jueves, 27 de septiembre de 2012

Libros del pasado y del futuro


Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo.
Franz Kafka

En mi novela La historia escrita en el cielo, la viuda de Alos muestra su asombro al ver a Marie, la protagonista, entretenida con unos libros: 

—Curiosos libros esos que tenéis —continuó la señora viuda de Alos al acercarse—. Nunca los había visto tan pequeños y manejables. Decidme, ¿de qué tratan?
—Mi padre los compró —se vio obligada a responder Marie ante la insistencia de la anciana—. No sé si son profanos o religiosos. El impresor de estos dos más pequeños parece veneciano, un tal Aldo Manuzio.
—Guardadlos bien, querida —comentó la anciana, cogiendo el de Homero que estaba sobre la mesa—, pues son tan poca cosa que se perderán con facilidad. Se entiende que mi primo comprara estas menudencias por su afán de viajar y llevarlos consigo,  pero son de poco fuste, algo que no pasará a la posteridad. Hacedme caso, no perdáis las pestañas en ellos, no merece la pena.

La viuda de Alos  se equivocaba, pues esas elegantes ediciones de clásicos griegos y latinos pronto se difundieron y cobraron fama. Aldo Manuzio el Viejo era humanista y decidió aprender el oficio de Gutenberg para fabricar una imprenta donde producir los libros que necesitaba para sus clases de latín y griego. Como quería que fueran de fácil manejo y traslado, desechó los enormes volúmenes habituales por entonces y editó los suyos en octavo con una letra inclinada y legible que recibió el nombre de itálica o aldina.

Pero hasta llegar a los aldinos en octavo, el libro había sufrido ya grandes evoluciones, desde las primitivas tablillas de arcilla mesopotámicas, guardadas en una bolsa de cuero o en una caja, hasta  los rollos de papiro y los códices de pergamino. Se cree que fue Julio César el primero en plegar un rollo en páginas como un cuadernillo para enviar despachos a sus tropas. Los cristianos adoptaron de inmediato el códice para sus textos prohibidos porque era más fácil de esconder entre las ropas. Y de este modo se consolidó la forma externa que ha conservado el libro hasta nuestros días: un texto extenso y completo escrito en páginas de papel y contenido entre dos tapas.

Sin embargo, en el libro electrónico las páginas de papel desaparecen. Tampoco hay un contenido completo entre dos tapas. ¿Por qué lo seguimos denominando libro? Probablemente, porque todavía no se nos ha ocurrido otro nombre, pero también  porque aunque ha desaparecido la forma física, queda la estructura conceptual, el contenido, aunque el continente haya cambiado y sea intangible (¿lo tangible es la tableta o el lector digital?). Muchos, como la viuda de Alos, piensan ahora que los libros electrónicos son poca cosa, algo que no pasará a la posteridad, y nos consideran ilusos o fracasados a los que nos hemos lanzado a publicar en las plataformas digitales. La historia lo dirá. Esta revolución acaba de empezar.

¿Y cómo serán los libros del futuro? De momento, pretenden imitar los del pasado, pero pronto los superarán. Las opciones son casi infinitas. ¿Tendremos distintos tamaños de tabletas o lectores digitales según lo requiera el tipo de libro? ¿Cómo serán las bibliotecas y las librerías?  Kevin Kelly, fundador de la revista Wired, da interesantes pistas al respecto en What books will become   


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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Los nuevos incunables

Conocemos como incunables (palabra proveniente del término latino incunabulae, que significa «en la cuna») a los primeros libros que se imprimieron durante el siglo XV con un novedoso invento: la imprenta de tipos móviles. Se atribuye a Johannes Gutenberg la creación de dicha imprenta, aunque mucho antes que él los chinos ya habían conseguido fabricar el papel y también habían investigado el modo de hacer muchas copias de un mismo original. Por aquel entonces, el artesano y erudito que lograba hacerse con una imprenta guardaba para sí sus conocimientos, fundía sus propios tipos (letras), fabricaba su papel, editaba su libro, lo encuadernaba y finalmente lo vendía. Para diferenciarse de los demás impresores, solía dejar una «marca de agua» o sello personal en el papel que fabricaba, pero no siempre se preocupaba de firmar y fechar sus publicaciones. Tampoco esos primeros libros tenían portada como las que conocemos en la actualidad, y su interior todavía no se diferenciaba por completo de los códices medievales copiados por amanuenses, pues imitaban sus abreviaturas de las palabras y hasta su caligrafía.

Hoy, en los albores del siglo XXI, estamos asistiendo a una nueva revolución, al surgimiento de un nuevo paradigma que cambiará para siempre nuestra concepción del libro y su creación. Y no cabía esperar menos en la era de la información que lo está trastocando todo.  Era de cajón. ¿Cómo no iba a aparecer el libro electrónico?

Muchos aún hablan del placer de pasar hojas, del olor de los libros, de las dedicatorias de los autores… y yo recuerdo a mi abuelo que escribía con pluma, mis primeras traducciones tecleando en la máquina de escribir, tan repletas de tachados y correcciones a lápiz, hasta que llegó el ordenador y comencé a entregar textos limpios, copiados en disquetes primero y mandados directamente por Internet después.

Esta revolución es imparable. El libro electrónico ha llegado para quedarse, y no me cabe ninguna duda de que nos falta mucho por ver. De momento, los lectores digitales y tabletas (e-readers; tablets) están en mantillas, y los escritores estamos produciendo los nuevos incunables. Como en el siglo XV, nuestros incunables digitales pretenden imitar los libros impresos, con su portada, su dedicatoria, sus índices y sus textos justificados y escritos del mismo modo. Pero como el lector puede establecer cambios a su gusto en su tableta, esos textos se desajustan, los guiones se separan de la palabra donde abren o donde cierran, quedan líneas cortas  y, en fin, surgen abundantes problemas que jamás se producirían en una obra con una cuidada edición en papel.

Pero es que son incunables, no lo olvidemos. Los nuevos incunables, y yo me declaro contenta y animada de participar activamente en esta revolución cultural. Continuará…