tiempos y modos verbales, en especial, del subjuntivo. Así pues, los periodos suelen ser por regla general mucho más largos que en inglés, por ejemplo. Los traductores lo sabemos bien.

Pero no se debe abusar de este gusto por la subordinación en detrimento de la coordinación o los periodos cortos, porque conduce al desastre las más de las veces.

Un escritor que domina la lengua se puede permitir escribir oraciones muy largas y apenas emplear los puntos y aparte sin que su obra pierda calidad, todo lo contrario. Sin embargo, la mayoría de quienes escriben deben sintetizar sus ideas para expresarlas con nitidez en oraciones coordinadas, emplear con medida las subordinadas y separar cada periodo con la correspondiente puntuación, sea punto y coma, punto y seguido o punto y aparte. Asimismo, es preferible evitar los circunloquios (dar comienzo por comenzar; poner de manifiesto por manifestar; estar en condiciones de por poder; tener en cuenta por considerar) e ir al grano. Solo los grandes escritores pueden permitirse ser barrocos sin caer en el ridículo. 

Introducción, nudo y desenlace

Todo lo que escribimos cumple un fin y ha de poseer una estructura que en esencia siempre es la misma, aunque se varíe el orden de los factores y se empiece por el final o por el medio para ir avanzando o retrocediendo. Hemos de asegurarnos de que no existen lagunas en la evolución del argumento y que no se rompe la continuidad en los tiempos verbales elegidos. 

¿Y el título?

A veces empezamos a escribir con él en mente y otras surge durante el proceso de creación. Es muy importante, por supuesto, pero nadie sabe con certeza cuál es el mejor. Y hay modas: muy cortos, muy largos… pero siempre sugerentes. Sí, claro, ¿pero eso qué significa? En realidad, que casi nunca está asegurado el acierto (aunque muy a menudo sí el error). 

Termino señalando que esta entrada no es exhaustiva porque en este mismo blog se pueden consultar entradas específicas donde se amplía la mayoría de los puntos tratados. Y aprovecho también para reiterar que no hay nada como leer a los grandes para aprender a escribir, y que solo los ignorantes no dudan de lo que saben. Pienso, luego dudo.
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Confío en que la lectura de este artículo te ayude a mejorar tu escritura y que hayas encontrado lo que buscabas.

Con este blog que visitas pretendo darme a conocer como escritora. Pero he decidido hacerlo de una manera útil para la comunidad, poniendo a disposición de los hispanohablantes los conocimientos lingüísticos y literarios que he acumulado a lo largo de mi vida profesional. Cada artículo que escribo supone varias horas de esfuerzo recopilando material, sintetizándolo y redactándolo de una manera precisa y sencilla.

El mismo rigor aplico a la escritura de mis novelas digitales, publicadas en Amazon. Puesto que has llegado hasta aquí, entiendo que eres un lector digital, así que te invito a leerlas. En este enlace puedes acceder al primer capítulo deLa historia escrita en el cielo: «Así comienza…».

Si me lees, podré  seguir manteniendo este blog por mucho tiempo. 

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